delirios: 04.11

29.4.11

Página 89

He descubierto este juego en Cuadros Escritos y me ha gustado. Consiste en tomar el libro que estés leyendo y escribir la quinta frase de la página 89. En mi caso he utilizado los cuatro últimos libros que he leído.

"Sin noticias de nosotros, temerán construir una nueva nave".

Crónicas Marcianas,
Ray Bradbury.

"Dicen en presencia de todos que es en verdad el Paraíso como Mahoma aseguró a sus antepasados; luego cuentan lo que en él han visto, y cómo sienten grandes deseos de volver a él".

Libro de las Maravillas,
Marco Polo.

"Además, esta noche no tendré el placer de charlar con usted, puesto que estoy abrumado de trabajo".

Drácula,
Bram Stoker.

"Don Severino se ha pasado el día hablando; comentando lo que iba haciendo y callándose, sólo, si le parecía oír algo".

El viaje íntimo de la locura,
Roberto Iniesta.

27.4.11

La reencarnación y sus consecuencias

Hace tiempo leí en una encuesta que muchos españoles, a pesar de declararse cristianos, creen en la reencarnación. Esto es una estupidez en sí mismo pues la base del cristianismo es la Resurrección y la metempsicosis es totalmente incompatible con ella.

Daría para comentar mucho sobre la ignorancia general pero no es en lo que me quiero centrar. Realmente mucha gente cree - o dice creer - en la reencarnación. De hecho, cuando comento el tema con mis conocidos, es la opción más habitual.

Pocos afirman creer en la Resurrección en el sentido cristiano del término - es decir, la vida eterna -. Casi ninguno cree en el Cielo o el Infierno y la mayoría se resisten a pensar que después de la muerte no hay absolutamente nada - aunque es la alternativa más lógica -. Por supuesto no estoy hablando de datos científicos sino sólo de lo que he observado en mis conversaciones personales.

Me parece que la gente no tiene muy claro lo que supone creer en la reencarnación. Reencarnarse puede ser muy bonito si después de la muerte te toca renacer en la familia imperial japonesa o como hijo de algún jeque árabe podrido de petrodólares. Pero, ¿qué ocurre si te vas a reencarnar en la piel de un sudanés de Darfur? O mejor, de un norcoreano. ¿Qué pasa si apareces de repente en Somalia y te mueres de hambre, o las milicias te cortan las manos, o violan a tu esposa y a tus hijas?

Imaginemos más tiempo en el futuro. ¿Qué pasa si dentro de cien años una dictadura orwelliana gobierna el mundo a base de aberraciones? Y tú vas y te reencarnas, como un idiota. Más allá, mil años. Las máquinas dominan la tierra y nos cultivan, trocean y filetean a su antojo con mecánica y quirúrgica impiedad. Prefiero no pensar que pueda vivir ese tipo de horrores que - seguro - azotarán a la humanidad en años venideros.

Tal vez la mayoría de la gente elegiría no creer en esa ruleta rusa universal, ese abominable juego de azar existencial que es la reencarnación si se plantease un poco todo lo que conlleva.

26.4.11

Culpable

Esta noche pensé en toda la gente que mataría por ocupar mi lugar. Los que son destripados, por ejemplo. ¿Cuánta gente ve sus tripas fuera en este mundo? No es difícil imaginarlo existiendo las guerras. ¿Qué otras atrocidades se nos ocurrirán? Todas las que queramos. Tantas como produzca nuestra imaginación, lo cual es el infinito - pues la mente humana es ilimitada en aberraciones -.

¿Qué me decís de los fusilados? Los puedo ver en filas que se van agrupando por cientos y miles y luego todas las balas derribándolos al suelo. ¿Y los mutilados? Escucho el ruido del machete que golpea el tocón y cercena unas manos suplicantes. Todos los torturados, los deportados, los presos. Multitudes enteras en campos de concentración justo ahora, mientras pienso, mientras fumo. Las que son violadas durante noches enteras, los que pasan su vida como esclavos. Quienes no saben lo que es verse libres de cadenas o ser tratados dignamente. Trenes que se van llenos y regresan vacíos.

