delirios: 2011

26.12.11

Las cosas de Yucatán

"(...) y dice este Diego de Landa que él vio un gran árbol cerca del pueblo en el cual un capitán ahorcó muchas mujeres indias de las ramas y de los pies de ellas a los niños, sus hijos.

(...)

Que se alteraron los indios de la provincia de Cochua y Chectemal y los españoles los apaciguaron de tal manera que, siendo esas dos provincias las más (...) llenas de gente, quedaron las más desventuradas de toda aquella tierra. Hicieron crueldades inauditas cortando narices, brazos y piernas, y a las mujeres los pechos y las echaban en lagunas hondas con calabazas atadas a los pies; daban estocadas a los niños porque no andaban tanto como las madres, y si los llevaban en colleras y enfermaban, o no andaban tanto como los otros, cortábanles las cabezas por no pararse a soltarlos".

Diego de Landa,
Relación de las cosas de Yucatán.

21.12.11

¿Cómo vivir sin cobrar?

Como habréis imaginado por el título de la entrada, vamos a comentar el tema de Lucía Etxebarría. O mejor dicho, aprovecharemos su andanada para ver qué opinamos de la piratería relativa a libros - puesto que este blog es sobre todo literario, nos centraremos en cómo afecta a aquellos -.

Lucía Etxebarría ha anunciado que no publicará más libros puesto que las ventas del último han sido menos numerosas que las descargas ilegales. Cosa que a mí me parece lógica, aunque creo que la escritora ha hecho una estupidez. Si yo hubiese estado en su lugar, simplemente habría dejado de publicar sin dar más explicaciones - tampoco creo que nadie se las hubiese pedido nunca -.

Al proclamarlo sólo ha conseguido una cosa - no sé si lo que pretendía - y es que le lluevan todo tipo de insultos, improperios y ataques personales. Gente que seguramente no ha abierto un libro en su vida, personas que no leen ni el Marca pero por supuesto saben muy bien quién es Lucía Etxebarría, aunque sólo les suene el nombre - dudando un poco si es de actriz, cantante o famosilla de la tele - o ni eso. Pero internet es así, ya sabéis. Si se habla de física cuántica, pues soy físico. ¿Que hablan de Corea del Norte? Pues soy experto en dicho país, aunque no sepa ni dónde está. Y por supuesto que si hablan de escritores soy el que más lee de toda la red, eso que quede claro. Aunque el último libro que abriera fuera el que me cayó en los exámenes del instituto.

Por supuesto que cosas como la SGAE y sus políticas no me gustan nada, creo que el siglo XXI tiene que traer otras formas de edición que otorguen más poder al autor. Pero nunca he entendido la filosofía de la gratuidad absoluta. Una persona que escribe por afición - como yo - necesita un sustento con que cubrir sus necesidades - como cualquier hijo de vecino -. Esto significa que sólo podrás escribir en las horas que te deje tu trabajo, esto es, un par de horas antes de acostarte o antes de ir al curro, o los fines de semana.

Stephen King dice que para ser escritor hay que leer cuatro horas al día y escribir cuatro horas al día. Lo que es, básicamente, una jornada laboral. Un escritor tiene que echarle muchas, muchas horas a sus libros. Además, en según qué casos, quizá tenga que viajar, visitar museos, comprar material para documentarse, etc. Eso cuesta dinero. Pero sobre todo tiene que comer, pagar un alquiler, vestir y alimentar a sus hijos, etc.

¿Cómo vivir sin cobrar? ¿Cómo vivir de gratis? Es un tema que he tratado muchas veces con bastante gente, en el mundo real y aquí en la red. Cuando aparece la inevitable pregunta siempre ocurre lo mismo; sobre todo en internet, los partidarios de la piratería y la gratuidad empiezan a hablar de "otros modelos de negocio", "vías inexploradas", "si experimentasen un poco no tendríamos este problema", "existen otras formas de hacer dinero con el arte que no se han planteado...".

Entonces es cuando tú, en tu ignorancia, les pides que te expliquen claramente de qué vías hablan, cuáles son esos modelos, en qué consisten esas formas milagrosas de hacer dinero sin cobrar por el libro (o disco, o lo que sea). En el caso de los músicos está claro: los conciertos. Pero en este blog hablamos de literatura. ¿Cómo puede vivir un escritor o sostenerse una editorial sin vender libros? Es llegados a este punto cuando se ponen a hablar de "coyunturas", "contextos" o te saltan con alguna resolución judicial de algún país de Europa del norte o con algún enlace en inglés que han encontrado por la Wikipedia. Pues no. No me vale.

Yo pido desde aquí a todo el que me lea - y esté a favor de la "cultura libre" y de la gratuidad - que por favor utilice el formulario de comentarios para explicarnos, de forma clara y sencilla, cómo puede vivir un escritor si no recibe ningún dinero a cambio de lo que escribe. No pido enlaces raros, ni citas de no sé quién, ni coyunturas ni sintaxis. Quiero un "pues mira, tú haces esto y ganas dinero de tal manera". A ver si lo conseguís.

Preguntas idiotas: 6

6.

¿La sinceridad es buena?

15.12.11

El mimo

El mimo hacía toda clase de números a lo largo de la mañana. A ratos ofrecía una flor de forma mecánica a cambio de unas monedas, o permanecía quieto durante horas con un gato sobre los hombros o fingía subir una escalera inexistente. Cuando Laura pasó por allí estaba atrapado por una barrera invisible.

Laura se detuvo a su lado, desconcertada. El mimo, con gesto desesperado, plantaba las manos en el aire y palpaba el imaginado muro por todas partes, buscando una salida. Cuando alguien se acercaba él, graciosamente, se encogía de hombros y solicitaba ayuda; la cual solía venir en forma de dinero. Pero Laura no pareció entenderlo de ese modo.

Saliendo a codazos del corrillo que rodeaba al mimo, muy excitada, se acercó a una de las obras eternas que mantenían impracticable la Gran Vía. Los albañiles habían parado para fumar un cigarro, momento que ella aprovechó para tomar un gigantesco martillo que tenían por allí apoyado. Con él en las manos volvió corriendo al lugar donde estaba atrapado el mimo.

Nadie pareció advertir su presencia hasta el último momento. Sin demasiados problemas, con gran decisión, se escurrió entre el bullicio y separó las piernas, alzando sobre su cabeza la gigantesca envaina. Sólo al final de su esfuerzo, cuando ya iba a descargar el golpe, notó que algo la contenía; dos manos asían el martillo queriendo arrebatárselo. ¿Por qué?

No entendía que un grupo de hombres se abalanzara sobre ella, gritando, y le arrancara de entre los dedos su improvisada arma. Como no comprendía el gesto de terror con que el mimo, al verla acercarse, se llevó las manos a la cara y se lanzó asustado al suelo. ¿No veía que pretendía rescatarle? ¿Acaso no ansiaba la libertad?

La partida

Los hombres salieron de noche, muy de noche, cercana ya la madrugada. Era invierno y hacía un frío insoportable, cortante; pero no importaba. Poco antes habían advertido la ausencia del niño. La ventana que abierta golpeaba furiosamente contra los goznes, empujada por el viento, despertó a sus padres. Parecía haber ocurrido hacía poco.

