delirios: 11.10

29.11.10

Duda

Poco después de que ella le dejara para siempre, él tomó la costumbre de ir diariamente a beber cerveza al bar que había justo debajo de su bloque. Se tomaba un botellín tras otro fumando mucho y sin hablar mucho con el camarero ni con nadie. Cuando tenía el cuerpo algo caliente y la cabeza tonta, subía de nuevo. Normalmente usaba las escaleras ya que el ascensor le mareaba, y porque de todos modos, su piso estaba en la última buhardilla y el elevador no llegaba hasta allí.

Una noche, cuando hacía un mes o dos que le había dejado, volvía como siempre de beber cerveza cuando se llevó un susto mayúsculo. En el descansillo frente a su puerta, en un viejo banco de madera que había adosado a la pared, estaba sentado un niño de unos diez años.

No le gustaba meterse en la vida de la gente, pero las horas le parecían extrañas para que un crío estuviese allí solo y el chiquillo no le sonaba del vecindario. Además, en aquel último pasillo sólo estaba su apartamento, ¿a quién buscaba allí, o a quién esperaba?

Con las llaves en el bolsillo, no muy seguro, le preguntó:

- ¿Qué haces aquí?

El crío, sonriéndole, empezó a hablar con toda normalidad:

- ¿Puedo preguntarte una cosa?

Él volvió a dudar un poco.

- ¿Preguntarme...?

- Dime, ¿puede un hombre vivir sin corazón?

Él se quedó callado, sin saber responder. El niño meneó la cabeza.

- Te lo plantearé de otro modo. ¿Crees que podría un hombre vivir sin riñones, pulmones, aire u oxígeno, sin sangre, o sin ningún otro órgano o elemento indispensable para la vida humana?

Él estaba como anonadado, y convencido de que la cerveza le había afectado de un modo extraño.

- No... - contestó sin embargo - Creo que no.

El niño se limitó a asentir con un movimiento de cabeza.

Fue entonces cuando él, frotándose los ojos, se acercó un paso al crío y le dijo:

- Mira... no son horas para que un niño esté aquí solo y haciendo estas preguntas tan raras. Voy a por el móvil y ahora mismo llamamos a tus padres...

Sin demasiada dificultad abrió la puerta y empezó a andar el largo pasillo, y cuando casi había llegado al celular, que dejó en una mesita antes de marcharse, oyó la voz del niño al otro lado de la puerta, gritando:

- Y dime, pues, ¿no te han destrozado el corazón? ¿Y qué haces que sigues vivo, que no caes muerto esta misma noche?

El joven, casi asustado, salió corriendo al casinillo y vio frente a él el viejo banco de madera verde, perfectamente desierto, y absolutamente nadie en el pasillo. Se quedó allí un rato como esperando que el crío volviera, incluso recorrió toda la escalera hasta el portal buscándolo.

Luego se fue a casa y se metió en su cama, helado de frío, y pensando en lo que le había pasado. Durante mucho rato creyó que lo había imaginado, que todo había sido un sueño o producto del alcohol. Estuvo tiempo discutiendo consigo mismo si la conversación había sido real. ¿Quién era ese crío?

Luego olvidó estas reflexiones y simplemente empezó a dar vueltas a lo que le había dicho. ¿Qué hacía que no se moría, si no se podía vivir sin corazón?

Por fin decidió dormirse, y lo consiguió fácilmente. Si despertó al día siguiente, es algo que prefiero que imagines.

28.11.10

No es "cuanto menos"

No es "cuanto menos". Es "cuando menos". Es muy sencillo. Estamos utilizando un ejemplo temporal. "Cuando menos (bebí), tomé cuatro copas". El verdadero "cuanto menos" es diferente. "Cuanto menos te me acerques, mejor, capullo". Es fácil. Yo creo que se distinguen bien.

Realmente, no sé por qué lo digo. Hay muchísimos otros errores extendidos, y por alguna razón, este y no otro es el único que me molesta. Los demás me dan igual, pero esos "cuanto menos", no sé por qué, me enervan. Tal vez sea porque es una expresión que se suele usar a modo culto. Es como la gente que dice "en loor de multitudes" cuando la forma original es "en olor de multitudes". No sé, hay una especie de demonio en mi interior que dice: "si vas a hablar culto, habla culto".

Sé que no sirve de nada y seguramente a muchos de vosotros os molestará lo que acabo de decir. Pero me apetecía mencionarlo, simplemente.

[14]

Silencio. En la mañana. Vigilia. Despertar de repente. Sin un ruido. Sin un nada.

Soledad, y hasta el Twitter se calla. En la calle... silencio. Quedo... por dentro.

