delirios

21.5.15

Tántalo

Todas las noches, cuando me duermo, me convierto en Tántalo. Porque te veo en una cama ante mí. Y estás desnuda. Y tienes la piel muy suave. Y tu pelo es rizado. Y tus pechos son perfectos. Y tus caderas. Y tus piernas. Y tu cuerpo entero. Y yo extiendo mi brazo, porque quiero tocarte. Y abrazarte. Besarte. Tenerte. Y no puedo. No puedo. Nunca puedo.

21.4.15

Los huracanes

Cuando un huracán llega a una ciudad arrasándolo todo, lo normal es que la gente huya despavorida. Que cada uno agarre lo que pueda y salga corriendo. Esto sería lo natural, pero no siempre sucede así. Algunos, en lugar de huir, quieren acercarse a él.

Sí, hay quien ve un huracán entrar por la puerta y sólo quiere abrazarlo. No es que no sepa que es un huracán, claro. Lo sabe perfectamente. Pero tal vez piensa que este huracán es diferente a los otros. A lo mejor cree que el huracán no va a hacerle daño. O sabe que se lo hará, pero ya se preocupará por eso más tarde. Así que olvida todo y corre a su encuentro. ¿Y qué ocurre con él entonces? Pues que el huracán hace lo que hacen los huracanes: engullirlo y destrozarlo.

8.4.15

La rotonda

Cuando abandonan la rotonda, la carretera está desierta salvo un coche que viene en dirección contraria. Él está contándole cualquier tontería que vio ayer en televisión, pero ella le interrumpe agarrándole muy fuerte del brazo y casi obligándole a dar un volantazo.

- ¿Pero qué haces?

Ella está muy tensa y clava los ojos en las luces que se acercan por el carril opuesto.

- Ese coche - dice.

El vehículo no tarda en cruzarse con ellos. Él lo mira de reojo y, tras el brillo de los faros encendidos, ve lo que parece un coche corriente. Un utilitario no muy grande de color blanco.

- ¿Qué le pasa? - pregunta.

Ella respira muy deprisa.

- Ese coche va a matarnos.

Él observa el retrovisor y ve dos pilotos rojos que se alejan en dirección contraria. Sonríe.

- ¿Qué estás diciendo, qué te ha dado?

- No es ninguna broma - replica ella, visiblemente nerviosa - ¡Ese coche no es un coche normal!

- Pero bueno, ¿estás bien?

- ¡Ese coche va a matarnos! - chilla ella - ¡Acelera, por Dios, acelera!

Está tan alterada y se revuelve de tal forma que él termina por asustarse.

- ¿Qué coño te pasa? - exclama - ¿A qué viene esto?

- ¡No me preguntes, sólo acelera! ¡Algo horrible va dentro de ese coche! ¡Por Dios, corre!

- ¡Es sólo un puto coche normal! - la situación empieza a irritarle.

La mujer, casi histérica, se incorpora sobre el asiento para mirar atrás.

- Está tomando la rotonda - dice - ¡Joder, está dando la vuelta!

Él quiere mantener la calma, pero mira al espejo y ve que, efectivamente, el otro coche está rodeando la glorieta.

- Bueno - contesta - se habrá equivocado de salida.

- ¡Sí, seguro! ¿Y tú qué sabes? ¡Acelera, joder, acelera!

- ¿Por qué lo sabes tú? - grita él.

- ¡Ni yo lo entiendo, pero qué más da! ¡Acelera!

Él no responde. Aunque la escena le parece tan inquietante como absurda, sin darse cuenta está apretando el acelerador. El otro coche ya ha abandonado la rotonda y se ha colocado tras ellos, en el mismo carril, a bastantes metros de distancia.

- ¡Acelera! - exclama ella - ¡Nos está siguiendo!

Los gritos cada vez más incontrolados le ponen nervioso por momentos. Nota que le tiemblan las manos y las piernas y no entiende nada. La desgracia sobreviene cuando ella, como un reflejo del pánico, se agarra a su brazo con fuerza. Le hace doblarse y girar el volante. El coche se desestabiliza, pierde el control y se sale en una curva.

