1.6.14

Al final

Una cosa na vida ten por segura, ten por segura:
al final sólo hai soledá y amargura.

La Canción de la Duermevela,
Nacho Vegas

21.5.14

¿Dónde está mi móvil?

Es una calurosa tarde de primavera en la gran ciudad. Una mujer vuelve a casa después del trabajo. Es la hora de comer y ya no hay nadie por la calle. Para acceder a su barrio, la joven tiene que atravesar el estrecho y largo túnel que pasa bajo las vías del tren.

Su mirada tarda en adaptarse a la penumbra tras el sol brillante de fuera. Cuando sus ojos se aclaran comprueba con disgusto que alguien recorre el pasaje en dirección contraria. Aminora la marcha. Entonces ve que es un hombre de mediana edad y aspecto corriente: pantalones vaqueros, bajito, camisa de cuadros. Nada de pandilleros adolescentes. Continúa caminando.

Cuando por fin pasa por su lado, sin embargo, el hombre se vuelve hacia ella. Sabía que iba a interpelarla. No falla.

- Señora - dice él - ¿dónde ha puesto usted mi móvil?

Ella, como siempre en estos casos, continúa su camino y avanza sin mirarle. Como si no hubiera oído absolutamente nada. Pero él la sigue unos pasos.

- Estoy seguro de que había dejado el teléfono en la mesita - insiste -. Y ahora no está ahí. ¿Me puede decir dónde lo ha puesto? ¿Para qué lo toca?

Ella empieza a sentirse demasiado incómoda, pero la luz de la calle al otro lado está cada vez más cerca. Aprieta el paso.

- ¡Señora! - persiste el tipo.

Intenta echarle una mano al hombro.

- ¡No me toque! - chilla ella, apartándose. - Déjeme o grito.

- ¡Y se queda tan pancha, la tía! - se queja él - Usted no se larga sin decirme dónde ha puesto mi móvil.

- ¿Pero qué me cuenta a mí de su móvil? - replica la joven - O me deja en paz o llamo a la policía.

El tipo, con un ágil movimiento, logra aferrarla de un codo. Forcejean.

- ¡Que me digas qué has hecho con mi móvil!

Ella, arqueando el cuerpo y tirando con fuerza, logra zafarse. Se aleja varios metros dando pasitos nerviosos.

- ¡Socorro! - grita - ¡Está loco, voy a llamar a la policía!

Se da la vuelta para marcharse de allí y ve, por el rabillo del ojo, que el hombre está desabrochándose el cinturón. ¿Es un pervertido? Echa a correr tan rápido como se lo permiten sus tacones.

- ¡Que tú no te vas sin decirme dónde está el móvil! - el hombre sale tras ella.

- ¡Socorro, ayuda, que me matan! - chilla aterrorizada la mujer. Pero no hay nadie cerca para oírla.

Corre con todas sus fuerzas y él la persigue enarbolando el cinturón como un látigo. En un intento por agarrarla de la camisa la empuja con las dos manos. Ella cae.

- ¡Auxilio! - grita - ¡Déjame en paz, no me hagas daño!

Alza los ojos y ve que el cinturón tiene una gran hebilla de metal.

- ¡Pero dónde habrá puesto el móvil! - exclama el tipo - ¡A ver para qué lo toca!

Empieza a atizarle con la hebilla del cinturón, descargándolo como si fuera una fusta. No deja de preguntar por su móvil mientras lo hace. Ella patalea y se tapa la cara con las manos. No puede creer lo que está pasando: ¿acaso va a morir allí?

- ¡Que me digas dónde está el móvil, perra!

Quiere luchar, gritar, pero no tiene fuerzas. No logra incorporarse. En algún momento la hebilla de hierro le golpea la cabeza y queda inconsciente. Habría sido un milagro que alguien más pasara por allí, a esas horas.

- ¡Y mi móvil!

Él sigue levantando el cinturón y lanzándolo contra ella. La golpea hasta abrirle el cráneo. Todo está lleno de sangre. El cuerpo de la joven queda inerte, despatarrado, temblando levemente por un impulso mecánico. Pero él no deja de machacarle la cabeza.

- ¡Zorra! - exclama como poseso - ¿Dónde está mi móvil?

7.5.14

Escondido

Torturó tanto su mente y su cuerpo que ha distorsionado su visión del mundo. Ya no puede confiar en nada ni en nadie.

Vive rodeado de criminales, estafadores y asesinos. Las mujeres bellas no son más que unas zorras que quieren divertirse y reírse de él. No hay amigos, sólo tramposos que especulan con intereses.

