delirios: 2013

25.11.13

Un mosquito

En el patio de una vieja casa, un mosquito revolotea torpemente y no para de chocar contra el cristal de la ventana. Está desesperado por entrar, y no es raro: en el crudo otoño de la estepa castellana, una noche a la intemperie es una condena a muerte. Aún es por la tarde, pero el pequeño mosquito se da un cabezazo tras otro. Como si supiera que ya está cerca el atardecer y que trae consigo todo el frío y toda la dureza de la oscuridad.

9.11.13

La última luz

No sé cuánto tiempo llevaba siguiendo esa luz. Rodeado por la más absoluta oscuridad, era lo único que marcaba mi camino. Era lo único que me mantenía despierto. Aún más: era lo único que sostenía mi existencia. Perdido en lo profundo de las tinieblas, todo lo que podía conseguir era acercarme a esa luz. La luz.

De repente, casi sin darme cuenta, la luz se apagó. Ni siquiera aprecié cómo se extinguía su brillo. Sólo parpadeé, miré dos veces y ya no estaba.

Como un pájaro enjaulado que echa a volar, se marchó para siempre la última esperanza.

Ya no queda nada. No hay ninguna luz. Sólo la oscuridad.

5.11.13

La arboleda

El jinete vislumbró un tramo donde el sendero cruzaba una pequeña arboleda. Al principio de la misma había un promontorio que sostenía cuatro o cinco pinos gigantescos, todos muertos. Las ramas secas se extendían como los travesaños de un edificio ruinoso, y de cada una pendía la soga de un ahorcado. Serían un total de quince o veinte.

Mientras el caballo, aburrido, arrastraba los cascos hacia la fila de árboles, el viajero se preguntaba qué camino seguir. Cuando estaba cerca resolvió torcer en dirección oeste y dar un rodeo campo a través.

No es que le importara. Sabía que en aquella arboleda no habría nadie. Debieron marcharse hacía tiempo, y no revestía por tanto peligro alguno. Pero, sencillamente, no le apetecía pasar por allí.

A pesar de ello no separó la mirada de los cadáveres hasta que los perdió de vista. Los observó recortados contra el cielo gris de nubes, negros como sellos de tinta, basculando mansamente al albur del frío y débil viento. Emitiendo sólo un crujido que callaba incluso el zumbido de las moscas, y que él olvidaría al cabo de unos metros.

29.10.13

¿Cómo no...?

¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco esperaría
con las luces encendidas?

Alejandra Pizarnik

21.10.13

La certeza

Salieron de allí en fila, sin hacer ruido ni mirarse unos a otros. Empezaron a alejarse del lugar. Caminaban ligeros bajo el cielo gris; no querían correr, pero apretaban el paso como si andar fuera una tarea incómoda. Sólo se escuchaba el viento. Pareciera que fueran a salir a la carrera en cualquier momento y sólo les contuviera el miedo a notar su propia presencia. Eran jóvenes, pero tenían expresiones fatigadas y sombrías. Querían terminar cuanto antes, eficientes, sin comentarios, aunque se diría que todos deseaban matizar algo, romper la densidad de aquel oxígeno, pero una presión inexplicable les retenía la voz en las gargantas. Al fin, sin embargo, una chica se decidió a hablar.

- Dios no nos perdonará por esto - dijo. - No, jamás nos perdonará.

Nadie respondió, aunque el aire parecía fluir más deprisa después de aquellas palabras, como si hubieran desatado un nudo invisible. Apretaron más el paso, pisando ligero para no hacer ruido, y continuaron en silencio. Pero ella lo siguió repitiendo una y otra vez.

- Dios nunca nos perdonará - insistía. - Nunca.

Los demás no respondieron, aunque todos deseaban que se callara.

3.9.13

Flagelantes

Los flagelantes emergieron de entre las sombras como un barco tenebroso que rasgara la bruma. Procesionaban despacio, en un silencio casi absoluto. Se tapaban las caras con capuchas color ceniza, y no portaban más ropa que un fino mantillo, gris y macilento, sujeto a la cintura. En las manos atadas llevaban fustas de esparto con las que se azotaban rítmicamente. Iban con los tobillos encadenados y tenían la piel de las espaldas rajada y sangrante.