Late un corazón. Emite calor... no hay aliento. Corazón de máquina. Ausencia humana.

Un vistazo a la red: inmensidad. Una ciudad infinita de soledad.

¿Por qué buscas a la persona que sabes que no vas a encontrar?

Silencio... silencio. Nada más.

27.11.10

Una sola respuesta

Se acercó a ella. Le había abierto la puerta, al menos. Empezó a caminar, despacio. Tantos kilómetros... tanto tren, tanto árbol pasando y pasando como una pantalla a su lado... Tantas horas temblando de nervios, sudando de miedos... Por fin, después de todo, la tenía delante.

Y era el momento de preguntar, de saber a qué conducía aquel camino de años. Aquella serpiente enloquecida...

La mujer se sentó en el escritorio. Olor aséptico a nada en torno a ella. Madera, una ventana y una persiana de laminillas. Al otro lado trabajadores atareados, como abejas ocupadas en la colmena blanquísima, azulina. Pijamas... ese olor. Ese maldito olor a nada. A algunas personas les gusta, les embriaga... pero a mí. Sólo me presagia la muerte.

Y enfrente el médico. La bata radiante, crujiente. Emitiendo con más fuerza aún ese olor a vacío, a ausencia de vida bacteriana o microbiótica. Esas manos hartas de lidiar con la derrota de la carne, insatisfechas de arrancar la vida de la muerte. La muerte...

De rodillas. La madera quebrada, los pasos resonando. La piedra devolviéndolo todo: el sonido, el aire, el murmullo. Como una campana. La roca, que lo contesta todo. Los sueños, los anhelos, el miedo. Las manos cruzadas. Un altar enfrente y en él un Dios desconocido, ¿qué más da?

Las cosas no podrían estar peor, y así es cuando un hombre sin fe como yo se decide a abrazar lo sobrenatural. Quería pedirte... por favor...

Ahora tengo que hablarte... Después de tantos años, de tanto decirte que no. De tanto esperar, de tanto cavilar, de tanto plantearme las cosas... Sé que todo fue un error, que debí haberlo pensado mejor antes. Ahora ya no hay vuelta atrás, pero lo he dejado todo... He dejado todo por ti... quería preguntarte...

Quiero saber...

...señora, debe tener en cuenta que hay que analizar los datos en su contexto. Es aconsejable tener una perspectiva desfavorable, para prevenir lo que pueda pasar. No podemos examinar un resultado sin prestar atención a su evolución, a su historia... Cada línea es importante en este informe, no podemos pasar por alto...

Escuche, por favor... Usted sólo dígame, sin rodeos...

...Oh, Señor. Ya sé que no tengo fe. Ya sé que no vas a escucharme, a atenderme... Pero por favor, sólo una pregunta...

¿Me quieres?

¿Hay cura?

¿Hay esperanza?

Y una sola respuesta: no.

Montaña arriba

Nieve. Corriendo montaña arriba. Todo blanco, los árboles helados. El negro de la madera debajo. Sangrando... un tiro. Un tiro y mucha sangre, roja, recortada sobre el suelo. Se vería desde el cielo.

Nieve... Por fin el fin de las montañas. Las quebradas, un esfuerzo más y la frontera al otro lado. Una vez allí, sus perseguidores fracasarán... nunca podrán atraparle.

¿Vas a fallar ahora? ¿Después de tantos kilómetros, tantos peñascos, tantos bosques frondosos desnudos de hojas?

¿Vas a desfallecer, a dejarte vencer en el último momento, en el metro que queda?

No... no... Lo conseguimos, ¡lo conseguimos!

Un mal paso, un tropiezo de debilidad, un temblor en las piernas. Un revolcón entre pedruscos, rodando montaña abajo... a la llanura.

Lo conseguimos, lo conseguimos. Logró vencer a los guardias, a los soldados, los controles y las aduanas... Pudo con todo ello, pudo incluso con las montañas.

¡Pero no pudo con los lobos! No pudo con los lobos que, después de un invierno de pesadilla, por fin hemos ganado una pieza. Aunque sea una pieza humana.

Dios te oiga

En castellano existen muchas expresiones populares de invocación a Dios, que se utilizan para cosas diferentes y que las personas usan indistintamente, sean creyentes o no. La mayoría de ellas me encantan porque son muy sonoras.

Entre todas ellas hay una que hace tiempo me llama la atención: "Dios te oiga", usada cuando alguien transmite un buen deseo. Va a salir bien la operación. Dios te oiga.

Creo que es común a las tres grandes religiones abrahámicas - en todo caso, seguro al cristianismo - que Dios es omnipresente, omnipotente y omnisciente: esto es, ve, oye y sabe todo.

