delirios: 11.12

28.11.12

El águila

Esta mañana apareció un águila muerta en la autovía. Se veía perfectamente desde la estación de servicio. Estaba en la incorporación, así que los coches pasaban no muy rápido junto a ella y trataban de esquivarla. Pero había tráfico, de modo que muchos no lograban evitarla y la atropellaban. Era grande. Sus alas tenían la envergadura de unos brazos abiertos.

No sé cómo acabó ahí. Probablemente estaba herida o enferma de antemano y no encontró otro sitio donde dejarse morir. Quizá ya estaba muerta cuando empezaron a aplastarla. A ratos quedaba entre dos carriles y los vehículos no llegaban a alcanzarla, pero a cada pasaba uno demasiado deprisa y la arrastraba consigo. Luego permanecía en la calzada y volvían a pisotearla una y otra vez.

Saltaban plumas por todas partes, y durante un poco aquello parecía una vaga niebla; como si alguien hubiera reventado decenas de almohadas. Blancas, marrones y grises. Subían cuando las empujaba una ráfaga y luego caían blandamente. Al final el águila desapareció, pulverizada por cientos de ruedas. Sólo quedaban salpicaduras de sangre que nadie veía y jirones de plumón en los rincones de la carretera. Pero por un buen puñado de horas estuvo en el asfalto, con los coches traqueteando al pasarle por encima, rompiéndose y aplanándose y soltando nubes de plumas como un surtidor interminable.

22.11.12

Tenía que morir

Éste es el árbol que ha muerto. No sabemos por qué ha sido; creo que un poco por todo. Siempre había pensado que algo rotundo acabaría con él, que tendría una muerte impactante. Que lo derribaría el viento o que lo partiría un rayo. Nunca creí que se moriría porque sí. Es un árbol que ha aguantado de todo.

Cuando era muy tierno, un retoño apenas, el sol lo quemó un verano entero. Hasta la última de sus hojas tenía heridas negras como tizones. Después vino el invierno: se heló y fue peor. Cuando tenía las flores frescas, hacia los últimos fríos, de repente nevó y nevó tapando la esperanza de la primavera. Estaba todo empapado y mustio, con las hojas de un gris plomizo. Pero el sol lo secó y resucitó.

Así pasó todos sus largos años. Quemándose y helándose, aguantando el viento tan fuerte y tan persistente de aquí que nunca para, que nunca cesa, que siempre sopla. Cuando se agrietaba su corteza luego se rompía y salía una nueva más gruesa, más verde. Echaba más ramas y más flores, daba frutos. Y después otro ataque: sol implacable, frío cortante, insectos, hongos, ventiscas, granizo que quebraba los tallos. Lo cierto es que su aspecto no era muy bueno: cicatrices, ramas partidas, una forma retorcida por la dureza de los años. Pero aun así crecía y crecía; resistiendo y resistiendo.

Pero por fin murió. Porque, supongo, tenía que morirse. No fue nada lo que acabó con él. No el pedrisco, ni los hielos, ni el sol. Ni un incendio, ni un ciclón inesperado, ni una plaga incurable. Sólo la muerte; muerte que fue, además, lenta y visible. Poco a poco cada vez más marchito. Con la corteza más pálida y la copa menos frondosa. Con las ramas débiles y secas, tremulantes en el viento. Así por largos meses, incluso un año.

Llevaba muerto varias semanas cuando lo acepté. Tenía toda la madera gris, como el cemento. Había perdido todas sus hojas y las ramas estaban cenicientas, mustias. Lo vi así durante días, pasando junto a él, porque quería creer que reverdecería y resucitaría. Pero no lo hizo. Y ahora debo aceptar que ha muerto; que se ha ido para siempre.

Tendré que acostumbrarme. Tendré que aprender a no tener su sombra en verano, ni su abrigo en invierno. A no escuchar a los pájaros cantando en su ramaje ni ver el estallido de las flores en primavera. A vivir con el hueco que deja en mi terreno, con la ausencia insoportable de su copa entre mis siembras. ¿Podré conseguirlo? ¿Podré sustituir su verde y viva presencia? Supongo que no tengo elección, porque tenía que morir y finalmente lo ha hecho.