En poco rato se puso en pie toda la aldea; el bosque alrededor estaba desconcertado por tan inesperada actividad. En mitad de la noche profunda se escuchaban voces, gritos, órdenes y reclamos. Pasos que corrían de aquí para allá. Y los búhos y lechuzas, confusos, volando en círculos denunciaban una inquietud siniestra.

Tomaron como armas lo primero que encontraron: hoces, guadañas y horquillos, martillos y azadas. No faltaban, por supuesto, las antorchas. Se pusieron sus pesados petos de lana prensada y como cascos sirvieron cubos y cacerolas para abandonar el castro todos a una en dirección al monte.

Avanzaron siguiendo el rastro de árboles tronchados y espesos matorrales arrancados, allí hacia donde el sentido común les decía que se encontraba su objetivo. Trepando, entre resbalones y tropiezos, la montaña rocosa y helada como el infierno. Al cabo de un tiempo llegaron a la entrada de la cueva, a una altura tal que no tenían muy claro cómo habían logrado subir.

Temblaban por dentro y por fuera, de frío y de miedo; pero aunque la noche y el destino les acongojasen nada les haría vacilar. El terror moría como un fuego apagado por el viento gélido de la responsabilidad; todos habrían deseado, de haber sido su hijo, que sus vecinos hiciesen lo mismo. Así, con el padre a la cabeza, entraron en la gruta.

Y se internaron, se internaron sin temor. Con paso firme, resueltos, alumbrados por sus pobres antorchas se adentraron en la tierra. Estaban decididos a recuperar a uno de los hijos de su aldea y no titubearían. No habían de lograrlo, por desgracia; porque mucho antes de que advirtieran la ausencia del muchacho, antes de que resolvieran partir a su rescate, el ogro ya lo llevaba en brazos a lo más oscuro de su caverna profunda. A su lugar misterioso en el corazón de la montaña, escondido en las tinieblas.

1.12.11

Desapariciones inexplicables

En mi vida ha habido pocas amistades que no hayan acabado con una decepción, una puñalada trapera o un alejamiento intencionado. En los mejores casos terminaron con un distanciamento natural y sin acritud. De cualquier forma siempre tenían en común el poder explicarse con alguna razón.

A veces ocurre que una persona se acerca a ti con algún tipo de interés y, cuando este interés desaparece o es satisfecho, se aleja. En otras ocasiones eres tú el que se comporta como un capullo. O aparece un factor externo: le caes mal a su novio, a sus amigos... Y finalmente están los distanciamentos humanamente comprensibles: que le haya salido un curro en Pernambuco, que trabaje quince horas al día, que se case...

Pero luego está ese tipo de personas que desaparecen sin ningún motivo. Que se alejan de ti y abandonan tu existencia de forma inexplicable, como si se hubiesen volatilizado. No me refiero a esta gente que deja de saludarte de un día para otro, sino a amigos a los que no ves a menudo y debes ejercer un pequeño esfuerzo por mantener la relación. De repente compruebas que eres tú el único que hace dicho esfuerzo y que no obtienes respuesta alguna. Llamas y nunca te devuelven las llamadas, o mandas mensajes que jamás son contestados. Hasta que un buen día te encojes de hombros, desistes y se acabó.

Este tipo de desapariciones me enervan especialmente porque no les encuentro explicación. Busco en mi memoria alguna posible ofensa que haya podido hacer; si recordase haberme comportado como un imbécil o haber fallado a la persona en cuestión lo comprendería. Pero cuando no es así me choco contra la duda y el misterio. No hallo una solución al enigma. No hay de por medio terceras personas que metan cizaña, ni sé de cambios drásticos de residencia - o me pregunto, de haberlos habido, ¿por qué no me lo dijo cuando aún teníamos contacto? -.

A veces hago conjeturas; podría ser, por ejemplo, que hubiese un novio celoso y yo no me hubiese enterado. O que cualquier insignificante detalle de mi comportamiento haya ofendido a esa persona. O que se haya muerto - teoría que procuro rechazar de inmediato - o tenido un grave problema del que yo no sé nada.

Finalmente, no obstante, dejo de cavilar y resuelvo que no hay explicación alguna. Que no hay razón que aclare por qué esa persona ha desaparecido. Esto me irrita y me desconcierta; frente a los que te clavan un cuchillo a traición o los que se esfuman porque ya tienen de ti lo que querían, la inexplicable vaporización de buenas personas que fueron amigos leales se me antoja un misterio inquietante y perturbador. En los primeros casos, aunque la razón sea repugnante, al menos hay una razón. En el que nos ocupa, en cambio, nos enfrentamos a lo desconocido, a lo incomprensible, a un porqué triste y sin respuesta.

28.11.11

El puto apocalipsis

Me despierto. Voy al baño. Me aseo en un lavabo tapizado de pelos, mugre y pasta dental seca. El espejo en que me miro muestra los restos de la humedad, ahora convertida en costras de cal. Tengo ganas de hacer de vientre, pero no me atrevo a utilizar el inodoro por la mancha negra que cubre todo el sumidero y el limo verde, de naturaleza desconocida, que crece viscoso en el resto. Me conformo con orinar.

Luego voy a la cocina, donde la luz lleva funcionando toda la noche. Parpadea constantemente y hace un ruido irritante, como el criar de un grillo; a ratos se apaga por completo y, renqueando, se vuelve a encender. Lo que alumbra es un panorama desolador: el suelo está pringoso y lleno de restregones de grasa. La misma que atasca el extractor de humos formando una espesa capa repleta de mosquitos que encontraron su final en ella; los lingotazos de aceite podrido caen como estalactitas, como si fueran a estrellarse a cámara lenta contra los fogones. Fogones oxidados y rodeados cada uno por un charco como líquido pero algo viscoso, granate. Un mejunje que algún día fue comida, supongo. La misma sustancia está salpicada aquí y allá en la encimera, las paredes, los cajones...

Voy al fregadero, repleto de cacharros sin fregar. Todos están sucios. Sobre una jarra de desayuno descansa una pequeña tacita de cristal; la tomo, la enjuago un poco. Lo único que parece funcionar es la máquina de café, cubierta por una moqueta blanca y gris de pelusa. La pongo en marcha. Temblando - como si fuera a explotar - deja caer un chorro de infusión en el recipiente. Esquivando arañones de polvo salgo al patio, donde empieza a amanecer.

No sé dónde está el azucarero, de modo que tomo el gran recipiente de plástico donde guardo todo el azúcar. Directamente de allí me pongo seis o siete cucharadas, con la misma cuchara con la que luego remuevo el café. Abro un paquete de tabaco; rompo el precinto y me guardo los trozos de plástico en el bolsillo. Después me fumo varios cigarrillos y me tomo la infusión como con prisa, porque el humo no logra hacerme olvidar mis otros vicios.

Regreso a la cocina. Enjuago un poco la taza y la dejo en el escurridor; cuando lo abro, un enjambre de mosquitillos sale lentamente de él. Como copos de nieve. Empiezan a revolotear por la cocina; siempre hay cientos de ellos, miles. No sé dónde se esconden ni de dónde salen, pero tampoco me importa. De vez en cuando tiro alguna bolsa de fruta porque está podrida de ellos, o me los encuentro en el pan. Simplemente tengo que confiar en que no estén allí cuando voy a comer algo.