Puedo ver esto en este instante o en todas las épocas, las que fueron y las que serán. Bajo mis pies palpita el pulso de millones de cadáveres. En el aire se siente la ponzoña de incontables criminales. Cada vez que parpadeo alguien es agujereado por una bala. Y todo esto me tortura, ¿por qué? No soy filósofo.

De repente las almas de todas esas personas emanan de la tierra como un humo y recorren el mundo, se presentan ante mí y se unen, bullen, crean una inmensa nube. En esa nube puedo ver el rostro desencajado de todos los muertos y también de los que están vivos pero desearían no estarlo. Me miran y me gritan, maldiciendo. Me atormentan.

Todos ellos matarían por estar aquí, donde yo estoy ahora desperdiciando mi vida. Ellos no la tienen o hubiesen estado mejor sin ella pero ven cómo la mía desagua sin que yo haga nada. Puedo sentir cómo me odian.

20.4.11

La felicidad

"La felicidad es cosa absolutamente imposible, pues el cuerpo está aquejado de innumerables dolores, y el alma que participa en estos sufrimientos del cuerpo está también aquejada por los suyos propios porque la fortuna impide la realización de buen número de nuestras esperanzas y deseos; por esto la felicidad no posee existencia real (...)".

Hegesias.

Preludio

Después de desaparecer los hombres se hizo un súbito silencio y la ciudad se envolvió en una calma profunda. Primeramente animales y plantas no reaccionaron; parecía que no asimilaran lo que acababa de ocurrir o que no terminaran de asumirlo.

Al cabo de poco, tímidamente, las primeras criaturas se decidieron a asomar. Ratones y pájaros discurrieron por donde no lo hacían hasta entonces, luego se animaron los gatos y los perros a triscar por los tejados y las calles. La vegetación estaba aún dormida, pero se iba despertando a medida que el sol pasaba sobre ella; como si el astro les avisara de que las cosas habían cambiado y de que había mucho por hacer.

Pronto la ciudad parecía otra. Los calores del verano tostaron el asfalto y los hielos del invierno terminaron de reventarlo. A la siguiente primavera los tréboles alfombraron por millones el campo improvisado y después de su muerte surgieron la hierba y los arbustos, los primeros árboles.

Pasaron años pero para la Tierra sin hombres aquello eran sólo días: las trepadoras volvieron verde hasta el último edificio, el bosque nació en plazas y avenidas. Empezaron a llegar allí los rebaños prudentes de ciervos y de gamos, los corzos triscaban entre los coches muertos como piedras. Los lobos siguieron a los rumiantes y también se unieron a la comunidad los osos pardos, que descendían por fin de la montaña a la que habían sido relegados. Tigres y leones escapados de los zoológicos se hicieron los reyes del lugar.

Finalmente llegaron las bandadas de aves. Los buitres hicieron sus nidos en los ventanales sombríos de los rascacielos, águilas y halcones coronaron las azoteas. Los pelícanos bebían en las fuentes - estancadas - de los parques donde chapoteaban las ranas. Millares de gaviotas, grullas, garzas y vencejos estrellaban el cielo, ahora limpio y transparente, y convertían cada atardecer en una algarabía que resonaba más allá de la llanura.

En los meses de buen tiempo la ciudad estallaba de flores rojas, verdes, violetas y turquesas; cuando hacía más calor la arboleda era un telar de naranjas, ocres y amarillos. En otoño las hojas grises de los árboles envolvían la ciudad como nieve y recorrían las calles susurrando.

Cuando hacía más frío el lugar quedaba preso de un silencio profundo y una serenidad desconocida que no era rota por ningún ruido de los que en otro tiempo fueron corrientes.

Os juro que, si los hombres justos y buenos hubiesen vivido para verlo se habrían complacido, felices de ver cómo eran las cosas y cómo serían de ahora en adelante.

18.4.11

Visión onírica


"En 1525, durante la noche entre el miércoles y el jueves después de la semana de Pentecostés, tuve esta visión mientras dormía, y vi cómo unas muy grandes aguas caían desde los cielos. La primera golpeó el suelo a unas cuatro millas de mí con una fuerza tan terrible y un ruido tan enorme que inundó toda la campiña. (…) Y el aguacero siguiente fue enorme. Algunas de las aguas cayeron a alguna distancia, y otras más cerca. Y venían desde una altura tal, que parecían caer muy lentamente. Pero la primera tromba de agua que golpeó el suelo lo hizo tan repentinamente, y había caído a tal velocidad, y estaba acompañada por un viento y por un rugido tan aterrador, que cuando me desperté todo mi cuerpo temblaba, y no pude recuperarme durante un tiempo. Cuando me levanté por la mañana, pinté lo que se ve arriba tal y como lo había visto (...)".

