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7.4.15

El cuerpo

Se despierta muy temprano, se levanta y entra al baño para asearse. Después de afeitarse y cepillarse los dientes vuelve a su alcoba y se coloca la ropa del trabajo, que está fría tras pasar la noche sobre una silla junto a su cama. Acude a la cocina, donde escucha la radio mientras pone una cafetera y unta unas tostadas con mantequilla

Entra al salón sin dar los buenos días a la figura que está sentada a la mesa, donde deposita la bandeja con el desayuno. Duda si encender la tele y, decidiendo no hacerlo, sube una cuarta la persiana. Por el cristal entra una luz ambarina y la calle trae el ruido del tráfico. El aire está frío, aunque el sol empezará a entonar y será un día caluroso.

Toma una silla y se sienta ante las tostadas y el café caliente. Frente a él hay una persona tapada de pies a cabeza por una sábana blanca. Antes de empezar el desayuno se incorpora y extiende los brazos hasta ella, apartando la tela para descubrir un rostro momificado. En la cara no hay ojos ni labios, sólo dos cuencas vacías y una imborrable sonrisa de calavera. Donde estaría la nariz hay dos orificios. El pelo, en cambio, está intacto.

Él come y da sorbos a la taza humeante. Se frota los ojos, bosteza. Todavía no se ha espabilado. Entre bocado y bocado habla con la figura que tiene delante. Le comenta cómo fue el trabajo el día anterior. Llegué tarde y no quise despertarte, dice. Le explica la tarea que tiene para hoy y a qué hora espera regresar. Ojalá no pille atasco, quiere cenar en casa. Se queda en silencio y escucha el ruido de la mañana. Mira el reloj en su muñeca, se hace tarde. Le desea un buen día. Nos vemos a la noche.

Lleva los restos del desayuno a la cocina y los deja en la fregadera. Prefiere no entretenerse, ya lo recogerá todo luego. Cuando regresa al salón para coger la cazadora y las llaves se para un segundo junto a la figura que sigue sentada a la mesa. Le acaricia con suavidad las mejillas momificadas. Después la tapa de nuevo con la sábana blanca.

En el ascensor toma un cigarrillo y se lo pone en la boca. En un raro momento de lucidez se pregunta cuánto durará eso. Cuándo descubrirá alguien lo que tiene escondido en su casa desde hace más años de los que quisiera recordar. Después se abren las puertas y sale al rellano. Enciende el pitillo y decide olvidar el tema. Empieza un nuevo día.

21.5.14

¿Dónde está mi móvil?

Es una calurosa tarde de primavera en la gran ciudad. Una mujer vuelve a casa después del trabajo. Es la hora de comer y ya no hay nadie por la calle. Para acceder a su barrio, la joven tiene que atravesar el estrecho y largo túnel que pasa bajo las vías del tren.

Su mirada tarda en adaptarse a la penumbra tras el sol brillante de fuera. Cuando sus ojos se aclaran comprueba con disgusto que alguien recorre el pasaje en dirección contraria. Aminora la marcha. Entonces ve que es un hombre de mediana edad y aspecto corriente: pantalones vaqueros, bajito, camisa de cuadros. Nada de pandilleros adolescentes. Continúa caminando.

Cuando por fin pasa por su lado, sin embargo, el hombre se vuelve hacia ella. Sabía que iba a interpelarla. No falla.

- Señora - dice él - ¿dónde ha puesto usted mi móvil?

Ella, como siempre en estos casos, continúa su camino y avanza sin mirarle. Como si no hubiera oído absolutamente nada. Pero él la sigue unos pasos.

- Estoy seguro de que había dejado el teléfono en la mesita - insiste -. Y ahora no está ahí. ¿Me puede decir dónde lo ha puesto? ¿Para qué lo toca?

Ella empieza a sentirse demasiado incómoda, pero la luz de la calle al otro lado está cada vez más cerca. Aprieta el paso.

- ¡Señora! - persiste el tipo.

Intenta echarle una mano al hombro.

- ¡No me toque! - chilla ella, apartándose. - Déjeme o grito.

- ¡Y se queda tan pancha, la tía! - se queja él - Usted no se larga sin decirme dónde ha puesto mi móvil.

- ¿Pero qué me cuenta a mí de su móvil? - replica la joven - O me deja en paz o llamo a la policía.

El tipo, con un ágil movimiento, logra aferrarla de un codo. Forcejean.

- ¡Que me digas qué has hecho con mi móvil!

Ella, arqueando el cuerpo y tirando con fuerza, logra zafarse. Se aleja varios metros dando pasitos nerviosos.

- ¡Socorro! - grita - ¡Está loco, voy a llamar a la policía!

Se da la vuelta para marcharse de allí y ve, por el rabillo del ojo, que el hombre está desabrochándose el cinturón. ¿Es un pervertido? Echa a correr tan rápido como se lo permiten sus tacones.

- ¡Que tú no te vas sin decirme dónde está el móvil! - el hombre sale tras ella.

- ¡Socorro, ayuda, que me matan! - chilla aterrorizada la mujer. Pero no hay nadie cerca para oírla.

Corre con todas sus fuerzas y él la persigue enarbolando el cinturón como un látigo. En un intento por agarrarla de la camisa la empuja con las dos manos. Ella cae.