Los bichos no son desconocidos para mí. Siempre hay muchos; sobre todo en el patio, pero también por el resto de la casa. Arañas descomunales que hacen sus nidos de seda en los anaqueles de las ventanas; grandes escarabajos de ojos furiosos, polillas, isópodos, tijeretas. Me levanto cada mañana cosido a picotazos, algunos muy dolorosos. Pero ya no les doy importancia porque estoy acostumbrado.

El panorama es desolador. Como si ellos también tuvieran su hora del café, los bichos empiezan a despertar. Fuera, la calle trae un jaleo como de caos en el que casi preferiría no pensar. En el salón, sobre el sofá, hace tiempo que se pudre un cadáver cubierto por mantas polvorientas. Podría ser que los mosquitos procedieran de él, pero no lo creo. La tele lo alumbra siempre con su tenebroso parpadeo.

Antes de comenzar mi día salgo al patio a fumar otro pitillo. Desde el piso de arriba llega la luz trémula de unas ventanas siniestras y el ruido de un chapoteo. Yo fumo y fumo. El humo me envuelve. Me siento bien. Me siento mal. El último rayo del amanecer mata a la noche; pareciera para siempre. Pero no lo es. Pronto volverá. Y yo pienso en cómo está todo, pero no puedo hacer nada. No puedo cambiarlo y tampoco me interesa; lo intenté y ahora no voy a preocuparme. Es el puto apocalipsis, ¿lo entiendes? El apocalipsis.

26.11.11

Una casa en Nueva Orleans

Procedía de una familia de funcionarios, pero su padre se había sucidado hacía mucho. Había vivido de eso más tiempo del que podía recordar. Ella era la típica adolescente rebelde; le gustaba poner de los nervios a los suyos y de vez en cuando solía volver muy tarde - demasiado - o incluso escaparse de casa. Creía que aquello la hacía popular ante sus amigas y que lo más increíble sería fugarse con alguien, de modo que solía tontear con esa idea. Hasta que se cruzó con él y resultó que realmente hablaba en serio cuando decía que se la llevaría lejos, muy lejos, para nunca volver.

Siempre había querido vivir aventuras y ver el mundo. Y quería empezar por Nueva Orleans. Simplemente porque había escuchado una canción hacía muchos años: Hay una casa en New Orleans que es donde nace el sol, y es allí donde yo mi vida destruí... Un tema olvidado de una banda olvidada que él había heredado de su propia casa, donde algunos vinilos daban vueltas sin que nadie les quitase el polvo. Ni siquiera sabía cómo habían llegado hasta allí.

Luego empezó a leer y todas esas cosas. Y a hacer planes y construir sueños; todo en su cabeza. Y ella con él. La pobre creyó que todo sería como en el resto de sus escapadas; un par de días de hacer el idiota, el regreso y el espectáculo en su casa - le encantaba ser protagonista - y después presumir ante sus amigas. Pero por una cosa o por otra le acabó gustando - o él le gustaba - pasaron los meses y luego los años y al final lo de "nunca volver" terminó por ser cierto.

Sobra decir que todos aquellos sueños de Nueva Orleans no se cumplieron nunca. Es una historia tan tópica que realmente no me apetece en absoluto contarla, pero no os será difícil imaginarla: malos trabajos, tumbos, deambular de un lado a otro, vueltas y vueltas y, por supuesto, drogas y alcohol. Y sexo, cómo no. Al principio era divertido, emocionante, bohemio.

Se echaban juntos en el sofá y hablaban de lo que harían después, de libros pero sobre todo de música, mucha música. Él solía poner aquella vieja canción cuando fumaba - y fumaba de todo y a todas horas - y le gustaba pensar en Nueva Orleans: Yo no supe nunca qué es el amor, sólo pena y dolor... Aquello le recordaba a sí mismo. Ella creía que a aquel grupo sólo lo escuchaba él. "En un tiempo fueron famosos", contestaba.

Después las cosas dejaron de ser tan divertidas, como habéis imaginado. Ya sabéis lo que ocurrió: hace falta dinero, no queda otra, y dando tumbos no se consiguen las cosas fácilmente. Así no se puede vivir. En fin, es una historia que ha aparecido en las películas tantas veces que me hace vomitar; de hecho es algo repugnante y no sé por qué os cuento esta basura.

El alcohol y las drogas se convirtieron en algo enfermizo. La última casa en la que vivieron estaba muy cerca del mar, junto a la desembocadura de un arroyo miserable. Por eso les resultó tan barata; en primera línea de playa pero a la vera de un arroyo ponzoñoso infestado de mosquitos. Por la noche oían críar a las chicharras y eso le gustaba. No era de mar, era de campo. Posiblemente fue lo único bonito de aquellos tiempos finales. Y solía escuchar como siempre su canción: Oh madre, di a tus hijos que no vivan como yo, una vida pobre y mísera...

Su hermano era lo único que le quedaba en este mundo. Aparte de ella. El padre había muerto y la madre, pobre mujer, era una enferma mental, una demente. Ella debía tener por ahí a su familia, a la que desde nunca veía; las drogas y el alcohol y la mala vida la habían consumido. ¿La reconocerían? ¿La echarían de menos? No lo sabía, pero empezó a preguntarse esas cosas. Él no se las planteaba, pero a menudo el hermano de él los visitaba y les pedía que abandonaran semejante existencia. La última vez por fin renunció, pero antes de marcharse se acercó a ella y dijo: "lárgate".

Posiblemente esta historia sea parte de algo más grande; sé que hay mucho más de lo que nos contaron en un principio. Pero ahora sólo puedo contar lo poco que he reseñado aquí y cómo terminó todo. Ella decidió marcharse. Tal vez se cansó de vivir entre mierda, de la filosofía, de las drogas o de la puta canción que no paraba de sonar. Pero fuera por lo que fuera él creyó que le abandonaba para largarse con otro y eso era más de lo que podía soportar; si en su asqueroso corazón había algo de amor era todo para ella y sintió como si le partieran el alma en mil pedazos. Lo cual no justificó el botellazo en la cabeza con que la mató; el cristal se astilló y aprovechó el casco roto para rajarse las venas.

La policía le encontró medio hundido en la ribera, con el agua del río encharcada de sangre y marejando contra su cuerpo. Fue triste, todo muy triste. Sobre todo por las cosas que no había hecho, por lo que había podido ser y no fue. Su hermano me dijo: "es curioso, nunca ha estado en Nueva Orleans, pero todo esto se parece mucho a aquellas historias que él leía, a las cosas que decía que pasaban allí", en aquella ciudad.

Me pregunto si fue todo como había querido.

22.11.11

17.11.11

Coches

Están sentados en un banco, frente a la carretera. Fuman tabaco. Poco. Pero en esos tiempos acabar una cajetilla parecía una tarea imposible. Son dos - y deberían estar en clase -.

Después de pasar un rato hablando de tonterías se quedan en silencio. Uno de ellos se pone a mirar la calzada, los coches. Dicen que la carretera termina en Cataluña; la otra punta del mundo.

