Le habían dicho que tenía que tener fe. Era algo que a él no le cuadraba demasiado. No ya porque no fuera religioso, sino porque no le encontraba lógica. ¿La fe me va a curar el cáncer?, preguntó. Ni siquiera sabes si lo tienes todavía. No, no lo sabía, pero era probable.
Tenían que hacerle un TAC. Entonces se confirmarían sus temores. Los médicos le habían dicho que había que ponerse en la peor opción, aunque le recomendaban que no perdiese la esperanza. A él le parecía un modo de lavarse las manos ante la presumible mala noticia que se acercaba. La tomografía revelaría unos datos terribles y él tendría que irse al infierno. Entonces fue cuando le dijeron que tenía que tener fe; su mujer, su hija, sus hermanos y sus amigos. Todos. ¿Qué iban a decir?
No le gustaba lo de tener fe porque creía que era engañarse a sí mismo. Y creía que ellos le engañaban, ¿fe? Si el cáncer era terminal, ¿la fe iba a fulminarlo? ¿Iba a impedir la fe que las células metastatizaran? Siempre en el peor de los casos, por supuesto. La fe sirve para otras cosas, le decía una y otra vez su mujer. De cualquier manera - opinaban sus hermanos - la actitud siempre influye. Eso lo sabe todo el mundo. Si no tienes fe, si te rindes, le harás al cáncer la mitad del trabajo.
Lo más inteligente lo escuchó en el bar, de boca de Manolo, el camarero. Estaba discutiendo con sus amigos, otra vez debido a su actitud. Estás empeñado en morirte, decía uno. ¿Por qué no te metes ya en el ataúd?, apuntaba otro. Si tan convencido estás de que no hay nada que hacer, no sé por qué vas a molestarte en seguir el tratamiento. ¿Y de qué me va a servir tener fe, esperanza, confianza? ¿Son curas milagrosas? Entonces intervino Manolo: ¿de qué te va a servir? Sencillamente, es lo único que puedes hacer. ¿Eres médico, eres mago? No puedes curarte a ti mismo, y tampoco puedes hacer lo que hacen los cirujanos. Así que si puedes hacer algo, hazlo. Aunque sólo sea eso, aunque sea poca cosa.
No le pareció del todo una tontería. Tener fe, en todo caso, parecía una opción razonable en esa situación. Para él la medicina era siempre una cuestión de fe. No entendía que alguien abriese las entrañas de un hombre y viese algo ahí dentro. Si le preguntaban, decía que le parecía carne de pollo. Para él era sencillamente magia. Y más aún el hecho de poder separar una cosa de la otra, intervenir, saber dónde cortar o qué inyectar. Podía tener la misma postura ante el trabajo de los cirujanos que ante la posibilidad de que le salvase un milagro; para él era lo mismo: inexplicable, místico, mágico. ¿De qué modo podía influir en eso?
Estaba comentando eso en la sala de espera, mientras hablaba con una mujer que aguardaba su turno en oncología. Sesiones de quimioterapia para su hija, que tenía leucemia en un estado medianamente avanzado. ¿Qué podemos hacer, señora? Sólo estamos en manos de Dios, contestaba. Y eso que no era creyente. Pero en todo caso parecía que tenían razón todos con el tema de la fe. El problema no era tener fe, sino que la fe no servía de nada. Pero ella tenía otra forma de verlo.
¿Sabe? Yo sé que sólo podemos tener fe y nada más. Lo único que podemos hacer es confiar en que el tratamiento funcione. ¡Qué impotencia! Ojalá pudiese yo inventar algo que terminase con esta asquerosa enfermedad, pero no es así. Lo único que podemos hacer es confiar, y rezar si es que eso sirve de algo. Y bueno, algunas otras cosas. ¿Sabe? Lo importante es la actitud. Y no me refiero sólo a ir por la vida sonriendo. Para mí, seguir adelante tiene importancia. No quiero que mi hija piense que va a morir. Cuando hablo con ella intento pensar en su futuro, en el día en que vaya a la Universidad, cuando tenga sus propios hijos... ella, a veces, me dice que me calle, que eso nunca ocurrirá. Pero yo quiero creer que va a ocurrir, y por eso vivo intentando que ese bicho asqueroso no le absorva la vida. Fíjese, esta misma semana la he matriculado en el instituto. Segundo de Bachillerato, ¿sabe? Y lo mismo ni puede hacerse el curso, pero matriculada está...
...y en ese momento a la mujer se le escapaba una lágrima y le temblaba la voz. Él iba a decirle algo para consolarla como buenamente pudiera, pero ella sacaba un pañuelo y seguía hablando. ¿Y yo?, decía. Sólo puedo hacer eso, seguir sabiendo que está viva. Y trabajar, trabajar, trabajar. No olvido que con mi dinero es con que se paga este hospital, y con el suyo. A lo mejor un euro o dos, o veinte, nos pertenecen y son para ella. ¿Qué podemos hacer? ¿Quedarnos en casa llorando? No, hay que trabajar, y confiar que ese trabajo sirva para salvarla. Y en que usted no tenga nada! Se lo deseo de corazón.
Estaba pensando en esas cosas un rato después, cuando se hizo la oscuridad dentro del TAC. Le gustaba pensar que él tenía algo que ver en eso, que, después de todo, una parte de aquel misterioso y fascinante anillo era suya. Pero, sin saber por qué, lo que más le gustaba era pensar que con aquella chica lo habrían utilizado también, y que él podía hacer algo - aunque fuese algo ridículo - para que saliese también de aquel agujero. Y para eso tenía que vivir, aunque no supiera cómo.
En aquel momento ya no le importaban tanto sus propios problemas. En aquel momento, tener fe ya no parecía algo tan inútil.