delirios: 09.13

3.9.13

Flagelantes

Los flagelantes emergieron de entre las sombras como un barco tenebroso que rasgara la bruma. Procesionaban despacio, en un silencio casi absoluto. Se tapaban las caras con capuchas color ceniza, y no portaban más ropa que un fino mantillo, gris y macilento, sujeto a la cintura. En las manos atadas llevaban fustas de esparto con las que se azotaban rítmicamente. Iban con los tobillos encadenados y tenían la piel de las espaldas rajada y sangrante.

Estos eran los únicos sonidos que acompañaban a su penosa marcha. El crepitar de las teas encendidas con que se alumbraban, el zumbido aceitoso de los candiles. El fantasmagórico arrastrar de cadenas. Y las titilantes campanillas que, a la cabeza, algunos agitaban sin parar para anunciar su paso.

Recorrían así todo el país, sin un rumbo fijo, en cantidades que iban y venían. Cada uno tenía sus motivos. Algunos querían expiar sus pecados, otros suplicaban para aliviar alguna desgracia. Un familiar enfermo o el hambre podían ser razón suficiente para arrastrar los pies descalzos hasta los confines del mundo.

La calle era estrecha, y la multitud enlutada se encogía para abrir hueco a la comitiva como si fuera un cortejo fúnebre.

Cuando pasaron ante él, uno de los fieles que observaban la siniestra caminata se preguntó qué habría conducido a cada uno de aquellos hombres a semejante penitencia. Lavar con sangre la culpa o suplicar clemencia con las carnes abiertas.

Se preguntó si Dios escucharía sus plegarias. Se preguntó si sus almas y sus vidas hallarían descanso. Se preguntó si algún día él tendría también que descalzarse y recorrer el mundo, sin ilusiones, con la espalda ensangrentada.