¿Cuántos de estos coches irán allá o vendrán de lugares lejanos? Se ponen a pensar en el momento en que también se suban a alguno de ellos, como lanzarse a un barco en movimiento para seguir el curso de las aguas. ¿En qué parada del camino volverán a tierra firme? ¿Qué ciudades sorprendentes atraviesa la gran vía?

Al cabo de un rato apagan el último cigarrillo y deciden volver a clase. Cuando llegan al instituto ya olvidaron sus pensamientos; en el fondo saben que, de todas formas, nunca tomarán la carretera.

8.11.11

Diferencias

La diferencia radica en el tiempo que toma para llegar; algunos - por circunstancias de la vida - disfrutan algunos años más de la ilusión mentirosa de la infancia - a esto se llama felicidad -. Otros alcanzan antes lo que se conoce como madurez: desilusión, desencanto, desesperación. Pero nos espera a todos.

7.11.11

Kilómetro 16

Fue en el kilómetro dieciséis que equivoqué el camino. En la salida correspondiente a dicho punto kilométrico: no debí haberla tomado. Detuve el coche y me puse a desandar mis pasos: así di con el error. Reconstruyendo el camino de la forma más exhaustiva posible llegué a la conclusión de que, hasta ese kilómetro exacto, la ruta era la correcta; después avancé en la dirección equivocada.

Para ayudarme me he servido de los planos que guardaba en la guantera. También decidí que debí haberme comprado uno de esos estúpidos GPS. Pero no lo hice. El mapa es muy detallado, pero lo consulté demasiado tarde; sólo reconocía las carreteras - finas líneas azules y verdes - hasta el kilómetro dieciséis de la susodicha autovía. Y entre él y yo - o donde quiera que yo esté ahora - hay toda una red de esos malditos trazados. Los más finos y negros corresponden a vías secundarias, comarcales; sospecho que estoy en una de ellas.

Hasta el kilómetro dieciséis todo encaja. Después, nada. Todo fue la maldita glorieta; debí tomar otra salida. Ahora la veo, no antes. Obcecado en el error, avancé por una calzada diferente; luego accedí a carreteras nacionales, comarcales, destartalados caminos de cabras... Ascendí puentes y surqué modernas y bulliciosas autopistas recién asfaltadas. Subí y bajé, avancé y retrocedí, cambié de sentido y salí mil veces para volver a entrar.

Agotado, por fin me orillé en una vía de servicio y paré el motor. Me queda poca gasolina. Ya no sé por dónde tirar. Entonces recapacité y examiné los planos; y claro, ahí lo vi: evidente, sencillo, casi insultante. El kilómetro dieciséis. La salida equivocada.

Esto fue por la mañana, cerca del mediodía. Ahora ya es de noche. La luz de la luna, de un azul intenso, me permite ver los árboles alrededor. Ya no atisbo una vieja y medio abandonada gasolinera que dejé atrás. ¿Qué debo hacer? Sé que me equivoqué de carretera hace ya muchas horas. Que seguía el camino correcto hasta que tomé la salida número dieciséis en el citado punto kilométrico de la puñetera autovía; lo cual sólo a mí interesa. He identificado el error, rememorado los pasos y consultado los mapas; la información sin duda parece la adecuada. Ahora bien, en cuanto a hacer algo útil con todo ello, eso es otra historia.

3.11.11

¿Los hombres dominan la Tierra?


Desde el principio de los tiempos los seres humanos hemos dado por hecho que somos la cúspide de la pirámide evolutiva, el producto último de la creación. Ya en el Génesis se dice que Dios creó al hombre para que gobierne "sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre toda la tierra". Aunque esta suerte de mandato divino se perdió con la Revolución francesa, la Ilustración trajo la idea de que el hombre era el centro de todo, principio y fin de todas las cosas.

Si bien es cierto que estamos en lo más alto de la cadena alimenticia, ¿qué baremo seguimos para dar por hecho de forma tan sumamente interiorizada que somos la parte central del mosaico evolutivo? Hay varios elementos que podríamos tener en cuenta para sentar esta afirmación: somos la única especie que ha desarrollado lenguaje hablado pero, ¿es suficiente?

Si tomamos como referencia el número de seres humanos sobre la Tierra y su peso en los ecosistemas, tal vez nos estemos equivocando. Miremos a nuestros pies: a las hormigas. Hace diez años se descubrió un hormiguero en el sur de Europa que abarca desde el norte de Italia hasta las costas atlánticas de España y Portugal, pasando por Francia. Una supercolonia con más de treinta y tres hormigueros gigantes que engloba un total de mil millones de individuos - aproximadamente -.

Los científicos no se ponen de acuerdo sobre el número de hormigas en el mundo; las cifras estimadas oscilan entre los mil billones y los diez mil billones. Los biólogos creen que estos insectos representan entre el 15 y el 25 % de la biomasa terrestre. En cualquier caso son infinitamente más numerosas que los seres humanos, y Tokio o Nueva York parecerían villorrios ante la población de cualquier supercolonia.

Una característica humana a tener en cuenta sobre la supremacía - o no - del hombre sobre los seres vivos es su capacidad para modificar el entorno. Lo que sí parece indiscutible es que la humana es la especie que más ha influido en los ecosistemas, en tanto en cuanto los destruye o reconfigura, suprime bosques, lleva agua a regiones áridas, es capaz de vivir en los lugares más fríos o más calurosos y provoca o evita la extinción de otras formas de vida.

No obstante, las hormigas son posiblemente la especie que más cerca está de medirse con el hombre en gestión de recursos, adaptabilidad y modificación del entorno. Las hormigas también son capaces de hacer desaparecer selvas enteras - la marabunta - o crear edificaciones - los hormigueros son auténticas obras de arquitectura -. Recordemos que pueden generar sus propios alimentos - mediante la miel o el cultivo de hongos, entre otros - además de dar a sus colonias un diseño inteligente - protegiéndolas, por ejemplo, de la lluvia - y adaptar el terreno a sus necesidades - mediante la creación de "carreteras" o "puentes" muy rudimentarios -. Pero, sobre todo, su organización social las conduce al éxito.


Las hormigas melíferas


Las hormigas no tienen problemas sociales. Cada una acepta su posición, el concepto "individuo" no existe para ellas. No se plantean su ser ni su lugar en este mundo; las obreras no hacen huelga, nadie se opone a la reina. El bien común es para ellas lo natural; mientras el ser humano tiende al egoísmo las hormigas sólo conciben las necesidades de la colonia y nunca reparan en las propias. Cuando se produce un exceso de población con la consiguiente hambruna, por ejemplo, se declara una guerra; el enfrentamiento entre hormigueros provoca la muerte de muchos individuos - haciendo que los supervivientes tengan más alimento a repartir - y los cadáveres sirven como comida o argamasa. Una idea que a los seres humanos resultaría simplemente grotesca, pero que está naturalizada por las hormigas y que les permite prosperar, extenderse y vivir en relativa paz. El progreso no existe para ellas porque sólo les importan sus funciones biológicas: alimentarse, reproducirse y ampliar el hormiguero indefinidamente.