- ¡Auxilio! - grita - ¡Déjame en paz, no me hagas daño!

Alza los ojos y ve que el cinturón tiene una gran hebilla de metal.

- ¡Pero dónde habrá puesto el móvil! - exclama el tipo - ¡A ver para qué lo toca!

Empieza a atizarle con la hebilla del cinturón, descargándolo como si fuera una fusta. No deja de preguntar por su móvil mientras lo hace. Ella patalea y se tapa la cara con las manos. No puede creer lo que está pasando: ¿acaso va a morir allí?

- ¡Que me digas dónde está el móvil, perra!

Quiere luchar, gritar, pero no tiene fuerzas. No logra incorporarse. En algún momento la hebilla de hierro le golpea la cabeza y queda inconsciente. Habría sido un milagro que alguien más pasara por allí, a esas horas.

- ¡Y mi móvil!

Él sigue levantando el cinturón y lanzándolo contra ella. La golpea hasta abrirle el cráneo. Todo está lleno de sangre. El cuerpo de la joven queda inerte, despatarrado, temblando levemente por un impulso mecánico. Pero él no deja de machacarle la cabeza.

- ¡Zorra! - exclama como poseso - ¿Dónde está mi móvil?

7.5.14

Escondido

Torturó tanto su mente y su cuerpo que ha distorsionado su visión del mundo. Ya no puede confiar en nada ni en nadie.

Vive rodeado de criminales, estafadores y asesinos. Las mujeres bellas no son más que unas zorras que quieren divertirse y reírse de él. No hay amigos, sólo tramposos que especulan con intereses.

Por eso quiere encerrarse, ocultarse de todos, hacer de su casa una cueva. No creerá una palabra que oiga. No, es imposible.

Ha perdido los colores, ve sólo sombras y negruras. Ya no oye nada excepto amenazas y mentiras.

9.11.13

La última luz

No sé cuánto tiempo llevaba siguiendo esa luz. Rodeado por la más absoluta oscuridad, era lo único que marcaba mi camino. Era lo único que me mantenía despierto. Aún más: era lo único que sostenía mi existencia. Perdido en lo profundo de las tinieblas, todo lo que podía conseguir era acercarme a esa luz. La luz.

De repente, casi sin darme cuenta, la luz se apagó. Ni siquiera aprecié cómo se extinguía su brillo. Sólo parpadeé, miré dos veces y ya no estaba.

Como un pájaro enjaulado que echa a volar, se marchó para siempre la última esperanza.

Ya no queda nada. No hay ninguna luz. Sólo la oscuridad.

5.11.13

La arboleda

El jinete vislumbró un tramo donde el sendero cruzaba una pequeña arboleda. Al principio de la misma había un promontorio que sostenía cuatro o cinco pinos gigantescos, todos muertos. Las ramas secas se extendían como los travesaños de un edificio ruinoso, y de cada una pendía la soga de un ahorcado. Serían un total de quince o veinte.

Mientras el caballo, aburrido, arrastraba los cascos hacia la fila de árboles, el viajero se preguntaba qué camino seguir. Cuando estaba cerca resolvió torcer en dirección oeste y dar un rodeo campo a través.

No es que le importara. Sabía que en aquella arboleda no habría nadie. Debieron marcharse hacía tiempo, y no revestía por tanto peligro alguno. Pero, sencillamente, no le apetecía pasar por allí.

A pesar de ello no separó la mirada de los cadáveres hasta que los perdió de vista. Los observó recortados contra el cielo gris de nubes, negros como sellos de tinta, basculando mansamente al albur del frío y débil viento. Emitiendo sólo un crujido que callaba incluso el zumbido de las moscas, y que él olvidaría al cabo de unos metros.

21.10.13

La certeza

Salieron de allí en fila, sin hacer ruido ni mirarse unos a otros. Empezaron a alejarse del lugar. Caminaban ligeros bajo el cielo gris; no querían correr, pero apretaban el paso como si andar fuera una tarea incómoda. Sólo se escuchaba el viento. Pareciera que fueran a salir a la carrera en cualquier momento y sólo les contuviera el miedo a notar su propia presencia. Eran jóvenes, pero tenían expresiones fatigadas y sombrías. Querían terminar cuanto antes, eficientes, sin comentarios, aunque se diría que todos deseaban matizar algo, romper la densidad de aquel oxígeno, pero una presión inexplicable les retenía la voz en las gargantas. Al fin, sin embargo, una chica se decidió a hablar.

- Dios no nos perdonará por esto - dijo. - No, jamás nos perdonará.

Nadie respondió, aunque el aire parecía fluir más deprisa después de aquellas palabras, como si hubieran desatado un nudo invisible. Apretaron más el paso, pisando ligero para no hacer ruido, y continuaron en silencio. Pero ella lo siguió repitiendo una y otra vez.

- Dios nunca nos perdonará - insistía. - Nunca.

Los demás no respondieron, aunque todos deseaban que se callara.

5.7.13

Cangrejos

En uno de mis sueños yo estaba dentro del mar y el cuerpo de alguien caía al agua junto a mí. No tenía vida, así que se quedaba allí quieto, suspendido entre la arena del fondo y las olas de la superficie. De repente, cinco mil cangrejos pequeños se acercaron nadando hacia él como un enjambre. Eran los cangrejos más extraños que nunca había visto: de color gris ceniza, pero con el mismo brillo plateado que el sol arranca al aluminio.