Desear que "Dios te oiga" es, a nivel puramente teológico, un absurdo, pues está claro que Él te va a oír perfectamente. Ni siquiera haría falta, ya que sabe todo sobre el pasado y el futuro, sobre lo que es y lo que no es, y por lo tanto conoce tu tu anhelo antes incluso de que lo pienses.

A este respecto, es evidente que resulta mucho más acorde a las creencias religiosas otra expresión: "Dios lo quiera". Pues dando por hecho que nos oye perfectamente, sólo cabe esperar que a Dios le apetezca ayudarnos.

Esta expresión de "Dios te oiga", en realidad, dice mucho sobre el pesimismo escrito con fuego en la naturaleza humana. Pues, a diferencia de los demás animales, el ser humano tiene ambiciones y deseos pero también sabe mucho sobre las posibilidades que le aguardan. Esto nos lleva a cultivar, en nuestro interior, el sentimiento irreprochable del fracaso, la idea segura de que todo saldrá mal, de que no hay solución.

De ahí el "Dios te oiga". Incluso para los más creyentes, no es del todo seguro que Dios nos esté escuchando, pues nuestro instinto nos dice que, tal y como todo parece indicar, más bien nos ignora.

26.11.10

A suertes

Después de decidir quién gobernaría el Cielo y quién el Infierno, Dios y el Diablo no se ponían de acuerdo sobre quién debía crear al hombre y quién a la mujer.

Cada cual tenía claro a qué género prefería infundir vida y controlar eternamente. Luego de mucho discutir, un ángel que estaba cerca de ellos propuso que lo decidiese la suerte con una moneda. A ambos les pareció bien y lo tomaron como juez, a lo que él dijo:

- Si sale cara, Dios creará al hombre. Si sale cruz, lo hará el Diablo.

Los dos cruzaron los dedos, nerviosos, pues tenían sus propios intereses. No apartaron la mirada de su árbitro mientras éste lanzaba la moneda y la sujetaba después entre las manos. Las abrió finalmente para enseñarles a ambos el resultado y lo que la suerte había decidido.

Rezongón, el Diablo sacudió los brazos y le dijo a Dios, mirando al suelo:

- ¡Tú ganas!
Ansío que llegue la muerte... y sin embargo la temo.

Dragon Heart

25.11.10

Algo se pudre en mi cocina

Algo se está pudriendo en mi cocina. Al principio sólo vi un mosquito. Uno solo. Al día siguiente, cuando volví de trabajar, había cientos. Flotando, como una niebla, en el aire de la cocina. Intentaban hacerse con la comida, volando torpemente. Típicos mosquitos de la fruta. Aun así, logré hacerme un bocadillo sin que me molestasen demasiado.

Por la noche ya era una verdadera nube, una tormenta dentro del pequeño cuarto. La luz parpadeante les iluminaba, negros. Intenté encontrar el foco de la infección. Pero nada parecía estar pasado en el frutero. Tampoco las galletas ni los cereales. Luego abrí el cajón donde guardo los condimentos... ¡qué desagradable sorpresa! El tarro del azúcar estaba repleto de escarabajos; el de la sal, cuajado de cucarachas. A punto de reventar estaban los botes del arroz y las lentejas, llenos de lombrices siseantes.

Al abrir el fregadero, a cuyos pies guardo las lejías y los insecticidas, me sorprendió un batallón de miriápodos escurriéndose entre mis pies. Parecía una gran alfombra.

Así pasaron los días. Pronto perdí las especias, tomadas por una flota de polillas. Albahaca, muérdago y orégano habían desaparecido, devorados por las cochinillas, las arañas y los caracoles. Los techos estaban llenos de otros artrópodos de todos los colores y formas, aunque la masa era negra sin duda. Se escuchaba constantemente el cri-cri-cri: saltamontes, chicharras y grillos. Y el susurro incesante de los millones de insectos que cuchicheaban, que charloteaban, como si cotilleasen, como si hablasen de mí.

Poco a poco, la plaga fue haciéndose con la casa. Cerré la cocina, fumigué el patio - cuyas plantas se habían secado -. Corté el paso a los baños, el salón, el despacho. Ya toda la casa era insecto. Cada pared era patas y alas, concha, abdomen y tórax. Una alfombra palpitante que se movía y respiraba, que iba de aquí para allá, tomando muebles, sillones.

Las cucarachas habían hecho un nido en el ordenador, donde la madre vertía huevos sin parar. Las hormigas excavaban su colonia en el sofá. Las termitas se daban un festín con mis libros.