Esta organización social les permite alcanzar el éxito de forma eficiente. Ellas son productivas en cosas que normalmente consideramos monopolio humano. Pueden dedicarse a formas básicas de agricultura - cultivadoras de hongos -, producción de alimentos - hormigas melíferas - o ganadería - pastoreo deliberado de orugas y pulgones -. Todo esto no lo han obtenido, como los hombres, en un afán de superación y persecución del progreso, sino por una natural tendencia a la productividad, la eficiencia y los resultados prácticos dentro de la cual cada individuo acepta su posición y su destino. Los beneficios de esta forma de producción de alimento o protección de la colonia no se ven en ningún caso perjudicados por intereses personales, familiares o "nacionales" - nunca hay rebeliones en un hormiguero, ni golpes de Estado, ni protestas ni huelgas ni corrupción de ningún tipo -. ¿Por qué su sistema es peor o menos avanzado que el nuestro? ¿Porque no van en coche? ¿Porque no ven la tele?

En definitiva, creo que es muy relativo el dominio del hombre sobre las demás criaturas. Esto sólo puede afirmarse desde un punto de vista cerradamente humano. Desde luego nuestra especie es hegemónica si consideramos que la supremacía se define por la capacidad de modificar entornos o desarrollar nuevas tecnologías; en estos aspectos las hormigas no han avanzado nada en millones de años. Pero si definimos el éxito en base a la prosperidad biológica y reproductiva o el tamaño y amplitud de la población, las hormigas serían sin lugar a duda las dueñas del mundo.

Lo que yo me pregunto es, si una cultura alienígena radicalmente distinta a nosotros visitara la Tierra, ¿daría por hecho que nosotros somos los que manejamos el cotarro? ¿En qué especie se fijarían antes, en los seres humanos o en las hormigas? Solemos suponer que lo primero que harían los alienígenas sería abducir personas, nunca nos los imaginamos recogiendo insectos. Pero si buscasen a la especie más prolífica, productiva y eficiente es probable que fijasen sus ojos en los hormigueros antes que en ciudades como Manhattan.

Las fotografías son de Wikimedia Commons y de Flagstaffotos.

30.10.11

Preguntas idiotas: 5

5.

¿A qué se debe la propagación casi universal del retifismo en nuestros días?

29.10.11

Mosquitos a cañonazos

En español suele hablarse de "matar moscas a cañonazos" cuando alguien aplica una solución desproporcionada a un pequeño problema. Lo que muchos ignoran es que esto se hizo casi literalmente en un pequeño campo de entrenamiento del Ejército de los Estados Unidos cerca de Shreveport, Luisiana.

Como seguramente sabrán, el Estado norteamericano de Luisiana se corresponde con un amplio territorio mayoritariamente pantanoso. En el caso de Shreveport una buena porción del suelo - que algunos calculan en una décima parte - está cubierto por aguas cenagosas.

En 1964, recién llegado de Vietnam, el teniente John Garan fue desplegado junto a sus hombres en un área de diez kilómetros cuadrados de lo más fangosos para practicar operaciones de combate simulado. Dejaba en el Extremo Oriente a su antiguo batallón y recibía la misión de entrenar a soldados inexpertos en terrenos húmedos para después enviarlos a combatir al Vietcong o a realizar incursiones en la selva camboyana.

La primera semana de septiembre de 1964 el teniente Garan fue hallado muerto por la mañana en los barracones, abatido a tiros después de haberse llevado por delante a cinco de sus hombres. Esta historia desconocida fue lo mejor ocultada posible por el Ejército de los Estados Unidos ante la poca conveniencia de encajar escándalos en plena época de encarnizada campaña militar. Se dijo que Garan, de origen irlandés, era alcohólico y medio esquizofrénico y que en un ataque de locura disparó contra sus reclutas, los cuales se vieron obligados a abrir fuego en defensa propia. Las familias de las víctimas fueron indemnizadas, se taparon bocas en la prensa y John Garan fue enterrado discretamente y sin honores en un cementerio castrense.

La verdad de lo ocurrido se supo sólo en exclusivos círculos militares - dentro de los cuales pude escucharlo - y fue relatada por uno de los reclutas de Garan, de nombre Bill Sagebrush. Sagebrush - en aquella época un joven de diecinueve años - explicó que el teniente solía quejarse por las mañanas de que los mosquitos no le dejaban dormir. Como hemos mencionado antes, Luisiana es un territorio pantanoso y en las épocas de calor estos insectos aprovechan las oscuras ciénagas para procrear; cada semana eclosionan millones de huevos mientras las hembras revolotean por doquier chupando la sangre de la gente para producir nuevas camadas.

"Nos despertaba cada noche gritando y maldiciendo", explicó Sagebrush. "Se cagaba en la puta madre de los mosquitos". Según el soldado, Garan llegaba a golpearse a sí mismo al intentar librarse de aquellos molestos picotazos. Hasta que en una ocasión, presa de la locura, tomó su revólver y empezó a disparar contra los bichos.

Fue un desastre - afirmó Sagebrush - porque el barracón era una amplia nave de madera y aluminio que, subrayemos, contenía una única estancia donde se disponían en hileras las literas de los reclutas. En su alocado intento por acabar con los mosquitos a base de calibre cuarenta y cinco, parece ser que Garan se llevó por delante a cuatro de sus hombres - los que dormían más cerca -; el quinto, explicó el recluta Bill, murió al intentar quitarle la pistola.

Por suerte, los soldados de Garan estaban bien entrenados. Tan pronto como vieron lo que ocurría, varios de ellos se pusieron en pie - sin vestirse siquiera - y montaron sus fusiles. "Yo estaba entre ellos", me dijo Sagebrush entre orgulloso y apenado. Exigieron al teniente que depusiera su actitud, pero está comprobado que no insistieron mucho; como el perturbado continuara disparando contra los mosquitos - y a punto estuvo, según creo, de acertar a otros dos o tres hombres que hubieron de echarse cuerpo a tierra - todos abrieron fuego contra él y le metieron en el cuerpo más de cinco mil picaduras de puro plomo. Fue el fin del soldado John Garan.

El Ejército, resolvimos más tarde, no podía permitirse afrontar semejante ridículo - ¡en plena confrontación con los soviéticos! - y se tomó la decisión de hacerlo pasar todo como un ataque de histeria psicótica de dramático desenlace. Así se explicó a los medios - convenciendo adecuadamente a quien no quiso creerlo - y se ordenó a los soldados que así lo contaran. Sólo uno de ellos, Sagebrush, relató la historia tal como fue realmente; primeramente a nosotros - afirmó - aunque no sabía que era algo tan confidencial. Siempre sospechamos que pudo haber comentado algunas cosas a su familia y a la policía antes de consultarnos, pero nunca logramos comprobarlo y, de todos modos, él no habría tenido pruebas en caso de querer certificar la veracidad de su versión.

En ningún momento nos pareció que las palabras del soldado Bill Sagebrush fuesen problemáticas o supusieran una amenaza para la buena imagen del Ejército. Es por ello que negamos entonces y negaremos hoy cualquier implicación de tan elevada institución en el posterior suicidio, unos meses más tarde, del citado recluta mediante un tiro en la boca. En nada nos habría beneficiado su muerte; aquel asunto se resolvió de forma sencilla y satisfactoria. Fue sólo un lamentable espectáculo protagonizado por un imbécil hace más de treinta años y así es como debe recordarse; o, mejor dicho, olvidarse por el bien de todos.