Gracias a la luz del día pude ver claramente cómo la flotilla de crustáceos rodeaba el cuerpo exangüe de aquel hombre y le arrancaba mordisquitos de carne con empeño, utilizando sus eficientes pinzas. Una bruma rosa como el humo fantasmal de las bengalas salía del cadáver, por todas partes: en los tobillos, en las muñecas, en el tronco. Pronto el cuerpo estuvo envuelto en aquella nube sangrienta, y al cabo de un rato apreciaba cómo faltaba más y más de aquel individuo: se iban borrando sus piernas, sus brazos, sus orejas; como si los cangrejitos fueran laboriosos obreros desmontando sin pausa un viejo edificio, arrancando las ventanas, desarmando las vigas.

Cuando ya sólo quedaban el torso y parte de los hombros, giró sobre sí mismo empujado por la corriente y clavó en mí sus ojos sin párpados, sin pupilas, totalmente blancos. Salían aún burbujitas de su boca entornada y muerta, cuyos labios ya empezaban a desguazar los industriosos crustáceos.

Allí me quedé yo, suspendido en el agua, observando cómo los insólitos animales correteaban por su cuerpo y el cadáver me miraba sin mirar, deshaciéndose en silencio.

16.3.13

Retroceso

La otra noche me dormí pensando que España había retrocedido a los años treinta. Con esta idea flotándome en la cabeza soñé que desandábamos aún más la historia: vi caer el Imperio, conquistar América, expulsar a los moros.

Por la mañana me pareció divertido y pensé que, puestos a retroceder, podíamos ir mucho más atrás en el tiempo. Al Cretácico, por ejemplo. Tal vez un tiranosaurio se colase en el Parlamento y se comiese a los diputados. ¿Y qué decir de los indignados? Un verdadero rebaño: carne de velocirraptor.

Pasé la jornada imaginando dinosaurios entre los edificios, corriendo detrás de gente despavorida. En el fondo no dista mucho de mi día a día. Porque así es como yo me siento: comida para el dientes de sable.

12.3.13

Extraña lluvia

En cierta ocasión me encontraba saliendo del metro cuando empezó a chispear. Me sorprendió que algunas personas bajaran las escaleras junto a mí con actitud histérica, pero no le di mayor importancia y me dirigí a una parada de autobús próxima. Allí varios viandantes se agolpaban y había murmullos y ajetreo.

Pronto descubrí el origen de aquel follón, cuando miré la manga de mi chupa y observé que el cuero sintético se había disuelto en algunos puntos como si algo lo hubiera quemado. Recorriendo con la vista mi alrededor comprobé que la gente estaba cada vez más nerviosa; era la lluvia la que quemaba. La cazadora de grueso plástico y su capucha me habían protegido un punto, pero noté que el chaparrón arreciaba. Aquello podía ser peligroso, y cada vez más personas intentaban refugiarse bajo la marquesina de cristal y aluminio.

No lo pensé dos veces y tomé de las solapas a un ejecutivo que, nervioso, se arrebujaba a mi lado y portaba un maletín. Le propiné un fuerte cabezazo que le destrozó las gafas y le arrebaté el portafolios. Él, que se había desplomado unos metros, intentó volver a la seguridad de la marquesina, pero yo se lo impedí con un certero puñetazo en la tripa que lo derribó. Ya en el suelo quiso incorporarse con las manos y huir, pero le asesté una patada en la cara que acabó de tumbarlo y dejarlo a merced de la corrosiva lluvia.

Una vez terminé con él, sin dudarlo un segundo, comencé a correr hacia un estanco que había al otro lado de la calle. Aunque la multitud, ya presa del pánico, intentaba asaltar con horrorizada histeria los locales comerciales para protegerse, aquel diminuto establecimiento encajonado entre dos bloques de viviendas había pasado temporalmente inadvertido. Crucé la avenida, tapándome la cabeza con la cartera que le había arrebatado a aquel individuo, mientras notaba que mi chupa y mis vaqueros se convertían en andrajos al contacto con el agua.

Al llegar al estanco una mujer mayor estaba entrando delante de mí. Ni corto ni perezoso, la agarré con fuerza por los hombros y la saqué de un empujón a la calle, donde tropezó y cayó de bruces sobre un charco. No perdí ni un segundo para refugiarme en el local, en el que la estanquera y un par de clientas observaban inquietas el caos por los cristales de la puerta.

En el último segundo un hombre joven se acercó corriendo como un poseso. Pretendía entrar al estanco, pero se lo impedí empujándolo de una patada. Antes de que lograra reaccionar cerré la puerta de golpe y eché el cerrojo. Él, ya recompuesto, se puso a golpear el vidrio desesperadamente. Su cuerpo se deshacía como un soldadito de plástico expuesto al fuego. La ropa se le disolvía tal que si fuese de papel; los ojos se le salían de las órbitas y se le caía el pelo.

- ¡Socorro! - pudo gritar antes de perder los dientes - Me derrito...

Yo me quedé allí quieto, con las manos en lo que quedaba de mis bolsillos, observando a través de la puerta cómo aquel tipo se consumía y se convertía en un charco más bajo aquella misteriosa y muy extraña lluvia.