El auto desciende una rampa. Hay tanto ruido como en un terremoto hasta que, al cabo de unos metros, se detiene con las ruedas clavadas en la tierra. Se quedan callados, aturdidos por los golpes y el sobresalto. Recobran la conciencia tras un instante que a ellos les ha parecido una hora, pero saben que apenas ha sido un minuto.

- ¿Estás bien? - dice él, aturdido.

- Creo que sí.

- ¿Tienes algo roto, sangras?

- No, creo que no... ¿y tú?

- No...

- No sé qué ha pasado, yo...

- Está bien, tenemos que salir. Vamos a llamar a alguien...

Ella es la primera en abandonar el vehículo, con gran esfuerzo porque está levemente inclinado sobre el suelo blando del campo. Él la sigue tras desabrocharse el cinturón. Tiene que trepar hasta la puerta del copiloto porque la suya está atrancada. Cuando consigue salir la encuentra en mitad de la campiña, a unos metros del automóvil, con los ojos desencajados mirando a la carretera.

- ¿Qué te pasa? - pregunta asustado - ¿Te encuentras bien, te duele algo?

Ella no contesta. Sólo levanta una mano señalando vagamente hacia la curva donde se han salido. Un coche está detenido allí. El mismo turismo blanco que les seguía. Parado, con los faros aún luciendo y las puertas abiertas.

Algo se ha bajado del coche.

7.4.15

El cuerpo

Se despierta muy temprano, se levanta y entra al baño para asearse. Después de afeitarse y cepillarse los dientes vuelve a su alcoba y se coloca la ropa del trabajo, que está fría tras pasar la noche sobre una silla junto a su cama. Acude a la cocina, donde escucha la radio mientras pone una cafetera y unta unas tostadas con mantequilla

Entra al salón sin dar los buenos días a la figura que está sentada a la mesa, donde deposita la bandeja con el desayuno. Duda si encender la tele y, decidiendo no hacerlo, sube una cuarta la persiana. Por el cristal entra una luz ambarina y la calle trae el ruido del tráfico. El aire está frío, aunque el sol empezará a entonar y será un día caluroso.

Toma una silla y se sienta ante las tostadas y el café caliente. Frente a él hay una persona tapada de pies a cabeza por una sábana blanca. Antes de empezar el desayuno se incorpora y extiende los brazos hasta ella, apartando la tela para descubrir un rostro momificado. En la cara no hay ojos ni labios, sólo dos cuencas vacías y una imborrable sonrisa de calavera. Donde estaría la nariz hay dos orificios. El pelo, en cambio, está intacto.

Él come y da sorbos a la taza humeante. Se frota los ojos, bosteza. Todavía no se ha espabilado. Entre bocado y bocado habla con la figura que tiene delante. Le comenta cómo fue el trabajo el día anterior. Llegué tarde y no quise despertarte, dice. Le explica la tarea que tiene para hoy y a qué hora espera regresar. Ojalá no pille atasco, quiere cenar en casa. Se queda en silencio y escucha el ruido de la mañana. Mira el reloj en su muñeca, se hace tarde. Le desea un buen día. Nos vemos a la noche.

Lleva los restos del desayuno a la cocina y los deja en la fregadera. Prefiere no entretenerse, ya lo recogerá todo luego. Cuando regresa al salón para coger la cazadora y las llaves se para un segundo junto a la figura que sigue sentada a la mesa. Le acaricia con suavidad las mejillas momificadas. Después la tapa de nuevo con la sábana blanca.

En el ascensor toma un cigarrillo y se lo pone en la boca. En un raro momento de lucidez se pregunta cuánto durará eso. Cuándo descubrirá alguien lo que tiene escondido en su casa desde hace más años de los que quisiera recordar. Después se abren las puertas y sale al rellano. Enciende el pitillo y decide olvidar el tema. Empieza un nuevo día.

9.1.15

No importa lo rápido que viaje la luz...

No importa lo rápido que viaje la luz, siempre se encuentra con que la oscuridad ha llegado antes y la está esperando.

Terry Pratchett