28.10.11

La basura

Destruir recuerdos se había convertido en algo habitual. No podía decirse que fuese una costumbre, pero lo hacia a menudo. En principio sólo cosas que estorbaban: cajas llenas de papeles, documentos o incluso fotos. Luego empezó a acostumbrarse a hacerlo sin ningún motivo: molestasen o no, asaltaba aquellos paquetes de papelotes y objetos varios y los ponía en una mesa, se sentaba ante ellos y los iba examinando uno a uno. Esbozaba una sonrisa cuando le despertaban algún recuerdo agradable y luego ras, ras, con la misma alegría, ras, ras, a la basura.

"Pero hombre, ¿cómo haces eso?", le decían. "Luego te vas a arrepentir", o "con el tiempo te daría gusto conservarlos". Pero, ¿por qué? Había concluido que no tenían ninguna utilidad práctica: firmas de gente que había sido especial hacía años. Cartas. Fotografías. Alguna anotación en un cuaderno, un mechero que en su día fue importante no recordaba bien por qué. Personas que le habían hecho daño y le habían destrozado el corazón. No necesitaba objetos que las revivieran; el dolor lo llevaba metido dentro. Incrustado. Lo material sobraba.

Y parecía que conseguía algo cuando iba llenando la bolsa de restos de papel, imágenes rotas y menudencias: una cinta para el pelo, varios anillos, un peluche, unos calcetines, las gafas de sol partidas, arena de playa, un trozo de tela con una palabra escrita. Tirarlo todo al contenedor e imaginar cómo se retorcía dentro del camión de la basura era liberador; como si desapareciesen también de su propia memoria. Como si su corazón también pudiese despedazar aquellos recuerdos, la mayoría malos.

Y los buenos, también. ¿De qué servía recordar que en un momento todo fue mejor y más feliz? "Pero no seas así, ¿no ves que es una pena?" Son mis recuerdos y los tiro si me da la gana. Y es lo que pienso hacer, se decía. Y lo hacía. ¿Conseguía algo? Posiblemente no: el presente seguía estando ahí. Seguiría recordando vivamente todo lo que había perdido, todo lo bueno que ya no volvería. Pero en su momento resultaba agradable destrozarlo todo, deshacerse de todo. Casi parecía una lástima no tener más pasado para encontrar más objetos inservibles que tirar.

14.10.11

8.10.11

La mitad del trabajo

Este cuento participa en la iniciativa Fe propuesta por Ángel Cabrera y Jose Senovilla.


Le habían dicho que tenía que tener fe. Era algo que a él no le cuadraba demasiado. No ya porque no fuera religioso, sino porque no le encontraba lógica. ¿La fe me va a curar el cáncer?, preguntó. Ni siquiera sabes si lo tienes todavía. No, no lo sabía, pero era probable.

Tenían que hacerle un TAC. Entonces se confirmarían sus temores. Los médicos le habían dicho que había que ponerse en la peor opción, aunque le recomendaban que no perdiese la esperanza. A él le parecía un modo de lavarse las manos ante la presumible mala noticia que se acercaba. La tomografía revelaría unos datos terribles y él tendría que irse al infierno. Entonces fue cuando le dijeron que tenía que tener fe; su mujer, su hija, sus hermanos y sus amigos. Todos. ¿Qué iban a decir?

No le gustaba lo de tener fe porque creía que era engañarse a sí mismo. Y creía que ellos le engañaban, ¿fe? Si el cáncer era terminal, ¿la fe iba a fulminarlo? ¿Iba a impedir la fe que las células metastatizaran? Siempre en el peor de los casos, por supuesto. La fe sirve para otras cosas, le decía una y otra vez su mujer. De cualquier manera - opinaban sus hermanos - la actitud siempre influye. Eso lo sabe todo el mundo. Si no tienes fe, si te rindes, le harás al cáncer la mitad del trabajo.

Lo más inteligente lo escuchó en el bar, de boca de Manolo, el camarero. Estaba discutiendo con sus amigos, otra vez debido a su actitud. Estás empeñado en morirte, decía uno. ¿Por qué no te metes ya en el ataúd?, apuntaba otro. Si tan convencido estás de que no hay nada que hacer, no sé por qué vas a molestarte en seguir el tratamiento. ¿Y de qué me va a servir tener fe, esperanza, confianza? ¿Son curas milagrosas? Entonces intervino Manolo: ¿de qué te va a servir? Sencillamente, es lo único que puedes hacer. ¿Eres médico, eres mago? No puedes curarte a ti mismo, y tampoco puedes hacer lo que hacen los cirujanos. Así que si puedes hacer algo, hazlo. Aunque sólo sea eso, aunque sea poca cosa.

No le pareció del todo una tontería. Tener fe, en todo caso, parecía una opción razonable en esa situación. Para él la medicina era siempre una cuestión de fe. No entendía que alguien abriese las entrañas de un hombre y viese algo ahí dentro. Si le preguntaban, decía que le parecía carne de pollo. Para él era sencillamente magia. Y más aún el hecho de poder separar una cosa de la otra, intervenir, saber dónde cortar o qué inyectar. Podía tener la misma postura ante el trabajo de los cirujanos que ante la posibilidad de que le salvase un milagro; para él era lo mismo: inexplicable, místico, mágico. ¿De qué modo podía influir en eso?

Estaba comentando eso en la sala de espera, mientras hablaba con una mujer que aguardaba su turno en oncología. Sesiones de quimioterapia para su hija, que tenía leucemia en un estado medianamente avanzado. ¿Qué podemos hacer, señora? Sólo estamos en manos de Dios, contestaba. Y eso que no era creyente. Pero en todo caso parecía que tenían razón todos con el tema de la fe. El problema no era tener fe, sino que la fe no servía de nada. Pero ella tenía otra forma de verlo.

¿Sabe? Yo sé que sólo podemos tener fe y nada más. Lo único que podemos hacer es confiar en que el tratamiento funcione. ¡Qué impotencia! Ojalá pudiese yo inventar algo que terminase con esta asquerosa enfermedad, pero no es así. Lo único que podemos hacer es confiar, y rezar si es que eso sirve de algo. Y bueno, algunas otras cosas. ¿Sabe? Lo importante es la actitud. Y no me refiero sólo a ir por la vida sonriendo. Para mí, seguir adelante tiene importancia. No quiero que mi hija piense que va a morir. Cuando hablo con ella intento pensar en su futuro, en el día en que vaya a la Universidad, cuando tenga sus propios hijos... ella, a veces, me dice que me calle, que eso nunca ocurrirá. Pero yo quiero creer que va a ocurrir, y por eso vivo intentando que ese bicho asqueroso no le absorva la vida. Fíjese, esta misma semana la he matriculado en el instituto. Segundo de Bachillerato, ¿sabe? Y lo mismo ni puede hacerse el curso, pero matriculada está...