28.11.12

El águila

Esta mañana apareció un águila muerta en la autovía. Se veía perfectamente desde la estación de servicio. Estaba en la incorporación, así que los coches pasaban no muy rápido junto a ella y trataban de esquivarla. Pero había tráfico, de modo que muchos no lograban evitarla y la atropellaban. Era grande. Sus alas tenían la envergadura de unos brazos abiertos.

No sé cómo acabó ahí. Probablemente estaba herida o enferma de antemano y no encontró otro sitio donde dejarse morir. Quizá ya estaba muerta cuando empezaron a aplastarla. A ratos quedaba entre dos carriles y los vehículos no llegaban a alcanzarla, pero a cada pasaba uno demasiado deprisa y la arrastraba consigo. Luego permanecía en la calzada y volvían a pisotearla una y otra vez.

Saltaban plumas por todas partes, y durante un poco aquello parecía una vaga niebla; como si alguien hubiera reventado decenas de almohadas. Blancas, marrones y grises. Subían cuando las empujaba una ráfaga y luego caían blandamente. Al final el águila desapareció, pulverizada por cientos de ruedas. Sólo quedaban salpicaduras de sangre que nadie veía y jirones de plumón en los rincones de la carretera. Pero por un buen puñado de horas estuvo en el asfalto, con los coches traqueteando al pasarle por encima, rompiéndose y aplanándose y soltando nubes de plumas como un surtidor interminable.

22.11.12

Tenía que morir

Éste es el árbol que ha muerto. No sabemos por qué ha sido; creo que un poco por todo. Siempre había pensado que algo rotundo acabaría con él, que tendría una muerte impactante. Que lo derribaría el viento o que lo partiría un rayo. Nunca creí que se moriría porque sí. Es un árbol que ha aguantado de todo.

Cuando era muy tierno, un retoño apenas, el sol lo quemó un verano entero. Hasta la última de sus hojas tenía heridas negras como tizones. Después vino el invierno: se heló y fue peor. Cuando tenía las flores frescas, hacia los últimos fríos, de repente nevó y nevó tapando la esperanza de la primavera. Estaba todo empapado y mustio, con las hojas de un gris plomizo. Pero el sol lo secó y resucitó.

Así pasó todos sus largos años. Quemándose y helándose, aguantando el viento tan fuerte y tan persistente de aquí que nunca para, que nunca cesa, que siempre sopla. Cuando se agrietaba su corteza luego se rompía y salía una nueva más gruesa, más verde. Echaba más ramas y más flores, daba frutos. Y después otro ataque: sol implacable, frío cortante, insectos, hongos, ventiscas, granizo que quebraba los tallos. Lo cierto es que su aspecto no era muy bueno: cicatrices, ramas partidas, una forma retorcida por la dureza de los años. Pero aun así crecía y crecía; resistiendo y resistiendo.

Pero por fin murió. Porque, supongo, tenía que morirse. No fue nada lo que acabó con él. No el pedrisco, ni los hielos, ni el sol. Ni un incendio, ni un ciclón inesperado, ni una plaga incurable. Sólo la muerte; muerte que fue, además, lenta y visible. Poco a poco cada vez más marchito. Con la corteza más pálida y la copa menos frondosa. Con las ramas débiles y secas, tremulantes en el viento. Así por largos meses, incluso un año.

Llevaba muerto varias semanas cuando lo acepté. Tenía toda la madera gris, como el cemento. Había perdido todas sus hojas y las ramas estaban cenicientas, mustias. Lo vi así durante días, pasando junto a él, porque quería creer que reverdecería y resucitaría. Pero no lo hizo. Y ahora debo aceptar que ha muerto; que se ha ido para siempre.

Tendré que acostumbrarme. Tendré que aprender a no tener su sombra en verano, ni su abrigo en invierno. A no escuchar a los pájaros cantando en su ramaje ni ver el estallido de las flores en primavera. A vivir con el hueco que deja en mi terreno, con la ausencia insoportable de su copa entre mis siembras. ¿Podré conseguirlo? ¿Podré sustituir su verde y viva presencia? Supongo que no tengo elección, porque tenía que morir y finalmente lo ha hecho.

12.10.12

Las niñas

De las dos niñas la pequeña apenas estaba aprendiendo a balbucear. La mayor ya sabía hablar perfectamente, pero tenía un miedo terrible a la oscuridad. A la noche en general. No pocas veces despertaba a sus padres de madrugada para pedirles que la dejaran dormir con ella, o para suplicar que fuesen a su cuarto a examinar armarios y ventanas en busca de monstruos. Ogros, duendes, brujas, alienígenas o demonios. Cualquier cosa podía estar debajo de la cama.

A sus padres les había costado sangre y sudor conseguir que se durmiera con la luz apagada. Ya era mayor. Y no convenía que la pequeña se acostumbrase a miedos y fábulas ahora que por fin había dejado su cuna y compartía cuarto con su hermana. Al menos eso decían los psicólogos; también opinaban que la mayor había desatado aquel tipo de inquietudes por alguna clase de celo infantil.

Para conseguir que aceptase la oscuridad, su madre había llegado a una especie de pacto consistente en una exploración de rutina. Había que mirar cada rincón antes de cerrar la puerta y apagar las bombillas.

- ¿Hay algo debajo de la cama? - preguntaba la niña.