Algo se está pudriendo en la cocina, y después de lidiar con la invasión todavía no he descubierto qué. Tengo que darme prisa, porque me parece que no tengo mucho tiempo. Noto el pulso de la masa en el pasillo, su latido frente a mi puerta. Hay un murmullo sibilante, creo que los ciempiés y las escolopendras ya están empezando a colarse. Las mariposillas y los mosquitos zumban en el aire.

Tengo que darme prisa, saber qué se está pudriendo en la cocina. La puerta empieza a latir, a traquetear. ¿Qué será?

Esta noche, cuando me duerma, habrán llegado a mi cama.

Ventana

Una ventana en la oscuridad. Calor, es artificial. Una voz suena en la soledad. Voz hablando sin hablar.

Te vas. Me dejas... tu luz etérea y circunscrita a la ventana; al resquicio en las tinieblas; al instante en el infinito; a la excepción en el vacío.

Una brasa en la eternidad. Blanco, es inmensidad. Algo germina en el secarral. Planta emergiendo sin arraigar.

Por fin... te vas... Me dejas la enormidad. Tu luz, etérea y circunscrita al microscópico refugio, al texto fugaz en el libro vacío.

Una puerta en la oscuridad. Azul, luminosidad. En torno a ella, todo oscuridad. Habitación vacía, mezquindad.

Abro la ventana, el aire que entra, el calor que sale. Lleno mi cuarto, vacía la calle. Lleno de mente, vacía de gente. Mis pensamientos, mis sueños, mis hechos...

...circunscritos a la ventana. La ventana, en la oscuridad. Tú, luz etérea.

24.11.10

Fogonazo

Lo terrible no fue cómo terminó, sino cómo se enteró. Estaba cortándose el pelo, en la misma peluquería de siempre. Ya conocía a la peluquera. Llegó con la cabellera muy poblada, y la sorprendió diciendo:

- Rápamelo al uno.

- ¿Al uno? - dijo ella - ¿Estás seguro?

- Sí, sí, estoy seguro - contestó él, sonriendo.

Rieron un rato, bromeando sobre el tremendo paso que suponía darse semejante pelado. Especialmente después de tanto tiempo cortándose sólo las puntas. Pero ella empezó con las tijeras. Luego pasó la maquinilla. Mientras tanto, iban hablando de esto y lo otro. De música, de los bares a los que iban, de fútbol... él era del Madrid y ella del Barça.
La muchacha se cambiaba de un hombro a otro la larguísima melena, rizada, roja. Él decía que envidiaba su pelo. Ella que le gustaba su ropa.
Así iban charlando, saltando de tema en tema, hasta que la peluquera comenzó a acariciarle la cabeza por encima de las sienes. Muy lentamente.

Él quedó impactado por este gesto, entreabrió la boca e intentó mirarla de reojo, a través del espejo. Casi sonrió, pensó en un principio que quería ligar con él. Siempre había sido fantasioso y le había resultado atractiva la idea de hacerlo con la peluquera. Pero pronto sus pensamientos cambiaron de dirección.

- Tío... ¿te has visto esto? - preguntó ella, con la voz más que rota.

A él no le hizo ninguna gracia. Y le pareció de todo menos sensual.

- ¿El qué? Tía, ¿qué tengo?

- A ver... no te asustes... pero tienes aquí como un bulto...

- Venga, no me jodas - replicó él, irritado - tú me estás vacilando.

- ¡Adri, tío, no jodas! - se defendió ella - ¿Cómo quieres que te vacile con una cosa así? Que te lo digo en serio.

Él se llevó la mano a la cabeza.

- Ahí - dijo ella, señalando un punto - tócate. ¡Tío, Adri, que tienes un bulto! ¡Que te lo digo en serio!

Él se frotó las sienes. Las palpó concienzudamente y en efecto, notó un bulto prominente entre una y otra. Como una diadema de hinchazón que cruzaba su cabeza de lado a lado.

- Joder... - susurró - Joder, joder, ¡joder! ¿Cómo cojones no me había dado cuenta?

- Ha tenido que ser por el pelo... - sugirió ella - Lo tenías tan largo y tan rizado...

- ¡Pero venga, no me jodas! ¿Has visto el cacho de bulto?

- ¿No te duele ni nada?

- ¿Qué hostia? ¡Si me acabo de enterar de que lo tengo! ¡Yo no me noto una mierda!

- A lo mejor te has dado un golpe...

- Venga, coño, eso no es un chichón ni por los cojones...

El chico empezó a ponerse histérico. Ella lo notó: respiraba rápidamente, transpiraba, se le ponía el cuello rojo de miedo, y la cara blanca.