Alberto Durero.

16.4.11

Las buenas personas

Hace poco me pregunté cuál es la peor persona que he conocido en mi vida. La respuesta en realidad importa poco, pero estoy seguro de que he conocido más personas malas que buenas.

Estamos hablando de extremos o, como mínimo, de personalidad. La gran mayoría de la gente no es ni blanca ni negra, es gris. Existen esas dos pequeñas minorías: los buenos y los malos. Y entre dichas minorías yo he solido a toparme con los segundos.

Ahora no me gusta pensar que siempre he dado con ellos. Tiendo a ver más lo malo que lo bueno. Supongo que todos ignoramos la luz de una farola hasta que algún imbécil la revienta con una piedra. Entonces notamos la oscuridad.

Las malas personas pueden ser de muchas clases. Están los grandes villanos a los que muchos sólo conocemos por la tele. Luego están los canallas cotidianos. Los que utilizan a los demás - este suele ser el tipo de maldad más corriente -.

Siempre desconfío, por ejemplo, de las personas que cambian habitualmente de amistades. Van disponiendo círculos de personas como si fuesen pantallas de videojuegos, fases que ahora resultan útiles y luego, más adelante, ya no. A todo el mundo le hacen daño los de esta clase.

También están los que malmeten, los que generan odio y miedo, los que enfrentan a los unos con los otros. Tardi decía que estos son los que provocan las guerras. Y es verdad, son los que procuran separarte de un amigo sólo porque tienen envidia, o porque quieren verte tan solo como ellos.

Podría ponerme a enumerar toda la fauna de bellacos, malhechores y vampiros que abundan en este mundo de mierda. Pero yo quería hablar de las buenas personas.

Las buenas personas me recuerdan a las abejas. Nadie se acuerda de que las abejas están ahí, pero si ellas desaparecieran nosotros las seguiríamos en poco tiempo. Las abejas trabajan duramente y nadie les agradece nada. Pero sin ellas no habría plantas ni existiría la vida. Y lo mejor de todo es que no les preocupa recibir las gracias o no parece importarles. Incluso aguantan estoicamente el maltrato de los hombres que las envenenan y las utilizan como ganado.

Las buenas personas son similares. Nadie las ve. Normalmente, en el autobús, sólo me fijo en los idiotas que pasan el viaje gritando e incordiando a todo el mundo. A veces omito a los que van callados sin molestar a nadie.

Quizá algunos de ellos sean del tipo que se dedica a hacer cosas buenas en esta vida, simplemente porque sí. Los que no ven en otra persona una herramienta que utilizar sino simplemente a una persona. Gente que no tiene interés en verte solo, aunque ella esté sola. Gente que no te muestra una cosa cuando es otra, sencillamente porque no hay ningún interés oculto en ella.

Estas personas normalmente son las que más sufren porque todo el mundo las maltrata. Ser bueno a menudo incluye poner la otra mejilla y eso tiene sus consecuencias. Y, por lo general, son tipos que no sólo cargan con sus problemas sino también con los ajenos. Y nadie les da nunca las gracias.

Pero las abejas se están extinguiendo. Los hombres envenenan el néctar y cada vez hay menos colonias. Supongo que tarde o temprano desaparecerán y entonces moriremos todos. Es también posible que ocurra lo mismo con la buena gente. Cada vez me fijo menos en ella y al tiempo noto más y más ruido, más maldad, interés, hipocresía, brutalidad y odio.

Me pregunto si puede hacerse algo por proteger a este tipo de personas. A veces pienso que son como el lince: una especie agonizante. Un animal al que nadie ve, sigiloso, se mueve en la noche y se está muriendo. ¿Podemos evitarlo? Los científicos desesperan al no encontrar el mal que está matando a las abejas. Quizá tampoco nadie descubra nunca qué es lo que está aniquilando el bien en este mundo.