- No, no hay nada. - respondía su madre después de agacharse, con un suspiro, y comprobar que ningún trasgo andaba al acecho.

El proceso se repetía con cada rincón de la alcoba. "¿Y el armario? ¿Y los cajones? ¿Y debajo de la mesa? ¿Tras las cortinas? ¿En la ventana? ¿En el tejado de enfrente?". Resultaba agotador, pero el psicólogo opinaba que convenía mantener ese sistema e irlo reduciendo paulatinamente hasta que comprendiese que los monstruos sólo habitaban en su imaginación.

La madre sólo encontraba polvo bajo los muebles y la luz de las farolas al otro lado de la ventana. Suponía que cualquier sombra formada por el brillo de la luna podía parecer un monstruo siniestro ante los ojos de un niño.

- No hay nada, cielo. Lo he mirado bien y requetebién. Duérmete, luz de mi vida. - y le daba un beso en la cabeza.

- Gracias, mamá, buenas noches. - la niña cerraba los ojos y se arrebujaba entre las mantas, con su conejito en los brazos y un gesto de inmenso alivio en la cara.

La madre después cerraba la puerta y se apoyaba un segundo, ya sola en el pasillo, para respirar profundamente. No había alivio en ella; más bien decepción. Cada noche, cuando exploraba el cuarto, hubiera deseado encontrar entre las sombras algún ogro que tomase a las niñas, sin hacer ningún ruido, y se las llevase para siempre muy lejos de allí.

24.4.12

Maltrato

En el patio hay una mesa redonda y una silla de mimbre junto a una jardinera atestada de agaves y áloes. Otras tantas crasas crecen en un tiesto alto, grueso y amarillo a no menos de cincuenta centímetros del suelo. Las plantas se reproducen prolíficamente hasta casi salirse de su tierra, son secas y se tienden telarañas de un lado a otro de sus hojas.

Solía salir a fumar sentándome en una de las sillas junto a la típica mesa de terraza (con una sola pata sosteniendo un tablero de cristal). Me gusta mirar hacia los agaves y observar el ir y venir de los ajetreados bichitos, que parecen tan ocupados. Riego poco las plantas pero las hojas se ven carnosas y suculentas; sólo una conserva la cicatriz que dejé al cortarla para curarme una herida con su balsámico jugo.

En aquella ocasión daba cansados pasos de un lado a otro del patio, arrastrando el polvo y mirándome los pies. Hacía mucho calor; el sol golpeaba con fuerza el suelo, que relucía brillante. Me molestaban los moscardones que iban y venían. Ya pretendía marcharme de nuevo a mis quehaceres cuando, sin pensarlo un segundo, me volví varios metros hasta donde se encontraban los agaves.

Sin reflexionar lo que iba a hacer clavé el cigarrillo encendido en una de sus hojas hasta que se apagó. Pude ver cómo se abría un agujero y crepitaba la envoltura carnosa y verde; la gelatina del interior burbujeó y se evaporó exhalando un olor ácido. Después quedó una herida abierta de contornos negros, pero el agave permaneció inmóvil.

No sé qué me motivó a cometer aquel acto de genuino maltrato para el que no tenía predisposición previa, pero una inquietud morbosa me tonificó el cuerpo. No pude evitar una sonrisa plácida cuando retomé mis ocupaciones, envuelto en una inexplicable y misteriosa calma.

11.4.12

El señor juez

El señor juez, tras examinar los datos, resolvió que el suicidio había sido por causas objetivas.

9.4.12

Ahora da igual

Esta noche fui por última vez al puerto. Por fin he comprendido que no vendrán más transbordadores. Recuerdo el último que vi partir - el último al que pude subirme -. Estaba tan cerca, tan cerca de mí que casi habría podido tocarlo. Subirme, marcharme de aquí. Para siempre, con facilidades y sin problemas. Entonces me pareció algo complicado, difícil. Pensé que la partida me causaría mucho sufrimiento y sentí miedo. Creí que podría hacerlo más adelante, que tendría tiempo de prepararme mientras llegaban otros transbordadores.

Luego comencé a impacientarme, a ponerme nervioso. Los transbordadores no venían. Yo seguía pensando, haciendo cavilaciones, mentalizándome de que debía irme hasta que tomé la decisión firmemente y luego la ansiedad por la partida se hizo más fuerte. Pero ellos no venían. Yo especulaba para tranquilizarme y me planteaba las rutas más probables que seguirían, qué posibles problemas surgirían en el viaje. Así quería convencerme de que no había por qué preocuparse y me calmaba. Por un tiempo.

Esta noche comprendí que estaba equivocado. Hacía tiempo que acudía al puerto constantemente y miraba las pistas desde lejos intentando percibir movimiento. Alzaba la vista a las estrellas y casi suplicaba que apareciese una luz y empezase a escucharse un motor lejano, pero nada se oía. Hoy decidí asumir que no vendrán nunca. Que debí haber tomado aquel último transbordador aunque me pareciera tan difícil; que quizá no lo fuera tanto. Pero, ¿cómo podía saber mi yo de antes, inocente, que no habría más alternativas? ¿Cómo podía concebir una posibilidad tan dolorosa?