- Cálmate...

- ¡Unos cojones! Me tengo que ir ahora mismo...

- Bueno, si ya casi he terminado...

La muchacha se limitó a pasarle un cepillo por la nuca para retirar el pelo que había caído. Luego le quitó el delantal y él se levantó.

- Mira... - dijo ella - Lo mejor será que te calmes. Vete a tu casa, que te haga tu madre una tila o algo, te llamas al médico tranquilamente y ya él verá... Si seguramente que no es nada... A lo mejor es un quiste de grasa, mira, mi pibe tuvo uno y no tuvieron ni que operarle.

- Bueno, bueno... Joder...

Él no sabía qué decir y no paraba de frotarse los ojos y la cara.

- Me tengo que ir a urgencias - afirmó.

- No sé... mira, si te rayas va a ser peor. Yo que tú llamaba al médico y ya él te dará hora. Si eso no es nada, seguro...

- Bueno... - él se llevó la mano al bolsillo, mirando al suelo.

- Oye - espetó ella - que no me pagues.

- Venga - dijo él.

- Que no, tío, ni de coña. Da igual. Ya me invitas a algo.

Él sonrió, y le hizo bien. Ella le pasó la mano por la cara y le dijo adiós. Salió como un basilisco por la puerta y, antes de ponerse las gafas de sol, se encendió un cigarrillo.
¿Cuánto tiempo llevaba ahí esa cosa en su cabeza? No lo sabía, pero fue así como se enteró. De la forma más tonta. Quizá eso fue lo más terrible, lo más absurdo.

En tres meses había muerto.

La enfermedad

Por fin, después de muchos años, terminó con sus problemas. Lo primero fue poner fin a sus dos adicciones. A partir de ahí, consiguió un buen trabajo. Empezó una agradable relación. Incluso comenzó a hacer deporte. A comer bien, dar largos paseos... En sus ratos libres tocaba la guitarra, pintaba. Hacía planes. Grandes proyectos. Todo será distinto ahora.

Pero un día, de repente, vino la enfermedad. La odiosa, incomprensible y terrible enfermedad. Durante un tiempo trató de seguir con sus planes, con su futuro. Quiso hacer vida normal, pobre idiota. Pero era imposible.

La enfermedad lo empañó todo.

Una noche, al poco de recibir el diagnóstico, escuchó una voz en la oscuridad. Estaba seguro de que Dios le había hablado. Hacía mucho calor y lo recordaba como un sueño, y no sabía si era vigilia o pesadilla pero sabía que Dios le había hablado, y sus palabras fueron:

- No me da la gana.

Él permaneció largo rato callado, intentando encontrar algo bueno para responder. Finalmente dijo al aire:

- ¿De qué?

- De que lo consigas - respondió la voz desde lo alto - No me da la gana, así que no insistas.

Cerró los ojos y aguantó una lágrima. Se dio la vuelta en la cama y abrazó la almohada, pero no volvió a dormirse.

- No lo conseguirás - insistió la voz - no insistas.

Nadie sabrá nunca

Qué le llevo a hacer lo que hizo, y todo lo que giró en torno a ello, es algo que nadie sabrá nunca. Yo le conocía, y sin embargo tampoco lo sabré.

Me fascinan muchos aspectos de todo ese proceso. Lo que sentía, lo que hubo en su cabeza los cuatro o cinco meses, o incluso los años anteriores al último momento. Cuando una persona que conoces, tan cercana, hace algo así no sabes qué pensar.

Algo debió haber, y algo gordo realmente, porque si no no se alcanza un extremo así. Seguramente le pasaba alguna cosa, en la cabeza, en la vida o en el cuerpo, algo que nadie de nosotros podría entender. Habría que sufrir lo que él sufrió, fuese lo que fuese, para comprenderlo.

Lo que más me impresiona es cómo eligió el método. Cómo reflexionó, se planteó el modo. Cómo decidió la que finalmente sería su despedida. ¿Se basaría en el dolor, en cómo se vería desde fuera? Nadie lo sabrá nunca. ¿Cómo estaría su cuerpo cuando fue a la farmacia y compró las veinte cajas de somníferos? ¿Qué cara pondría el farmacéutico ante semejante cifra?

Nadie sabrá por qué eligió ese lugar y no otro. Cómo escogió ese hotel en aquella avenida de Madrid, por qué insistió en que tuviese vistas a la calle. A lo mejor simplemente quería sentirse acompañado, pero sin duda pensar en eso ahora no tiene sentido.