Estos eran los únicos sonidos que acompañaban a su penosa marcha. El crepitar de las teas encendidas con que se alumbraban, el zumbido aceitoso de los candiles. El fantasmagórico arrastrar de cadenas. Y las titilantes campanillas que, a la cabeza, algunos agitaban sin parar para anunciar su paso.

Recorrían así todo el país, sin un rumbo fijo, en cantidades que iban y venían. Cada uno tenía sus motivos. Algunos querían expiar sus pecados, otros suplicaban para aliviar alguna desgracia. Un familiar enfermo o el hambre podían ser razón suficiente para arrastrar los pies descalzos hasta los confines del mundo.

La calle era estrecha, y la multitud enlutada se encogía para abrir hueco a la comitiva como si fuera un cortejo fúnebre.

Cuando pasaron ante él, uno de los fieles que observaban la siniestra caminata se preguntó qué habría conducido a cada uno de aquellos hombres a semejante penitencia. Lavar con sangre la culpa o suplicar clemencia con las carnes abiertas.

Se preguntó si Dios escucharía sus plegarias. Se preguntó si sus almas y sus vidas hallarían descanso. Se preguntó si algún día él tendría también que descalzarse y recorrer el mundo, sin ilusiones, con la espalda ensangrentada.

27.8.13

El pozo de la tristeza

Camine o esté quieto, tarde o temprano pierdo pie y termino por caer al profundo pozo de la tristeza. Al principio nada noto, pero pronto desaparece la luz y sólo hay sombras, y sombras. Caigo y caigo, y no sé a dónde voy ni cuánto durará, y dejo de oír lo que hay arriba, ya no oigo nada, sólo silencio, sólo a mí mismo. Pienso que golpearé en el fondo, pero siempre hay más metros más al fondo, más sombras, más silencio. Al fin llego abajo, y no veo nada arriba ni a los lados, ni en ninguna parte, y no sé salir ni encuentro una mano en la oscuridad, no oigo voz alguna en las tinieblas. Empiezo a tentar, quiero salir; estoy allí solo y sólo hay sombras, mucho frío y sombras. Perdido en la oscuridad, buscando sin esperanza una luz, en el profundo pozo de la tristeza.

5.7.13

Cangrejos

En uno de mis sueños yo estaba dentro del mar y el cuerpo de alguien caía al agua junto a mí. No tenía vida, así que se quedaba allí quieto, suspendido entre la arena del fondo y las olas de la superficie. De repente, cinco mil cangrejos pequeños se acercaron nadando hacia él como un enjambre. Eran los cangrejos más extraños que nunca había visto: de color gris ceniza, pero con el mismo brillo plateado que el sol arranca al aluminio.

Gracias a la luz del día pude ver claramente cómo la flotilla de crustáceos rodeaba el cuerpo exangüe de aquel hombre y le arrancaba mordisquitos de carne con empeño, utilizando sus eficientes pinzas. Una bruma rosa como el humo fantasmal de las bengalas salía del cadáver, por todas partes: en los tobillos, en las muñecas, en el tronco. Pronto el cuerpo estuvo envuelto en aquella nube sangrienta, y al cabo de un rato apreciaba cómo faltaba más y más de aquel individuo: se iban borrando sus piernas, sus brazos, sus orejas; como si los cangrejitos fueran laboriosos obreros desmontando sin pausa un viejo edificio, arrancando las ventanas, desarmando las vigas.

Cuando ya sólo quedaban el torso y parte de los hombros, giró sobre sí mismo empujado por la corriente y clavó en mí sus ojos sin párpados, sin pupilas, totalmente blancos. Salían aún burbujitas de su boca entornada y muerta, cuyos labios ya empezaban a desguazar los industriosos crustáceos.