Ahora ya da igual, pero cuando miré por última vez al cielo se me escaparon las lágrimas de rabia que no derramé entonces. Lloré porque no me podré marchar nunca. Porque ya es tarde. Porque me quedaré aquí para siempre, sin esperanza.

7.3.12

Van a entrar

Tenía que haberme ido cuando pude hacerlo. ¿Por qué pienso en esto ahora? Siempre dicen: "no lo pienses más". Pero lo haces tarde o temprano. "No sirve de nada atormentarse por lo que tenías que haber hecho". Lo hecho hecho está y no tiene solución. No te tortures. Pero te torturas.

Los escuché cuando saltaron la puerta de la verja. Yo ya sabía que vendrían, lo sabía desde hacía mucho. Sabía que ocurriría. Podía haberme marchado entonces. Debería haberme marchado. O, al menos, haberme armado en consecuencia. Después de todo no sabía a dónde ir. Lo mínimo hubiera sido defenderse, ser precavido. Pero no.

Tardaron un poco en acceder al interior de la casa. Yo los veía desde arriba, les escuchaba por las noches. Tenía miedo pero prefería no pensar en ello, como si simplemente fuesen a marcharse. Como si fueran a olvidarse de mí. Sabía que no se arreglaría solo pero no hice nada. Entonces huir ya era difícil, pero no imposible; podía haberlo intentado en un momento de silencio, escurrirme con sigilo. Pero, ¿y si me descubrían? ¿Y si se daban cuenta? ¿Y si no corría tanto como ellos y al final me atrapaban?

Debió ser por eso que me limité a seguir como si nada ocurriera hasta que un buen día - ni siquiera recuerdo la fecha - reventaron la puerta y entraron. Como pude me escondí en el sótano, en lo más profundo al final de las galerías. Ahora no tengo luz, estoy en la oscuridad total. Tampoco tengo armas.

Si hubiera... esas palabras no salen de mi cabeza. Al menos podría tener un fusil en las manos, una pala, un cuchillo, algo. Pero no tengo nada. Y obvio que escapar, en estos momentos, ya que es imposible. Tuve una última oportunidad, cierto: tardaron en dar con la puerta del sótano. Podía haber intentado escabullirme; pero para huir desde aquí tendría que haber atravesado la casa y en la casa están ellos, ¿cómo iba a arriesgarme?

Ahora ya no importan ni los riesgos ni las oportunidades. No las hay. Y ni siquiera pienso en el peligro porque lo seguro no es peligroso: es seguro. Ya encontraron la galería del sótano. No les costó romper la escondida puerta de madera. Con la que me separa de ellos tendrán más problemas: es de hierro. Pero tarde o temprano lo conseguirán. Escuché un martillo durante horas y un siseo que bien podría ser el de un taladro. Van a entrar.

No sirve de nada pensar en lo que se podría haber hecho. Lo hecho hecho está. Pero sin embargo me torturo, no dejo de darle vueltas. Es lo único que puedo hacer en un rincón de la oscuridad mientras oigo los golpes, mientras siento bajo la puerta sus sombras y espero que entren a por mí.

29.2.12

Como siempre

Durante años todo había ido bien. La gente vivía cómoda refugiada en sus sofás protectores, cálidos. Cada noche caldeaban sus hogares con el brillo trémulo de la televisión; nunca les faltaba algún contenido grotesco, alguna escena humillante, los calzoncillos sucios de cualquier criatura repulsiva que les hiciera reír, que les arrancase una sonrisa plácida.

Las ciudades crecían en silenciosos latidos, engullendo el campo para llevar allí más arterias, más capilares, más vías de comunicación y urbanizaciones y zonas de ocio, vidas sentimentales sanas, entornos adecuados donde pudiéramos crecer como personas y enriquecer el plano emocional.

Cada mañana una multitud golpeaba el asfalto cuando salía del subsuelo para dirigirse a idénticas ocupaciones en idénticos lugares donde serían alienados, pero en su felicidad no les importaba porque la televisión amante les aguardaba en casa.

Todo estaba en su lugar. El fútbol en pantallas y estadios, las gallináceas dementes en sus vomitivos platós, los monstruos de hormigón en las playas antes vírgenes, teleféricos y estaciones en las montañas, series industriales sacadas como churros de sus factorías.

Los niños jugaban día y noche. Para ellos siempre había un "vale, te compro la maquinita y te callas". Y me dejas en paz ver la tele, salir, olvidarme. Si los videojuegos no bastaban daba igual, porque los aparcábamos en los polígonos donde no estorbaban, donde el ruido de su mundo no llegaba, donde quedaban al cuidado de un grupo de botellas. Cada cosa en su lugar.

Teníamos de todo. El sofá, el sagrado altar de las familias, estaba siempre repleto. El mando a distancia tenía pilas y nunca faltaba un plato de comida para nuestros estómagos ni una ración de estupidez para nuestros cerebros. Había otras cosas en el mundo, pero no nos interesaban porque eran aburridas.

El cochazo en la puerta daba cuenta de nuestro bienestar y entre el millón de pisitos de la playa uno era nuestro. Las pantallas panorámicas, enormes, planas y negras eran óleos a nuestro triunfo, nuestro particular museo de reyes. No había padre que no pudiera presumir de su nuevo televisor o su auto más grande que el del vecino, igual que no había crío que no llenase internet con sus fotos tomadas en los baños y exhibiese su borrachera, la más comatosa en lo que iba de curso.

