delirios: 04.10

28.4.10

La matanza

La matanza no para. El carnicero no se aburre. Siempre quiere más y más sangre. Siempre quiere más y más vidas. La bestia no se sacia. Siempre quiere más almas.

Pero se escuchan las risas. Reunidas en torno a la mesa toman café, comen pasteles, charlan, bromean, festejan. Alzan el puño y se golpean el pecho. ¡Libertad! ¡Justicia! Ofenden al cielo. Estremecen a Dios.

El carnicero continúa. La sangría no cesa. Otra vida, otro espíritu. Otro cuerpo en la oscuridad. Más comida para los gusanos, más huesos en el cementerio.

Ellas combaten, sentadas en el sillón. El teclado es una espada, el ratón una pistola. Justicia, libertad. Valentía. La valentía de reír, comer, tragar. Ofenden a los bosques, ofenden al mar.

La bestia no está ahíta. Quiere más, no se detendrá. Su estómago no tiene fin. Otra mente, otra existencia. Más sangre, más almas. Un golpe, otro golpe, demolición.

Pero ellas continúan, siempre, hundiéndose, hundiéndose. Se ríen y se hunden, sin saberlo, en el pantano. La marea sube. Hay demasiada basura. Demasiada basura... el vertedero se las come.

Y la bestia por fin las engulle, más vidas, más gente, un pueblo entero, una nación completa. Y la bestia crece, crece, pero ellas no se inmutan. Ríen, celebran, luchan: ¡libertad, justicia! Ofenden al mundo, ofenden a la humanidad.

La bestia está ahíta. Todo ha parado. Diéronse cuenta: ¿qué hemos hecho, qué hemos hecho? ¿Cómo podremos resarcirnos? Pero es tarde. Lucharon, lucharon, y luchando cavaron una fosa. Su tumba. Y ahora, la bestia está ahíta.

Por fin, calma. Y poco a poco, empezar de nuevo a fallar.

27.4.10

[8]

Pasamos las horas muertas en el inmenso mar interminable. Negro, oscuro, infinito, repleto de vidas solitarias y mil millones de colores. Ahí en medio lo recorremos sin descanso por noches sin término. Solos. Completamente solos.

Buscando, buscando, navegando llegamos siempre a los peores lugares, pero estamos lejos, muy lejos y no hay peligro. Los lugares siniestros donde nos ofrecen la perversión: ¿quieres? ¿pruebas? ¿te atreves?

Al final nos sentimos orgullosos de nuestro propio morbo, mórbidos lo probamos todo. La escatología, la inmoralidad, la aberración más pura la conocemos y nos la bebemos. Nos sentimos sucios después pero lo hemos hecho. Nos sentimos corruptos, podridos, infectados, condenados, ofensivos ante el mismo Dios pero lo hemos hecho, y vivimos.

Pasamos las horas muertas, las noches enteras, sin freno. El mar cada vez es más inmenso, cada segundo, cada minuto. Sin movernos lo recorremos, nos dejamos llevar por sus olas y es negro, eterno. La muerte nos mira desde las paredes y escapamos, escapamos, y cuanto más huimos nos adentramos más y nos condenamos más. Y estamos solos, estamos vivos.

18.4.10

Tú el amo

Aprende del maestro. Derrota al amo. Tantas noches subyugado, tantas noches sometido, títere de su voluntad, esclavo de su capricho. Aprende del maestro, recorre el camino del exceso, ¡libérate, libérate! Sé el amo del amo, convierte al amo en esclavo. Domina su poder, haz tuyas a las gentes, dirige a los hombres. Serás el amo del amo, harás al amo esclavo. Todo lo controlarás, si aprendes del maestro. Las personas de voluntad débil serán marionetas, tú el mago. Libérate, tu sangre es más fuerte. Libérate. Y sucumbe luego ante el pasado, que siempre vuelve. Sé el amo, él tu esclavo. Domínalo todo, y luego sucumbe. Al pasado.

11.4.10

La casa y la tierra

La gente desapareció. Sencillamente, murieron. No estaban, y la casa se quedó sola. Sola como todas las demás casas abandonadas alrededor. No había nadie, absolutamente.

En principio todo permanecía igual. La luz del sol pasaba allá donde las persianas estaban subidas. Lo alumbraba todo dentro, en las habitaciones. El salón, el baño, la cocina. Los muebles tan modernos, perfectamente colocados, dispuestos con elegante gusto decorador. Pero pronto el sol iluminó una nube de polvo cada vez más grande. Cada vez mayor, el polvo produjo al fin una espesa niebla en la casa, como un vapor que velaba las formas y las volvía difusas.

Luego llegó el invierno. La madera, tostada por el sol a lo largo del verano, cedió ante las primeras ventiscas. Se resquebrajaron puertas, se abrieron ventanas, se rompieron cristales, cayeron tejas. La nieve caló las techumbres, goteó agua. Las humedades pudrieron los terrazos, debilitaron las pinturas y el ladrillo.

Al final del invierno la casa era otra. La primavera secó las aguas que habían encharcado los suelos, pero ya el lugar no era el mismo. El piso quedó tapizado por un limo blanco y espeso, las paredes peladas por completo, roturas aquí y allá en la estructura por culpa de las lluvias y los fríos. Y la primavera hizo brotar la vida.