Y yo, ¿a qué clase debo pertenecer? No lo sé. Pero juro que moriría tranquilo si supiera que estoy en el lado correcto.

14.4.11

Imprevisto

Estaba tan destruida que apenas sintió lo que estaba pasando. No podía saber dónde estaba pero sí que era un lugar en medio de la nada: un portal alumbrado por un fluorescente lleno de mosquitos y árboles rodeando la caseta... al fondo la llanura.

De repente quiso moverse y sintió que no podía: estaba atada. Unas cintas de cuero la amarraban burdamente a una mesa de madera. Y aunque le era imposible zafarse sí logró incorporarse hasta ver frente a sí el cuerpo fornido de un hombre enmascarado con una mortaja negra. Entonces se preguntó... ¿de dónde salen todas estas moscas? Sí, cómo no... venían a chupar su sangre. Tenía las tripas fuera e iba a morir.

Entonces, ¿por qué el psicópata salió de allí rompiendo la máscara? ¿Por qué le daba puñetazos al volante y maldecía, jurando que todo había salido mal? Estaba descuartizada y enterrada tal y como había previsto, pero... aquella mirada.

Aquella mirada no era la que él buscaba. Era una mirada, se juraba a sí mismo el asesino... de agradecimiento. ¡De agradecimiento!

12.4.11

Hormigas y apuntes

Estaba paseando cuando me crucé con un tipo de escarabajo, posiblemente un gorgojo. Pronto las hormigas le rodearon; unas hormigas bastante grandes. Me detuve allí y me acuclillé para observar la improvisada cacería. Los himenópteros hicieron un círculo y se pusieron a tantearle, acercándose y alejándose. Yo las contemplaba y me parecían lobos diminutos que hostigaban a un acorralado bisonte, enorme para ellas.

Luego las cosas se pusieron feas para el coleóptero: primero una antena, luego algunas patas, las hormigas se decidieron a atacar y lograron aferrar varias de sus extremidades. Tirando unas y otras mientras el gorgojo, inútilmente, intentaba zafarse. Yo sólo podía mirar, no escuchaba nada; no era capaz de oírlo, digo, pero me preguntaba a mí mismo si emitiría algún sonido. Aunque en modo alguno lo hubiese podido percibir, estoy seguro de que gritaba. Chillaba, seguramente, suplicando a aquellos matones que le dejasen o tal vez implorando ayuda - ¿quizá a un dios de los insectos? -. Pero ellas eran más numerosas y más fuertes y no cedían sus poderosas mandíbulas.

Me pregunté entonces si aquellas criaturas advertirían mi presencia. Seguramente no, era demasiado grande para ellas. Pero tal vez sí y, ¿no sería realmente perturbador que aquel escarabajo me estuviese lanzando una desesperada petición de auxilio? Quizá guardase la esperanza de que yo fuese a salvarle. Pero no tenía intención de hacer nada; después de todo, ¿qué motivo tenía yo para intervenir en un encuentro de la naturaleza? Simplemente era un observador, preso de mi pueril curiosidad, y la escena la olvidaría a los cinco minutos.

Esto me llevó a una reflexión sobre la soledad. Pues, indudablemente, el escarabajo se sentía solo. Debía maldecir su suerte por haberse ido a cruzar con un grupo de asesinas en mitad de la nada, en lo que para él era un desierto - desde su incompleta perspectiva -. Y sabiendo que nada ni nadie le ampararía, pues allí no había más solidaridad que la de las hormigas que cooperaban para darle muerte. Una soledad que siente también el antílope rodeado de leonas, o el chico que se cruza con una banda de cuatreros en una calle oscura.

Pero esta soledad, me dije, es en verdad relativa; pues no estaba solo el insecto en su sufrimiento, sino que tenía a un paso la compañía silenciosa de un hombre observándole. Y aún más, quizá hubiese en el musgo que pisaba una infinidad de ácaros que incluso para él eran invisibles, y tal vez millones de bacterias en el aire y en la humedad transparente. Puede que alguien me esté observando a mí ahora y entonces; igual que yo lo miro y él no puede sentirme - en su pequeñez - es posible que una criatura me vigile con la curiosidad estúpida con que yo contemplo a las hormigas. ¿Por ventura un dios?