Desde luego lo tenía todo bien preparado. Incluso, me dijo la policía, había tirado el teléfono móvil al váter antes de empezar. Supongo que no quería arrepentirse, sin embargo, ¿llegaría a intentar salvarse, a querer dar marcha atrás en el último momento? No lo sabemos, pero está claro que no lo consiguió.

¿Por qué fue vodka y no ninguna otra bebida la que había encima de la mesa? ¿Por qué decidió beber en sus últimos momentos? ¿Para quitarse el miedo, para no enterarse? Este tipo de cosas son comunes a estos actos lamentables, pero nunca nos planteamos cómo funciona una mente al dibujar este proceso. Hay que pensarlo fríamente. Estudiar el camino que va recorriendo el cerebro mientras decide lugar, medio, fecha, hora... ¿verano o invierno? ¿Día o noche? Todo ello elementos indispensables que se analizan como cualquier otra empresa. La mente humana al servicio de la muerte. El alma a la autodestrucción.

El hundimiento debe ser total para tocar un fondo que esté por debajo de la vida misma. Supongo que un hombre que da este paso debe estar muerto ya mucho antes del instante final. Sólo necesita que el cuerpo acompañe al espíritu. Cómo se llega a esa encrucijada, es algo que nadie sabrá nunca.

22.11.10

La lotera

El otro día estaba tomando café, como siempre, yo solo leyendo el Marca, rodeado de gente y acompañado nada más por el humo de mis pulmones. A mi lado, a unos pasos, estaba en una banqueta el viejo hidalgo, un hombre ya anciano, soltero, sin hijos ni sobrinos y que había heredado muchas tierras propiedad de su familia desde tiempos antiquísimos. De aquellos cultivos había vivido siempre y era tal el número de hectáreas que, incluso aunque nadie se las trabajara más, le bastaría la renta para lo que le quedase de vida; vida que gastaba viéndola pasar muy lento entre copas de vino y tabaco negro, en un bar o en otro, de la mañana a la noche y siempre solo.

No se le conocían amigos, si los había tenido estaban ya muertos. Aquel era uno de sus abrevaderos predilectos – no sé en base a qué criterio –; como cada mediodía, una media hora antes de irse, alzaba la voz y le decía al camarero:

- ¡Ramón! Me pone otro vino y se cobra usted.

Y al instante plantaba en la barra tres billetes de veinte euros.

Mientras degustaba parsimonioso el último tinto, una mujer pasó al bar acompañada de un hombre. Era ciega o sorda o a lo mejor las dos cosas, y torpemente iba de corrillo en corrillo o al propio camarero ofreciendo cupones: ¿quieres para hoy? Hasta que se llegaba a donde el hidalgo viejo bebía murmurando entre dientes, y ella preguntaba: ¿cuántos quiere usted?

- ¡Hoy no quiero nada!

- Bueno, no pasa nada, no se preocupe usted…

El camarero miraba de reojo desde sus tatuajes y ella se alejaba, hablando como con pena…

- Hombre, no sé por qué es usted así, pero si no quiere no pasa nada…

El viejo insistía.

- ¡Hoy no quiero nada!

- Mire que si toca son cincuenta millones, ¿eh?

- Me da igual, ¡hoy no quiero!

- Va, venga, hombre, no sea usted así…

Al final, carraspeando estruendosamente, frotándose la barba blanca de vieja y amarilla de tabaco, el hacendado cedía y sacaba tembloroso un billetero…

- Bueno, bueno… ¡a ver si toca!

Así se producía el intercambio. El viejo se guardaba en el bolsillo el décimo y ella el billete en su monedero. Antes de irse me ofrecía lotería y se llevaba mi negativa, pero se marchaba contenta – era una mujer risueña –.

Y mientras la miraba alejarse al otro lado de las cristaleras, en la calle, y apuraba el sorbo final de mi café, no dejaba yo de preguntarme: ¿para qué quiere cincuenta millones de euros un viejo, solo, sin hijos ni herederos, que se encuentra en el invierno de su vida?

Sin número

Iba caminando por las calles, de noche, de callejón en callejón. Se sujetaba el pecho, porque le dolía intensamente. También la tripa. No sabía si era por su destrozada salud o por su maltrecho corazón. La carne o la emoción: pero mataba.

De repente apareció aquello. En una esquina sombría, atravesando la luz de una farola, el puñal. Dos, tres estocadas. Directo al pecho. Justo en el corazón.

Se quedó allí, sangrando. El aliento se le derramaba por la herida abierta. Y le dolía mucho todo, dentro y fuera.

Al fin empezaron a apagarse las luces, entre parpadeos. Todo se volvió negro. Y le sorprendió comprobar que, en la oscuridad, el dolor seguía estando. Y no sólo eso: más intenso, más abierto.