Verdearon los suelos, las esquinas y los rincones, surgieron el musgo y los líquenes, los hongos invisibles pero numerosos. En algunos recovecos se alzaron con esfuerzo las primeras plantas, malas hierbas como arbolitos diminutos, hojas redondeadas y panzudas agolpadas una junto a otra ayudándose a subir, pugnando por surgir, colonizar, dominar.

Empezaron a entrar los insectos, arañas, hormigas, cucarachas y también ratones, pájaros, gatos solitarios de pisadas silenciosas. Hicieron de la casa su vivienda, la erosionaron, la moldearon, la deformaron. Poco a poco el lugar perdía su humanidad. Y al fin de la primavera, con los fuertes vientos, un gran boquete quedó abierto en el tejado; y en verano los rayos del sol podían entrar para iluminar un punto entre las baldosas, un resquicio de tierra acumulada junto a la maleza.

Pasaron dos años y siguió el proceso. Las lechuzas hicieron su nido en el desván, las comadrejas buscaban comida en el matorral que había sido suelo. La parra nació en las tuberías y reventó las paredes, hundió el pladur, conquistó los tabiques y llegó al techo, a las vigas. Los roedores se multiplicaban en los cimientos, las serpientes siseaban en las cañerías, las setas explotaban sobre la alacena y las arañas ponían huevos bajo ella. Después de ese tiempo el boquete era más grande, iluminaba más un piso que ya no era baldosa sino barro limoso y crepitante, un rodal de tierra alfombrada de hierbas y raíces y en medio una planta diminuta, frágil y enhiesta sin embargo.

Pasaron más años, diez, veinte, cien, y la casa ya no era casa: era tierra. Porque la tierra la había llamado, y la casa había acudido. La había llamado como llamó antes antes a los hombres durante siglos, milenios; hablándoles en susurros, invitándolos a ella y ellos respondiendo siempre, fieles, eternos. Como había llamado a los animales a alimentarla, a abonarla con su carne, con sus tripas; como había llamado a las plantas a regarla, a sembrarla, a inseminarla con sus semillas, con sus raíces, con sus maderas podridas.

La tierra había llamado a la casa y la casa ya era ella, un macizo de vegetación en la llanura, un repleto de enredaderas y de hiedras, de espesa selva toda junta, las uvas gordezuelas llenas de mosto en lo que había sido tapial, el matorral plagado de meloncillos sobre el suelo de la cocina, los muebles cubiertos de musgo como un bosque minúsculo y cuajado de insectos.

Pasaron más años, doscientos, quinientos, y el techo desapareció. La planta que el sol había iluminado, calentado, llenado de existencia durante generaciones había madurado por fin, inmensa, enorme, inabarcable, la encina. Sus ramas como aspas gigantescas habían abierto el techo, lo habían derrumbado en una pugna lentísima y silenciosa, como inmóvil.

Ya no había tejado, sólo el tronco enorme en medio de la maleza, en los muros que habían sido muros y que ahora eran selva, sobre el piso que había sido piso y ahora era hierba, y la techumbre ya la copa híspida y verde, tan verde, gobernando, dominando, resurgiendo, como siempre, victoriosa.

La casa, la tierra.

Marzo de 2010.

Después de la poda

Después de la poda, la planta está pelada, desnuda. Antes de la poda, las ramas muertas, negras, podridas. El frío, la nieve, el granizo. El frío mató la madera. La leña tierna y aromática, húmeda y vibrante, viva y expansiva. Negra, seca, retorcida. Así quedó la planta, antes de la poda.

Sólo unos segundos, clac, clac. Una rama fuera, dos, tres. Cinco, seis. Las hojas caen como serrín, virutas a los pies del tronco dormido. Los brazos separados del cuerpo silencioso. La propia materia viva sobre el suelo, inerte, inmóvil, y no sintió ningún dolor. Sólo un minuto, clac, clac, y ya terminó la poda.

Después de la poda pasó el invierno. Como un avión interminable encima de la tierra, oscureciéndolo todo, las nubes negras como barcos entre el lecho y el sol adormecido, embobado. El barro rojo se volvió gris, brillante en la mañana, perlado de escarcha, como un manto infinito de cristales refulgentes que duraban un instante. Pasó el invierno y la tierra dormida, la lluvia, el hielo, golpeando, reventando, erosionando, y las raíces dormidas, dormidas en la tierra, sin importarles.

Pasó el invierno y las cicatrices de la planta esperando, aguardando, latiendo. Latiendo dentro de la madera seca.

Pasó el invierno y después de la poda, la efervescencia. Despojada de sus miembros muertos, liberada de la carga inútil, la planta resurgió. El duro impacto, el corte doloroso sin dolor en el corte cedieron su sitio a la vida que se expandía, que se imponía, que lo rompía todo. La vida que bullía entre las ramas, quebrando la madera muerta, hinchando la leña negra y tosca, calentando las frías venas de savia vaporosa, verdeando los oscuros pezones de hojas espectrales, erizando el tronco de flores y de musgos.

Después de la poda, la vida.

03. 10