Debieron pasar unos minutos entre aquellas divagaciones y, cuando volví a mirar a los insectos, el desdichado gorgojo había sido ya tumbado por sus atacantes y agitaba las patas desesperadamente. Ahora las hormigas le atacaban en la zona más vulnerable, dispuestas a destriparle. Yo tenía cosas que hacer y abandoné el lugar, siguiendo mi camino; y seguramente mientras dejé de pensar en todo aquello le estaban despedazando ya. Llevándose a trozos su cuerpo, aún con vida, para devorarlo en las profundidades.

Mis ilusiones

A veces mi caverna se ilumina con un poco de luz. Son mis sueños, que abandonan mi cabeza, como mariposas empiezan a volar alrededor y alumbran mi oscuridad. Veo un prado verde y una pequeña casa en medio, niños jugando: mis hijos. Estoy dormido en una cama y acaricio una espalda suave: mi esposa. Risas, verano, alegría satisfecha.

Durante un rato aletean y puedo verlo todo, lo que quise y lo que he perdido. Entonces meto la cara en un puñado de huesos y allí me escondo, llorando, y sollozo hasta que me quedo dormido, mucho tiempo, en las tinieblas.

11.4.11

Paso los días

Paso los días y las noches
suicidándome despacio,
matándome con la calma
con que sólo yo sé hacerlo.

Y lo mejor de todo es que,
si he de ser sincero,
no me importa en absoluto.

9.4.11

Machos y hembras, por especies

Hasta hace muy poco tiempo a la mujer correspondía la tarea de mantener la casa limpia y ocuparse de los niños, todo ello mientras el marido pasaba el día trabajando fuera. Desde un punto de vista animal, la hembra guarda la madriguera mientras el macho sale a buscar comida.

¿Qué ocurre si comparamos a los hombres con otras especies de mamíferos? Entre los leones, por ejemplo, se da el caso contrario. Las hembras son las que pasan todo el día cazando para sustento de la manada. La diferencia está en que los machos no se ocupan de la limpieza ni del cuidado de las crías. Prefieren mantenerse ociosos.

Tampoco hay que tomar a los leones como modelo de nada, ni a los hombres. Los lobos, por ejemplo, guardan diferencias con ambos. Entre estos caninos el trabajo de la caza se reparte igualitariamente, actuando en grupo machos y hembras a la hora de conseguir comida. En cierto modo - y si lo miramos a través de un prisma humano - los lobos han desarrollado un equilibrado sistema de igualdad sexual. Algunos ejemplares de lobo también prefieren la vida solitaria.

Así pues, ¿qué es lo natural y qué lo antinatural? Está claro que la humanidad tiende a rechazar la reclusión de la mujer. ¿Podrían denunciar las leonas la obligación de la caza? Es curioso que lo que a una especie le falta, a la otra le sobre, ¿o tal vez no? ¿Quizá sean más felices las leonas cazando? ¿O puede que las humanas en el hogar? Nos puede parecer que los lobos han optado por el reparto más justo, pero quizá sus machos envidien la ociosidad del león o sus hembras la vida hogareña de la mujer.

Es posible, en fin, que todo esto no tenga ningún sentido.

7.4.11

Un extraño favor

El primer día esperó. El segundo día... esperó. No podía actuar, no se decidía a reaccionar. Más bien no quería. Pero no lograba soportarlo. Por las noches, en la cama, no apartaba sus ojos del teléfono. Y allí estaba inmóvil, silencioso. Sin vibrar, sin mediar temblor.

Pasaba más tiempo y nada. Ni una llamada, ni un mensaje. ¿Me ha olvidado? Pasaba del sol a la luna como un espectro, la esperanza arrasada, la ilusión destruida.

Finalmente tomó una decisión. Marchó al Parque del Oeste, donde a menudo se reúnen los Latin. Allí los halló: sabían que no existían. Y cometiendo un destrozo tras otro le golpeaban su odio al mundo en que no estaban. Gente de todos los países y de ninguno, con la vida deshecha, con el alma podrida.