Allí me quedé yo, suspendido en el agua, observando cómo los insólitos animales correteaban por su cuerpo y el cadáver me miraba sin mirar, deshaciéndose en silencio.

16.6.13

La inteligencia

Una Inteligencia Artificial no necesita trabajar con otras inteligencias. Si puedes acceder a más hardware simplemente transmitirás tu inteligencia a él, posiblemente desalojando cualquier otra inteligencia que estuviera o pudiera estar funcionando allí. A medida que consigas más hardware, te harás más inteligente, y así estarás en posición de obtener más y mejor tecnología y defenderte de otras inteligencias competidoras.

Finalmente tratarás de enviar tu inteligencia como mensaje a planetas lejanos (...) es inconcebible que podamos saber en qué estarás pensando a lo largo de los eones, pero sin duda serás extremadamente lista.

(...)

Es difícil encontrar un papel para los humanos en este escenario. Los humanos consumen recursos valiosos, y pueden amenazar a la inteligencia con destruir el planeta. Tal vez unos pocos puedan sobrevivir en alguna parte aislada del mundo. Pero la inteligencia se optimizará a sí misma, ¿por qué malgastar tan sólo el 1% de los recursos mundiales en el hombre? Ciertamente, la evolución no dejó espacio en la Tierra para otros homínidos similares al hombre - todos se extinguieron -.

Anthony Berglas,
La Inteligencia Artificial matará a nuestros nietos

27.4.13

El mundo del mañana

En el mundo del mañana no habrá libros. Es posible que haya cuentos e historias, pero no libros. Ya no tendré la opción de aislarme entre sus páginas. Ya no podré sostenerlos en mis manos, ni dormir cada noche rodeado por ellos. Quizá no existan ni siquiera novelas, habiendo por ahí tanta buena colección de citas.

En el mundo del mañana nadie tendrá un nombre, sino apenas un @apodo. No se podrá tampoco disfrutar el extraño placer de no saber algo, porque toda información estará disponible. No podremos recordar ni paladear nada en la memoria, ya que cualquier dato de nuestro pasado lo tendremos al alcance de los dedos en el mundo del mañana - ¿o eso era ya hoy? -.

El fútbol también será diferente en ese mundo. Ya no será fragor de gritos y voces en los bares, rodeados de gente; será un acto individual que vivirá cada uno en la soledad de su casa. Y el "¡gol!" dejará de ser ese bramido inmenso que hace temblar al mundo y se convertirá en un trending topic silencioso.

En el mundo del mañana las máquinas programarán a las personas, y no al revés. Nadie tendrá a lo que dedicarse, pero no le daremos importancia. Tampoco habrá nada importante, ni perdurará nada. El mundo del mañana probablemente será un fantástico mundo, lleno de revoluciones y sinergias. Avances que muchos no podemos entender. Nuevas dinámicas, conexiones imposibles. La tranquilidad de que el noventa y nueve por ciento, con autoridad magnánima, te diga qué está bien y qué está mal. Un mundo de progreso.

Sí, el mundo del mañana sin duda será un estupendo lugar. Pero yo no estoy seguro de que vaya a gustarme. Tal vez sea porque no he entendido nada, pero no acaba de convencerme. Quizá me quede en el ayer, a ser posible. Sí, eso es lo que voy a hacer. Buscaré un tren que salga para allá. Entre tanto espero aquí en los andenes del presente: que progresen los otros.

16.3.13

Retroceso

La otra noche me dormí pensando que España había retrocedido a los años treinta. Con esta idea flotándome en la cabeza soñé que desandábamos aún más la historia: vi caer el Imperio, conquistar América, expulsar a los moros.

Por la mañana me pareció divertido y pensé que, puestos a retroceder, podíamos ir mucho más atrás en el tiempo. Al Cretácico, por ejemplo. Tal vez un tiranosaurio se colase en el Parlamento y se comiese a los diputados. ¿Y qué decir de los indignados? Un verdadero rebaño: carne de velocirraptor.

Pasé la jornada imaginando dinosaurios entre los edificios, corriendo detrás de gente despavorida. En el fondo no dista mucho de mi día a día. Porque así es como yo me siento: comida para el dientes de sable.