...y en ese momento a la mujer se le escapaba una lágrima y le temblaba la voz. Él iba a decirle algo para consolarla como buenamente pudiera, pero ella sacaba un pañuelo y seguía hablando. ¿Y yo?, decía. Sólo puedo hacer eso, seguir sabiendo que está viva. Y trabajar, trabajar, trabajar. No olvido que con mi dinero es con que se paga este hospital, y con el suyo. A lo mejor un euro o dos, o veinte, nos pertenecen y son para ella. ¿Qué podemos hacer? ¿Quedarnos en casa llorando? No, hay que trabajar, y confiar que ese trabajo sirva para salvarla. Y en que usted no tenga nada! Se lo deseo de corazón.

Estaba pensando en esas cosas un rato después, cuando se hizo la oscuridad dentro del TAC. Le gustaba pensar que él tenía algo que ver en eso, que, después de todo, una parte de aquel misterioso y fascinante anillo era suya. Pero, sin saber por qué, lo que más le gustaba era pensar que con aquella chica lo habrían utilizado también, y que él podía hacer algo - aunque fuese algo ridículo - para que saliese también de aquel agujero. Y para eso tenía que vivir, aunque no supiera cómo.

En aquel momento ya no le importaban tanto sus propios problemas. En aquel momento, tener fe ya no parecía algo tan inútil.

7.10.11

Buried


Este mes voy a hablar de "Buried", una película de Rodrigo Cortés que se estrenó el año pasado y que narra las desventuras de Paul Conroy, un pobre camionero que se despierta dentro de un ataúd enterrado en algún lugar de Irak.

La película no es ni mucho menos una obra maestra - la mayoría de las críticas dicen que lo es - pero me pareció bastante buena, por lo que me apetecía recomendarla.

El desdichado Conroy (interpretado por Ryan Reynolds) trabaja para una compañía norteamericana de transporte que opera en Irak; sus desventuras empiezan cuando se cruza con unos tipos que deciden darle lo suyo.

Personalmente me sorprendió. Pensaba que me encontraría ante la típica historia de psicópatas y lo que vi fue bastante distinto. Pero sobre todo me impactó - y es el principal motivo por el que la recomiendo - que se pudiera llenar toda la película - y manteniendo la tensión - sin salir del ataúd. Pensaba que lo resolverían con flash-backs como hicieron con Saw - jodiéndola, en mi opinión - pues, ¿cómo vas a rodar una película entera con un único personaje dentro de una caja? Pues se puede.

Es cierto que el protagonista no está solo, ya que cuenta con un teléfono que le permite comunicarse, pero la cámara no sale del ataúd en ningún momento. Aun así, hay que reconocer que la película tiene algunos defectos que la afean un poco - hay algún fallo argumental importante que no puedo revelar, pero supongo que si la véis os fijaréis -.

El protagonista sufre el síndrome de la "llamada idiota" - pienso dedicar una entrada a ese tema en cuanto tenga tiempo -. Si estás en una situación desesperada y tienes la inmensa suerte de contar con un teléfono, ¿qué mejor que ponerte histérico y gritar o insultar a cualquiera que te lo coja? Si quieres que te saquen de ahí no servirá de mucho, pero si deseas que te tomen por un pirado es la mejor opción. Creo que es uno de los fallos más corrientes de las películas de terror o thriller y me molesta bastante porque hace la historia menos creíble. "¿Policía? Por favor, tienen que venir, unos zombies intentan devorarme". Sí, cualquiera llamaría a comisaría para decir eso, seguro.

Por encima de la tensión y angustia que pueda generar Buried - no la veas si te agobian los espacios cerrados - creo que el objetivo del director era mandar un mensaje social, y esto la hace muy interesante. De hecho, fue lo que más me gustó de la película - aparte del puntazo del ataúd -. El protagonista cuenta con un móvil, como dijimos, y mantiene un par de conversaciones que te hacen pensar y reflexionar. Hay un diálogo en concreto que te deja con los pelos de punta y por el que merece la pena buena parte del argumento.

En cuanto al apartado de interpretación, lo cierto es que no quedé muy contento con Ryan Reynolds. No me parece mal actor, creo que lo hace bien, pero la situación de la película es tan sumamente extrema que tal vez hubiese sido necesario alguien con un nivel bastante más alto. Reynolds es el típico intérprete del que había oído hablar mil veces sin saber quién era. En todo caso no me ha parecido malo en esta primera ocasión.

Del resto de actores nada puedo decir porque, lamentablemente, no pude verla en versión original - y lo único que aparece de ellos en la película son sus voces -. Tampoco quiero juzgar muy duramente a Reynolds por eso - he visto sus gestos, pero no le he oído hablar -. El doblaje muy bueno, como siempre, pero supongo que os gustará más si la véis en inglés - la película es española, pero no se le encuentra la hispanidad por ninguna parte -.

Así pues una película no necesariamente magistral, no creo que marque vuestra vida, pero os recomiendo que la veáis si queréis pasar un buen rato sufriendo y reflexionando. Luego, si os apetece, podéis comentar por aquí qué os ha llamado la atención - a ver si nos han impactado los mismos diálogos y situaciones -. Espero que os guste. :)

Consejos absurdos: 23

23.

Nada sirve de nada.

6.10.11

Con cada niño que nace

Con cada niño que nace,
morimos en nuestros corazones,
negra verdad, la que aprendemos:
que la muerte vuelve siempre.

Margaret Weis, Tracy Hickman
El ciclo de la puerta de la muerte

2.10.11

Adelantamiento

Era un día soleado cuando observó en el retrovisor cómo se acercaba un coche a gran velocidad, basculando hacia el carril izquierdo. El intermitente apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que le adelantase como una ráfaga de aire. Era un vehículo mucho más pequeño que el suyo, pero sensiblemente más rápido.

Durante muchos minutos - que le parecieron horas - pudo ver cómo el coche se alejaba y se perdía en el horizonte. Era una llanura inmensa bajo un cielo cristalino que le permitía contemplarlo todo; tanto lo que quería ver como lo que no. El automóvil que le había adelantado desapareció como una sombra para dejarlo muy, muy atrás.

Diez kilómetros después en la autovía ya no había nadie, salvo él mismo. Su propio coche se había quedado sin combustible, de modo que ya no podría alcanzar la siguiente salida. Aun así continuó su camino a pie, corriendo.

Horas después, cuando anochecía, todavía estaba allí. Se había fatigado, pero no dejaba de correr y preguntarse dónde estaría ella ahora. Si seguiría como él en la autovía o si, por el contrario, habría alcanzado su destino.

25.9.11

El gatillo

Estoy pensando que apretar el gatillo no fue una buena idea. Yo sólo quería saber qué sentía uno estando muerto... ¡y ahora puedo decir que la experiencia no me gusta en absoluto!

24.9.11

Entre las manos

Estaba a punto de desesperar. Ya llegaba el ocaso. Al fondo, el cielo estaba naranja; reflejándose en el agua tranquila, todo se incendiaba de rojos y granates y la noche cercana y fresca parecía asfixiarlo todo. Esto aumentaba su ansiedad.

Lo había rozado varias veces. Lo había tocado con la punta de los dedos. Incluso había llegado a tenerlo entre las manos; pero se había escurrido como si también fuese de agua.

El río estaba tranquilo, cenagoso. Algunos habían estado gran parte de la tarde mirando, pero lo habían dejado solo. Hoy le tocaba a él.