Se acercó a ellos sin flaquear, sin vacilar. Estaban reunidos en torno a un banco y adorando a unas botellas. Entonces no sentía miedo, con el corazón roto, con la angustia en la boca.

- Me cago en vuestras madres. - fue lo que les dijo.

Todos se levantaron al punto y le empezaron a rodear. Una vez le tenían cercado, agitando los hombros, sacudiendo las manos, respondieron:

- La jodiste bien.

Le empujaban, sacudiéndole del uno al otro. Y él miraba a los árboles y a sus caras pero nada veía, sólo todo blanco y en el medio una figura, que nunca volvía, que nunca volvía.

- Canallas. - insistió.

Y ellos sacaron sus armas: cuchillos dentados, bates de béisbol, mosquetones y cadenas y el que nada tenía rompió una botella para llenarse la mano. Los cristales rotos como la esperanza de recibir una llamada, una sonrisa, sus brazos y sus pechos, su boca en sus labios. Con las venas vacías, con el sueño quebrado.

- Te la cargaste, gilipollas.

Y entonces los primeros golpes: puñetazos y patadas y una estaca en sus hombros. Al suelo, de rodillas.

- ¡De rodillas! - la orden.

Y luego más golpes, más sangre, botas y bates en su cuerpo y las primeras puñaladas: en el costado, en la espalda, en la tripa. Pero él no tenía miedo, aunque sentía dolor.

- ¿Por qué te ríes, subnormal?

Sangre, y todo se volvía rojo. Y en el centro la misma figura - maldita figura -: ¿por qué te fuiste? ¿Por qué no has vuelto? ¿Por qué has desaparecido de mi vida? ¿Por qué me mataste con tu ausencia?

- Por eso no puedo tener miedo - pero esto no lo dijo, lo pensó.

Ellos pararon cuando creían que ya no respiraba. En sus últimos momentos no podía dejar de reír y celebrar, y de no ser porque la sangre le llenaba la boca hubiera querido abrazar y dar las gracias a aquellos criminales. Después de todo nunca hubiera tenido valor para quitarse la vida a sí mismo.

5.4.11

Resolución

Desde el primer momento se preguntó por qué, mirase donde mirase, sólo veía sufrimiento y muerte. Por qué la gente corría despavorida al verle, por qué suplicaban y gemían desesperados pidiendo por favor que se terminase ya. No entendía el motivo por el que todo era fuego y sangre alrededor.

Desde su primer día aprendió a respirar el aroma de la angustia, a beber y alimentarse con las sal de las lágrimas. Y no quería, quería gritarle a las personas que no temieran, que no iba a pasar nada malo. Quería que todo fuese normal y la tranquilidad era su sueño más irrenunciable, su ilusión más imaginada.

Desde el principio observó todo esto y no le gustó. Reflexionó largamente, preguntándose qué hacía mal y sin hallar nunca una respuesta. Hasta que un día, como una iluminación, el porqué de las cosas le sobrevino inesperadamente. Simplemente pensó en lo que propiamente era: y descubrió que era un arma. Un arma, cuya función es causar sufrimiento, espanto y dolor doquiera que vaya.

Un arma que lleva en sí misma el horror y la muerte y que nunca, en un millón de años, podrá hacer nada que no esté concebido en la oscuridad, el pánico y la tristeza más profunda, sin esperanza.

4.4.11

Planta tus raíces en la tierra

"Planta tus raíces en la tierra,
déjanos vivir con el viento,
pasa el invierno como las semillas
y canta en primavera,
igual que los pájaros".

Hayao Miyazaki.

3.4.11

Suceso en el río

Hoy se produjo un hecho verdaderamente notable. Hacía muy buen día, sin lluvia por primera vez en varias semanas, y mucha gente aprovechó para andar la vega del río Guadiana a su paso por Alameda de Cervera. Incluso algunas personas se acercaron desde las ciudades cercanas para disfrutar de la mañana.

Dos albañiles habían estado trabajando, precisamente, a la orilla del río, restaurando con cemento un antiguo malecón que servía también como descansadero. En el momento en que todo sucedió se encontraban almorzando, comiendo de sus tarrinas un poco de pasta o ensaladilla rusa y charlando de cualquier tontería. Alrededor la gente paseaba despreocupadamente, disfrutando del siseo de los álamos atravesados por la brisa y del esplendoroso paisaje de verdes trigales salpicados de encinas solitarias.