Realmente siempre había creído que cuando todo terminase, también se iría el dolor.

21.11.10

Declaration of a God


Atención, el vídeo contiene SPOILERS de la serie Naruto Shippūden. No lo reproduzcas si no la has visto.

20.11.10

Esbozo

Gracias por hacerme comprender, tan temprano, cómo funciona la vida. Por ti sé que aquí no hay que andarse con tonterías. En realidad debía haberme esperado todo lo que la humanidad me ha dado, con la lección que me diste. Pena que no supe ver.

Honestamente no me sirvió de nada - al menos no en el sentido práctico - salvo para una cosa: no tener ilusiones. Nunca actué en consecuencia, hasta hoy muchos años más tarde. Pero en mi interior sabía lo que tenía ante mí.

Ahora lo comprendo... antes no lo entendía. No albergar esperanza, no tener entusiasmo, no creer en nada ni de este mundo ni del otro. Pero sobre todo no creer en las personas y no poder unirme nunca a ellas, porque gracias a ti - a ti en primer lugar - sé que esto es imposible. Sólo somos islas.

Barcos que navegan entre náufragos y no se detienen, jamás, a socorrer a ninguno de ellos. El cuerpo da la cara y el alma la espalda. Ahora lo comprendo. Gracias a ti, hace tanto tiempo.

18.11.10

[12]

El cielo está lleno de buitres. Son decenas, cientos. Enormes, leonados, las alas negras. Graznan y van volando en círculos, primero muy grandes, cada vez más pequeños, se van uniendo nuevos.

Buitres... ¡os detesto! No hay animal más bajo en la Naturaleza. Ahí va el jabalí, herido, enfermo de la vida. Intenta huír, sabe lo que se le viene encima, aunque nunca atacáis... nunca, sólo esperáis.

Esperan, pacientes, los buitres. El jabalí intenta esconderse entre los matorrales, bajo las encinas, se engaña a sí mismo. Por fin cae al suelo, y empieza la carnicería. Allí llegáis los buitres, ¡os maldigo! Trapaceros, perversos. No cazan nunca presas vivas.

Buitres... buitres de alas negras. Siempre escondidos en las montañas, sobre los peñascos. Siempre en algún acantilado hasta que huelen la muerte. Sienten la herida. Cómo desean la cicatriz abierta. ¡Os desprecio!

Os maldigo, os repudio... quisiera echaros del seno de la madre Naturaleza, ¡buitres!

17.11.10

- Nunca te amaré.

- Aunque me dieras tu amor, no lo querría.

- Entonces, no se hable más, casémonos.

William Goldman,
La Princesa Prometida

4.11.10

La imaginación y las drogas

Cualquiera que haya leído La Historia Interminable, la obra capital de Michael Ende, sabe que es un prodigio de imaginación que lleva al límite la capacidad de la mente humana para crear mundos. Es un alarde inconcebible de fantasía; por muchas veces que la leo no soy capaz de vislumbrar cómo Ende pudo inventar algo tan denso, tan coherente y tan sumamente impredecible.

La Historia Interminable es muy famosa y de ella lo más famoso es lo que acabo de mencionar. Alguna vez, filosurfeando sobre el libro con amigos, alguien ha comentado: "el autor tenía que meterse algo seguro"; "comía setas"; "lo escribió bajo influencia de alucinógenos".

Quien diga eso no sabe lo que se dice. También se achaca a Lewis Carrol haberse drogado con láudano para crear el Mundo Subterráneo de Alicia en el País de las Maravillas.

No sé mucho de Carroll, pero sí he leído bastante de Ende. Es triste pensar que él tuviese que haber tomado setas o LSD para crear el mundo prodigioso de Fantasia.

La gente que opina así ignora el poder inconmesurable de la imaginación humana, que es más fuerte y avanzada de lo que ninguna droga pudiese llegar a ser jamás.

El psicotrópico está diseñado para estimular partes escondidas de nuestra mente y de nuestra conciencia, exactamente lo mismo que hace la imaginación. La diferencia es que la imaginación lo hace sin anular nuestro ser, sin manipular nuestro cerebro.

Cualquiera que utilice su imaginación para abrir las puertas de la percepción llegará más lejos, más profundo de lo que ninguna persona bajo la influencia de mescalina o cualquier otra sustancia podría intuir.

Utilizando la imaginación se alcanzan mundos insospechados, estados elevados de conciencia, regiones desconocidas de la mente humana.

Los alucinógenos encienden una chispa en tu cerebro y te enseñan un fugaz y frágil espectáculo de pirotecnia. Usar drogas es quedarte con lo que la droga te quiere enseñar.