Por eso quiere encerrarse, ocultarse de todos, hacer de su casa una cueva. No creerá una palabra que oiga. No, es imposible.

Ha perdido los colores, ve sólo sombras y negruras. Ya no oye nada excepto amenazas y mentiras.

20.4.14

26

Soñé que estaba perdido en la oscuridad. Junto a mí había un hombre con la frente y las manos llenas de sangre. Quise acercarme a él, pero antes de que pudiese tocarle se alejó y se desvaneció.

Se desvaneció en la oscuridad.

9.11.13

La última luz

No sé cuánto tiempo llevaba siguiendo esa luz. Rodeado por la más absoluta oscuridad, era lo único que marcaba mi camino. Era lo único que me mantenía despierto. Aún más: era lo único que sostenía mi existencia. Perdido en lo profundo de las tinieblas, todo lo que podía conseguir era acercarme a esa luz. La luz.

De repente, casi sin darme cuenta, la luz se apagó. Ni siquiera aprecié cómo se extinguía su brillo. Sólo parpadeé, miré dos veces y ya no estaba.

Como un pájaro enjaulado que echa a volar, se marchó para siempre la última esperanza.

Ya no queda nada. No hay ninguna luz. Sólo la oscuridad.

5.11.13

La arboleda

El jinete vislumbró un tramo donde el sendero cruzaba una pequeña arboleda. Al principio de la misma había un promontorio que sostenía cuatro o cinco pinos gigantescos, todos muertos. Las ramas secas se extendían como los travesaños de un edificio ruinoso, y de cada una pendía la soga de un ahorcado. Serían un total de quince o veinte.

Mientras el caballo, aburrido, arrastraba los cascos hacia la fila de árboles, el viajero se preguntaba qué camino seguir. Cuando estaba cerca resolvió torcer en dirección oeste y dar un rodeo campo a través.

No es que le importara. Sabía que en aquella arboleda no habría nadie. Debieron marcharse hacía tiempo, y no revestía por tanto peligro alguno. Pero, sencillamente, no le apetecía pasar por allí.

A pesar de ello no separó la mirada de los cadáveres hasta que los perdió de vista. Los observó recortados contra el cielo gris de nubes, negros como sellos de tinta, basculando mansamente al albur del frío y débil viento. Emitiendo sólo un crujido que callaba incluso el zumbido de las moscas, y que él olvidaría al cabo de unos metros.

29.10.13

¿Cómo no...?

¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco esperaría
con las luces encendidas?

Alejandra Pizarnik

21.10.13

La certeza

Salieron de allí en fila, sin hacer ruido ni mirarse unos a otros. Empezaron a alejarse del lugar. Caminaban ligeros bajo el cielo gris; no querían correr, pero apretaban el paso como si andar fuera una tarea incómoda. Sólo se escuchaba el viento. Pareciera que fueran a salir a la carrera en cualquier momento y sólo les contuviera el miedo a notar su propia presencia. Eran jóvenes, pero tenían expresiones fatigadas y sombrías. Querían terminar cuanto antes, eficientes, sin comentarios, aunque se diría que todos deseaban matizar algo, romper la densidad de aquel oxígeno, pero una presión inexplicable les retenía la voz en las gargantas. Al fin, sin embargo, una chica se decidió a hablar.

- Dios no nos perdonará por esto - dijo. - No, jamás nos perdonará.

Nadie respondió, aunque el aire parecía fluir más deprisa después de aquellas palabras, como si hubieran desatado un nudo invisible. Apretaron más el paso, pisando ligero para no hacer ruido, y continuaron en silencio. Pero ella lo siguió repitiendo una y otra vez.

- Dios nunca nos perdonará - insistía. - Nunca.

Los demás no respondieron, aunque todos deseaban que se callara.

27.8.13

El pozo de la tristeza

Camine o esté quieto, tarde o temprano pierdo pie y termino por caer al profundo pozo de la tristeza. Al principio nada noto, pero pronto desaparece la luz y sólo hay sombras, y sombras. Caigo y caigo, y no sé a dónde voy ni cuánto durará, y dejo de oír lo que hay arriba, ya no oigo nada, sólo silencio, sólo a mí mismo. Pienso que golpearé en el fondo, pero siempre hay más metros más al fondo, más sombras, más silencio. Al fin llego abajo, y no veo nada arriba ni a los lados, ni en ninguna parte, y no sé salir ni encuentro una mano en la oscuridad, no oigo voz alguna en las tinieblas. Empiezo a tentar, quiero salir; estoy allí solo y sólo hay sombras, mucho frío y sombras. Perdido en la oscuridad, buscando sin esperanza una luz, en el profundo pozo de la tristeza.