12.3.13

Extraña lluvia

En cierta ocasión me encontraba saliendo del metro cuando empezó a chispear. Me sorprendió que algunas personas bajaran las escaleras junto a mí con actitud histérica, pero no le di mayor importancia y me dirigí a una parada de autobús próxima. Allí varios viandantes se agolpaban y había murmullos y ajetreo.

Pronto descubrí el origen de aquel follón, cuando miré la manga de mi chupa y observé que el cuero sintético se había disuelto en algunos puntos como si algo lo hubiera quemado. Recorriendo con la vista mi alrededor comprobé que la gente estaba cada vez más nerviosa; era la lluvia la que quemaba. La cazadora de grueso plástico y su capucha me habían protegido un punto, pero noté que el chaparrón arreciaba. Aquello podía ser peligroso, y cada vez más personas intentaban refugiarse bajo la marquesina de cristal y aluminio.

No lo pensé dos veces y tomé de las solapas a un ejecutivo que, nervioso, se arrebujaba a mi lado y portaba un maletín. Le propiné un fuerte cabezazo que le destrozó las gafas y le arrebaté el portafolios. Él, que se había desplomado unos metros, intentó volver a la seguridad de la marquesina, pero yo se lo impedí con un certero puñetazo en la tripa que lo derribó. Ya en el suelo quiso incorporarse con las manos y huir, pero le asesté una patada en la cara que acabó de tumbarlo y dejarlo a merced de la corrosiva lluvia.

Una vez terminé con él, sin dudarlo un segundo, comencé a correr hacia un estanco que había al otro lado de la calle. Aunque la multitud, ya presa del pánico, intentaba asaltar con horrorizada histeria los locales comerciales para protegerse, aquel diminuto establecimiento encajonado entre dos bloques de viviendas había pasado temporalmente inadvertido. Crucé la avenida, tapándome la cabeza con la cartera que le había arrebatado a aquel individuo, mientras notaba que mi chupa y mis vaqueros se convertían en andrajos al contacto con el agua.

Al llegar al estanco una mujer mayor estaba entrando delante de mí. Ni corto ni perezoso, la agarré con fuerza por los hombros y la saqué de un empujón a la calle, donde tropezó y cayó de bruces sobre un charco. No perdí ni un segundo para refugiarme en el local, en el que la estanquera y un par de clientas observaban inquietas el caos por los cristales de la puerta.

En el último segundo un hombre joven se acercó corriendo como un poseso. Pretendía entrar al estanco, pero se lo impedí empujándolo de una patada. Antes de que lograra reaccionar cerré la puerta de golpe y eché el cerrojo. Él, ya recompuesto, se puso a golpear el vidrio desesperadamente. Su cuerpo se deshacía como un soldadito de plástico expuesto al fuego. La ropa se le disolvía tal que si fuese de papel; los ojos se le salían de las órbitas y se le caía el pelo.

- ¡Socorro! - pudo gritar antes de perder los dientes - Me derrito...

Yo me quedé allí quieto, con las manos en lo que quedaba de mis bolsillos, observando a través de la puerta cómo aquel tipo se consumía y se convertía en un charco más bajo aquella misteriosa y muy extraña lluvia.

8.3.13

Garra de Jaguar

No sé cuándo tomé la determinación. Tenía que ser Garra de Jaguar. Ya no servían los trucos, ni el ganar tiempo. No podía esconderme ni huir. Se me agotaba el aliento y las horas habían corrido en mi contra. No, lo pequeño no servía, era inútil ya. Debía ser Garra de Jaguar. Tenía que convertirme en él, necesitaba una manada de asesinos rabiosos detrás de mí y fiera determinación para enfrentarme a ellos. Ser Garra de Jaguar y olvidarme de la vida y la muerte. Sólo que no sabía si podría hacerlo, si había sangre y energía en mí para eso. No sabía si lograría convertirme y ganar, pero todas las demás opciones estaban agotadas.