delirios: 04.12

24.4.12

Maltrato

En el patio hay una mesa redonda y una silla de mimbre junto a una jardinera atestada de agaves y áloes. Otras tantas crasas crecen en un tiesto alto, grueso y amarillo a no menos de cincuenta centímetros del suelo. Las plantas se reproducen prolíficamente hasta casi salirse de su tierra, son secas y se tienden telarañas de un lado a otro de sus hojas.

Solía salir a fumar sentándome en una de las sillas junto a la típica mesa de terraza (con una sola pata sosteniendo un tablero de cristal). Me gusta mirar hacia los agaves y observar el ir y venir de los ajetreados bichitos, que parecen tan ocupados. Riego poco las plantas pero las hojas se ven carnosas y suculentas; sólo una conserva la cicatriz que dejé al cortarla para curarme una herida con su balsámico jugo.

En aquella ocasión daba cansados pasos de un lado a otro del patio, arrastrando el polvo y mirándome los pies. Hacía mucho calor; el sol golpeaba con fuerza el suelo, que relucía brillante. Me molestaban los moscardones que iban y venían. Ya pretendía marcharme de nuevo a mis quehaceres cuando, sin pensarlo un segundo, me volví varios metros hasta donde se encontraban los agaves.

Sin reflexionar lo que iba a hacer clavé el cigarrillo encendido en una de sus hojas hasta que se apagó. Pude ver cómo se abría un agujero y crepitaba la envoltura carnosa y verde; la gelatina del interior burbujeó y se evaporó exhalando un olor ácido. Después quedó una herida abierta de contornos negros, pero el agave permaneció inmóvil.

No sé qué me motivó a cometer aquel acto de genuino maltrato para el que no tenía predisposición previa, pero una inquietud morbosa me tonificó el cuerpo. No pude evitar una sonrisa plácida cuando retomé mis ocupaciones, envuelto en una inexplicable y misteriosa calma.

18.4.12

Ende, el profeta

Nuestro sistema económico probablemente se derrumbará en los próximos quince años. También existe el problema del calentamiento global que aumenta año tras año, cada motor de gasolina genera más calor y no debe emitirse más; si la temperatura aumenta en promedio anual dos grados, los casquetes polares se deshielan y el nivel del mar sube dos metros, a este paso Florida quedará sumergida en poco tiempo. El cambio de las condiciones terrestres provocará un diluvio del que sobrevivirán pocas personas que tendrán que comenzar desde cero.


Michael Ende,
en una entrevista de 1983.

11.4.12

El señor juez

El señor juez, tras examinar los datos, resolvió que el suicidio había sido por causas objetivas.

9.4.12

Ahora da igual

Esta noche fui por última vez al puerto. Por fin he comprendido que no vendrán más transbordadores. Recuerdo el último que vi partir - el último al que pude subirme -. Estaba tan cerca, tan cerca de mí que casi habría podido tocarlo. Subirme, marcharme de aquí. Para siempre, con facilidades y sin problemas. Entonces me pareció algo complicado, difícil. Pensé que la partida me causaría mucho sufrimiento y sentí miedo. Creí que podría hacerlo más adelante, que tendría tiempo de prepararme mientras llegaban otros transbordadores.

Luego comencé a impacientarme, a ponerme nervioso. Los transbordadores no venían. Yo seguía pensando, haciendo cavilaciones, mentalizándome de que debía irme hasta que tomé la decisión firmemente y luego la ansiedad por la partida se hizo más fuerte. Pero ellos no venían. Yo especulaba para tranquilizarme y me planteaba las rutas más probables que seguirían, qué posibles problemas surgirían en el viaje. Así quería convencerme de que no había por qué preocuparse y me calmaba. Por un tiempo.

Esta noche comprendí que estaba equivocado. Hacía tiempo que acudía al puerto constantemente y miraba las pistas desde lejos intentando percibir movimiento. Alzaba la vista a las estrellas y casi suplicaba que apareciese una luz y empezase a escucharse un motor lejano, pero nada se oía. Hoy decidí asumir que no vendrán nunca. Que debí haber tomado aquel último transbordador aunque me pareciera tan difícil; que quizá no lo fuera tanto. Pero, ¿cómo podía saber mi yo de antes, inocente, que no habría más alternativas? ¿Cómo podía concebir una posibilidad tan dolorosa?

Ahora ya da igual, pero cuando miré por última vez al cielo se me escaparon las lágrimas de rabia que no derramé entonces. Lloré porque no me podré marchar nunca. Porque ya es tarde. Porque me quedaré aquí para siempre, sin esperanza.