De repente todos advirtieron con sorpresa que una gran roca se movía en medio del agua. Tenía un color verde limo, como si estuviese plastificada de algas palustres, y pese a su gran tamaño y su maciza consistencia daba la total impresión de flotar y agitarse a ambos lados víctima de la corriente. Uno de los albañiles la señaló y se acercó todo lo que pudo al agua procurando no hundirse donde el barro estaba más tierno.

Fue en ese instante que la multitud curiosa advirtió, no sin gran impacto, que la roca emergía un poco más del caudal y estaba flanqueada por dos inmensos ojos; segundos después se elevó fuera del agua y pudieron comprobar que se abría una gran boca. No se trataba sino de un sapo con el tamaño de un poderoso hipopótamo.

Al ver a esta imposible criatura todos se apartaron sobresaltados, casi de un solo salto, y se quedaron alejados de la orilla con gran suspicacia y vigilando a la criatura. Tan mala suerte tuvo el obrero que se había acercado al agua que, trastabillando en el impracticable barro, tropezó y no logró distanciarse a tiempo de la corriente y el misterioso batracio. Éste clavó en él sus dos ojos amarillos y vidriosos de afiladas pupilas; sin aviso previo abrió su descomunal boca desdentada y lanzó contra el operario una lengua viscosa del tamaño de una gran anaconda, golpeándole con ella en el pecho.

El tipo, aterrorizado, intentó escapar y se alejó de allí con aquel apéndice aún pegado a su cuerpo. Trató de pedir ayuda pero los otros estaban demasiado asustados para aproximarse; entonces sucedió que la lengua, aunque muy elástica, no dio más de sí. Fue ahí que, como una suerte de muelle, el baboso tentáculo volvió a contraerse sobre sí mismo arrastrando al albañil con una velocidad pasmosa hasta la garganta del gran sapo.

Los allí reunidos pudieron observar, horririzados, cómo el anfibio cerró las mandíbulas sobre el desdichado y se lo tragó. Acto seguido se puso en el agua panza arriba, con gesto satisfecho, y agitando sus patas colosales lanzó al cielo un ensordecedor croar que rebotó por toda la llanura. Tal fue la magnitud del sonido que los presentes creyeron ser empujados por él. Empezó a restañar entre árboles y rocas y se escuchó en las ciudades cercanas y sus habitantes creyeron ser asaltados por el eructo extraordinario de algún dios.

Esto es todo lo que podemos contarles pues, aterrorizados, y algo repuestos del susto no obstante, los vecinos empezaron a correr y gritar de un lado para otro hasta que resolvieron llamar a la policía. Sin embargo, cuando los agentes se personaron en el lugar, el sapo misterioso ya se había sumergido y fundido con el agua como una sombra sinuosa; huelga decir que los uniformados no creyeron lo contado por la gente.

Pero a partir este día, de norte a sur a lo largo de aquel río, no habrá nadie de quien conocimos esta historia que no sintamos inquietud al acercarnos a sus aguas recordando el peligro acechante del gran batracio.

1.4.11

Realmente me importa poco

"Realmente me importa poco
si estás viva o muerta,
y dudo mucho que fueras necesaria
para que yo me encuentre aquí
en estos momentos.

Cuando alguien que de verdad me importa
me está gritando desde el baño
que la deje en paz,
que qué es lo que quiero yo de ella,
y que haga el favor de no hacerle más daño
y yo no dejo de preguntarme
cómo he podido llegar a esto".

Nacho Vegas.

Pintura

No me extrañó que muriera. Se quedó ciego. Él siempre decía: "lo único que me mantiene con vida es la pintura". Era cierto, vivía conectado a ella como si fuese una máquina de respiración artificial. Un día le pregunté por qué no se suicidaba y me dijo: "tengo demasiados cuadros pensados y aún por pintar".

Luego se quedó ciego por una enfermedad. Durante un tiempo trató de pintar a tientas, pero era imposible. Y no se puede dictar un cuadro. Duró así un par de años, pero no más. Murió. No se suicidó ni nada de eso. Sólo fue a dormir y no despertó. Es lo último que supe de él.