Qué triste, comparado con el poder de la imaginación. Con la imaginación tú eres el dueño, tú estás ahí, en ese mundo, y no eres un espectador. La imaginación no es una película que tu cerebro, drogado, te quiere poner: usando la imaginación eres tú el que crea un universo entero, el universo que sale de ti. Justo lo que hizo Ende. Sin drogas, sólo con su imaginación, libre.

2.11.10

Echo de menos los 90

Echo de menos los 90. No sé cómo lo veréis vosotros, pero creo que el mundo era como un poco más inocente. Y es decir mucho, porque no hacía tanto que acababa de terminar la Guerra Fría con todo el miedo por los misiles atómicos, y aun antes había sido la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, y mucha gente lo recordaba. Pero así y todo, creo que el mundo era más inocente.

De alguna manera, lo era. Yo tengo la teoría personal - quizá equivocada - de que todo era más inocente porque la gran tecnología no había llegado a las masas. La gente no tenía más contacto con la electrónica que el televisor de su casa. Lo que mancilló al mundo, a partir del año 2000, fue la explosión de las comunicaciones, la proliferación de teléfonos móviles, ordenadores, conexión a internet.

Poco a poco la relación entre personas se hizo menos humana, más fría, porque cada vez más te acostumbrabas a no tratar con otra cara sino con una pantalla de ordenador o el teclado de un celular. Aquello fue, principalmente, el auge de Messenger. MSN fue un poco la ruptura, el corte, porque a la llegada de Tuenti y Facebook la sociedad ya era otra, ya había cambiado.

En los 90, España era como un pueblo grande, todos nos reuníamos en el mismo sitio - la tele - conocíamos nuestras costumbres, teníamos unas tradiciones, unos personajes populares. Era un poco como conocernos todos en el barrio. Llegaba la Navidad y sabíamos lo que había, luego en verano exactamente igual, y además las calles eran tranquilas, paseábamos por la noche.

Supongo que gran parte de esa pérdida de la inocencia vino con el crimen organizado, los asaltos a casas, asesinatos, violaciones, tráfico de drogas y tantas cosas que en este país, si las había, no lo sabíamos.

Otro gran golpe fue el 11S, y más concretamente - entre nosotros - el 11M (aunque los 90 ya estaban lejos para entonces). Pero cuando cayeron las Torres nos dimos cuenta de que el mundo había cambiado para siempre, de que se había terminado esa especie de teatro de terciopelo rojo que era el Imperio Americano (el mundo) que a nadie nos gustaba pero en cierto modo nos hacía sentir seguros, protegidos, porque alguien estaba arriba controlándolo todo y vigilando que nada se moviera de su sitio.

A partir de ahí comprendimos - algunos, otros no - que de alguna manera ya en el mundo no mandaba nadie, que cada cual haría lo que le diera la gana, y nada importaba ya. Podía pasar cualquier cosa, habría guerras, atentados, la gente se volvería loca de miedo. Fue cuando empezamos a saber que podían meterte un dedo por cualquier parte para asegurarte de que no llevabas una bomba encima. Eso le quita la fe a cualquiera.

En general, yo pienso en los 90 y pienso en un mundo pequeño, familiar. Pienso en tranquilidad, rutina cotidiana. Cada cosa en su sitio y no mayores problemas.

También es verdad que en los 90 yo era un crío y mi máxima preocupación era decidir si aquella tarde jugaría a la consola o me iría por ahí con la bici.

Ojalá no hubiesen terminado nunca, los 90.

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Me estoy muriendo de dolor... Sólo dolor. Pensé que era superstición, fantasía, creer que el alma puede matar al cuerpo, que la vida puede apagarse como una vela con un soplo, sólo por dolor. Sólo de pena.

Me estoy muriendo de dolor... Nunca creí que pudiera ser, nunca pensé que llegase a ansiar la terminación, y entre un día y otro suplicar a Dios... que se termine...

No, no sabía que pudiese haber un sufrimiento semejante, algo así en el interior, de lo que nadie me puede consolar, de lo que no hay médico que me pueda curar.

Dolor, profundo, por dentro, indescriptible, matándome, consumiéndome, dejándome vacío por dentro hasta convertirme en un envoltorio hueco, para siempre, sin final, sin horizonte, dolor...

Nunca creí que pudiera ser, y al fin lo comprobé, y ahora miro por la ventana, busco en la pantalla, en la luz en el aire un lugar donde esconderme, donde meterme, pero no puedo huir porque es por dentro, porque está dentro de mí...

Dolor... hasta que termine, no habrá nada más. Estoy muriendo de dolor.