Pero de repente algo ocurrió. No supimos bien qué era. Llegó y se fue sin sentir. Como una muerte, recorrió las casas. Los garajes llenos de coches. Los bloques de pisos en las playas antes vírgenes. Las casas llenas de pantallas y consolas. Los baños con fotografías infantiles. Las ciudades atestadas de anuncios y carteles. Los hospitales repletos de psicólogos. Todo.

Los televisores se apagaron. Su luz tremulante abrió paso al frío invierno. El coche ya no rugía, sino que su vacilante motor parecía reírse de nosotros. Se desocupaban las imperiales urbanizaciones y sus ventanas se llenaban de carteles como insultos. Todo era una burla inmensa. La ciudad era ahora gris y hueca y ya nadie sonreía al trabajar por la mañana aunque supiera que la basura seguiría allí cuando volviera, tal vez porque la pantalla no era lo bastante plana o lo bastante grande.

Entonces despertaron. Salieron a las calles. Los padres dueños de grandes coches. Los niños ya jóvenes tras el vapor de sus borracheras. Todos en masa. Y lucharon. Y gritaron. Y exigieron.

Porque les habían fallado los Gobiernos a los que jamás se molestaron en elegir. Porque les había estafado la política en la que jamás se preocuparon por participar. Porque las cosas que jamás les habían interesado - porque eran feas, y aburridas, y grises - ahora no les gustaban. Porque toda esa gente a la que en su momento no hicieron caso parecía que tenía razón. Porque mientras ellos estaban en su sofá, protector y cómodo, el mundo se había venido abajo.

Y ahora querían que se lo levantaran. Que lo reconstruyeran. Que alguien saliese de cualquier parte y lo arreglara todo mientras ellos volvían a sus sofás para que todo fuera como antes. Porque se lo merecían. Aunque nunca hubiesen movido un dedo. Aunque nunca se hubiesen implicado. Eran ciudadanos.

No descansarían, no pararían de luchar hasta que todo fuese como siempre, como debía ser, hasta que pudiesen volver a sus hogares y a la calidez de sus sofás y ser otra vez felices. Y ver de nuevo el espectáculo enfermizo de los platós, y las series industriales, y tomarse fotos en el baño y beber hasta reventar y hacer todas aquellas cosas y que esta vez fuese para siempre. Que nadie les robara su mundo nunca más.

15.12.11

El mimo

El mimo hacía toda clase de números a lo largo de la mañana. A ratos ofrecía una flor de forma mecánica a cambio de unas monedas, o permanecía quieto durante horas con un gato sobre los hombros o fingía subir una escalera inexistente. Cuando Laura pasó por allí estaba atrapado por una barrera invisible.

Laura se detuvo a su lado, desconcertada. El mimo, con gesto desesperado, plantaba las manos en el aire y palpaba el imaginado muro por todas partes, buscando una salida. Cuando alguien se acercaba él, graciosamente, se encogía de hombros y solicitaba ayuda; la cual solía venir en forma de dinero. Pero Laura no pareció entenderlo de ese modo.

Saliendo a codazos del corrillo que rodeaba al mimo, muy excitada, se acercó a una de las obras eternas que mantenían impracticable la Gran Vía. Los albañiles habían parado para fumar un cigarro, momento que ella aprovechó para tomar un gigantesco martillo que tenían por allí apoyado. Con él en las manos volvió corriendo al lugar donde estaba atrapado el mimo.

Nadie pareció advertir su presencia hasta el último momento. Sin demasiados problemas, con gran decisión, se escurrió entre el bullicio y separó las piernas, alzando sobre su cabeza la gigantesca envaina. Sólo al final de su esfuerzo, cuando ya iba a descargar el golpe, notó que algo la contenía; dos manos asían el martillo queriendo arrebatárselo. ¿Por qué?

No entendía que un grupo de hombres se abalanzara sobre ella, gritando, y le arrancara de entre los dedos su improvisada arma. Como no comprendía el gesto de terror con que el mimo, al verla acercarse, se llevó las manos a la cara y se lanzó asustado al suelo. ¿No veía que pretendía rescatarle? ¿Acaso no ansiaba la libertad?

La partida

Los hombres salieron de noche, muy de noche, cercana ya la madrugada. Era invierno y hacía un frío insoportable, cortante; pero no importaba. Poco antes habían advertido la ausencia del niño. La ventana que abierta golpeaba furiosamente contra los goznes, empujada por el viento, despertó a sus padres. Parecía haber ocurrido hacía poco.

En poco rato se puso en pie toda la aldea; el bosque alrededor estaba desconcertado por tan inesperada actividad. En mitad de la noche profunda se escuchaban voces, gritos, órdenes y reclamos. Pasos que corrían de aquí para allá. Y los búhos y lechuzas, confusos, volando en círculos denunciaban una inquietud siniestra.

Tomaron como armas lo primero que encontraron: hoces, guadañas y horquillos, martillos y azadas. No faltaban, por supuesto, las antorchas. Se pusieron sus pesados petos de lana prensada y como cascos sirvieron cubos y cacerolas para abandonar el castro todos a una en dirección al monte.

Avanzaron siguiendo el rastro de árboles tronchados y espesos matorrales arrancados, allí hacia donde el sentido común les decía que se encontraba su objetivo. Trepando, entre resbalones y tropiezos, la montaña rocosa y helada como el infierno. Al cabo de un tiempo llegaron a la entrada de la cueva, a una altura tal que no tenían muy claro cómo habían logrado subir.

Temblaban por dentro y por fuera, de frío y de miedo; pero aunque la noche y el destino les acongojasen nada les haría vacilar. El terror moría como un fuego apagado por el viento gélido de la responsabilidad; todos habrían deseado, de haber sido su hijo, que sus vecinos hiciesen lo mismo. Así, con el padre a la cabeza, entraron en la gruta.

Y se internaron, se internaron sin temor. Con paso firme, resueltos, alumbrados por sus pobres antorchas se adentraron en la tierra. Estaban decididos a recuperar a uno de los hijos de su aldea y no titubearían. No habían de lograrlo, por desgracia; porque mucho antes de que advirtieran la ausencia del muchacho, antes de que resolvieran partir a su rescate, el ogro ya lo llevaba en brazos a lo más oscuro de su caverna profunda. A su lugar misterioso en el corazón de la montaña, escondido en las tinieblas.

28.11.11

El puto apocalipsis

Me despierto. Voy al baño. Me aseo en un lavabo tapizado de pelos, mugre y pasta dental seca. El espejo en que me miro muestra los restos de la humedad, ahora convertida en costras de cal. Tengo ganas de hacer de vientre, pero no me atrevo a utilizar el inodoro por la mancha negra que cubre todo el sumidero y el limo verde, de naturaleza desconocida, que crece viscoso en el resto. Me conformo con orinar.

Luego voy a la cocina, donde la luz lleva funcionando toda la noche. Parpadea constantemente y hace un ruido irritante, como el criar de un grillo; a ratos se apaga por completo y, renqueando, se vuelve a encender. Lo que alumbra es un panorama desolador: el suelo está pringoso y lleno de restregones de grasa. La misma que atasca el extractor de humos formando una espesa capa repleta de mosquitos que encontraron su final en ella; los lingotazos de aceite podrido caen como estalactitas, como si fueran a estrellarse a cámara lenta contra los fogones. Fogones oxidados y rodeados cada uno por un charco como líquido pero algo viscoso, granate. Un mejunje que algún día fue comida, supongo. La misma sustancia está salpicada aquí y allá en la encimera, las paredes, los cajones...

Voy al fregadero, repleto de cacharros sin fregar. Todos están sucios. Sobre una jarra de desayuno descansa una pequeña tacita de cristal; la tomo, la enjuago un poco. Lo único que parece funcionar es la máquina de café, cubierta por una moqueta blanca y gris de pelusa. La pongo en marcha. Temblando - como si fuera a explotar - deja caer un chorro de infusión en el recipiente. Esquivando arañones de polvo salgo al patio, donde empieza a amanecer.

No sé dónde está el azucarero, de modo que tomo el gran recipiente de plástico donde guardo todo el azúcar. Directamente de allí me pongo seis o siete cucharadas, con la misma cuchara con la que luego remuevo el café. Abro un paquete de tabaco; rompo el precinto y me guardo los trozos de plástico en el bolsillo. Después me fumo varios cigarrillos y me tomo la infusión como con prisa, porque el humo no logra hacerme olvidar mis otros vicios.

Regreso a la cocina. Enjuago un poco la taza y la dejo en el escurridor; cuando lo abro, un enjambre de mosquitillos sale lentamente de él. Como copos de nieve. Empiezan a revolotear por la cocina; siempre hay cientos de ellos, miles. No sé dónde se esconden ni de dónde salen, pero tampoco me importa. De vez en cuando tiro alguna bolsa de fruta porque está podrida de ellos, o me los encuentro en el pan. Simplemente tengo que confiar en que no estén allí cuando voy a comer algo.

Los bichos no son desconocidos para mí. Siempre hay muchos; sobre todo en el patio, pero también por el resto de la casa. Arañas descomunales que hacen sus nidos de seda en los anaqueles de las ventanas; grandes escarabajos de ojos furiosos, polillas, isópodos, tijeretas. Me levanto cada mañana cosido a picotazos, algunos muy dolorosos. Pero ya no les doy importancia porque estoy acostumbrado.

El panorama es desolador. Como si ellos también tuvieran su hora del café, los bichos empiezan a despertar. Fuera, la calle trae un jaleo como de caos en el que casi preferiría no pensar. En el salón, sobre el sofá, hace tiempo que se pudre un cadáver cubierto por mantas polvorientas. Podría ser que los mosquitos procedieran de él, pero no lo creo. La tele lo alumbra siempre con su tenebroso parpadeo.

Antes de comenzar mi día salgo al patio a fumar otro pitillo. Desde el piso de arriba llega la luz trémula de unas ventanas siniestras y el ruido de un chapoteo. Yo fumo y fumo. El humo me envuelve. Me siento bien. Me siento mal. El último rayo del amanecer mata a la noche; pareciera para siempre. Pero no lo es. Pronto volverá. Y yo pienso en cómo está todo, pero no puedo hacer nada. No puedo cambiarlo y tampoco me interesa; lo intenté y ahora no voy a preocuparme. Es el puto apocalipsis, ¿lo entiendes? El apocalipsis.