A veces se servía del arpón. A otro rato lo perseguía a través de la ribera. En ocasiones llegaba a tropezar o a pisar donde no tocaba fondo; se hundía. Hubo un par de momentos en que no veía la superficie y sentía miedo; entonces le parecía enredarse en un millar de algas vivas que le atrapaban con fuerza y malas intenciones, y sentía que un enjambre de peces furiosos se le abalanzaba y le arrancaba los ojos y la carne. Pero luego pisaba seguro en alguna roca resbaladiza y lograba subir, tropezándose, al aire libre; todo volvía a estar en calma.

El cielo ya estaba lila y violeta cuando volvió a ver el banco claramente. Sería la última vez que pudiera hacerlo porque después estaría demasiado oscuro; entonces se encontraría en las tinieblas y ya no podría saber dónde se hallaba su objetivo salvo por las ráfagas que le rozaban los pies de vez en cuando. Pero, ¿hacia dónde lanzar el arpón? ¿Dónde hundir las manos como centellas?

Fue en su última oportunidad que se abalanzó contra ellos disparando el arpón. Sin saber de dónde le venía la determinación tomaba el arma antes de que se clavase en el fango y la arrancaba, y con el mismo impulso la volvía a ensartar. Repitió la operación varias veces persiguiendo al más grande.

Finalmente, con los ojos certeros, saltó y cayó cuan largo era sobre el agua, justo encima del banco. Los peces se dispersaron a un lado y a otro cuando lo vieron venir; pero, al levantarse, vio que frente a sí el arpón se mantenía vertical sobre el suelo. Casi quieto, presa sólo de un leve temblor.

Lo arrancó blandamente del agua y alzó hacia el cielo el pez que se contoneaba violentamente atravesado por la afilada punta de espina. No era el más grande.

Ni siquiera era grande, pero no importaba.

Cuando regresó al poblado todos dieron palmas y cantaron con entusiasmo. La tribu cenaría aquella noche.

22.9.11

La misión

Cuando los soldados entraron, el personal de la estación de mando dejó sus ajetreadas actividades y dirigió la mirada hacia la puerta. Los hombres pasaron haciendo crujir sus pesados equipos; empezaron a repartirse por la habitación y descargaron, cansadamente, las macizas mochilas encima de butacas y suelos.

Acto seguido se armó un moderado alboroto hasta que uno de los miembros del personal administrativo, el más joven, logró hacerse oír para preguntar:

- ¿Y bien? ¿Cómo ha ido la misión?

- ¿Habéis logrado los objetivos? - se unió otra persona.

Los soldados empezaron a mirarse unos a otros.

- Sí... - dijo al fin el sargento.

- Los objetivos, sí... - continuó uno de sus hombres. - Están cumplidos...

- Pero... - intervino un tercero.

- La misión...

- No ha salido bien - admitió el sargento -. Nada ha salido bien.

Se hizo en la sala un profundo silencio, hasta que el joven que había preguntado, mordiendo inquieto un bolígrafo, se atrevió a insistir.

- ¿Cómo puede ser eso? - inquirió - ¿No decís que los objetivos están cumplidos?

- Sí...

- ¿Entonces?

Los soldados parecían disponerse a contestar, pero el muchacho no les dio tiempo y descolgó un teléfono.

- Hay que llamar al alto mando y solicitar instrucciones.

Ya iba a marcar el número cuando un oficial de avanzada edad que no había participado en la operación le quitó el auricular de la oreja y lo puso de nuevo en su sitio.

- Déjalo, chico - ordenó -. Ya no necesitamos instrucciones.

- Pero... - intentó protestar el joven.

- ¿No los has oído? - se oyó otra voz al fondo - La misión no ha salido bien.

- Pero los objetivos están cumplidos...

- Están cumplidos, sí. - dijo el oficial - Pero no ha salido bien.

- Si me disculpan, no nos corresponde a nosotros decidir...

- Ya no necesitamos que nadie decida nada.

El muchacho miró en torno suyo buscando un apoyo, pero no lo encontró. Los soldados comenzaban a quitarse las botas después de dejar apoyados contra las paredes sus pesados rifles negros. El resto de la gente tenía la vista perdida, como escondiéndose del resto mientras hallaba algo en lo que ocuparse. El sargento tenía los ojos vidriosos.

Alguien habló de nuevo, aunque el joven no sabía si se trataba del mismo oficial.

- Déjalo, chico. - oyó decir - Se ha terminado.

- Se ha terminado.

20.9.11

Los perros

¿A qué distancia puede olerte un perro? Llevo tiempo haciéndome esta pregunta. Es por los perros de mi vecindario. Sus aullidos. He notado que empiezan cuando yo salgo a fumar al patio.

Me gusta salir por la noche. Preferiría dormir, pero no puedo, así que voy fuera, tomo el aire y me fumo un pitillo. Entonces empiezan a ladrar. Primero el de la casa de al lado, al otro extremo de la tapia; unos aullidos largos, deprimentes, quejicosos. Luego le siguen el paso los demás. Los de la otra calle, los cercados circundantes, las viviendas más alejadas... parece que todo el pueblo está aullando.

¿Pueden olerme? El perro más cercano no está a menos de treinta metros de mí, entre paredes y tejados. Pero siempre empieza a aullar en cuanto yo salgo. Hace poco comencé a preguntarme si sería yo el motivo de sus ladridos. Tal vez mi olor le despierta. Quizá le perturbe. Pero sus aullidos son como de pena, o miedo, o alerta - aún no lo tengo claro -. ¿Significa esto que mi olor no es bueno?

A lo mejor el perro sabe lo que soy. A lo mejor puede oler mi verdadera naturaleza. Incluso tan lejos. ¿Sabe que me estoy pudriendo, sabe que estoy podrido en mi interior? ¿Puede llegarle el olor de toda la suciedad que tengo dentro? ¿Por casualidad aúlla previniéndose a sí mismo de mi necia presencia, o a sus compañeros? ¿O puede que sus ladridos sean en realidad quejidos de compasión, lástima, piedad por mí? Por mi sufrimiento.

Porque el perro canta a la muerte. Ventea mi muerte.

¿Puede ser acertada alguna, cualquiera de estas interpretaciones? Quizá, pero no puedo planteármelo seriamente sin saber a qué distancia podría olerte un perro.

Preguntas idiotas: 3

3.

¿Por qué escucho canciones que me entristecen?

17.9.11

Los reyes del terror


Me hubiera gustado publicarlos mucho antes, pero he estado bastante liado; en todo caso ya tenemos los resultados de la encuesta sobre los reyes del terror. Para mi sorpresa los ganadores han sido, con notable diferencia, los "asesinos y perturbados", reuniendo veinticinco votos. Un 56% del total, muy por delante de "fantasmas y espectros", en segundo lugar con un triste 22%.

Personalmente esperaba que ganaran los fantasmas; de hecho, estaba convencido de que ganarían. En primer lugar, supongo que cada persona ha votado con consideraciones diferentes.

Se podía entender la encuesta como los "reyes del terror" en cuanto a los miedos irracionales de cada uno de nosotros o, por el contrario, como el personaje o estereotipo que más éxito ha acaparado a lo largo de los años en literatura, cine, etcétera. La verdad, para ser sincero, no recuerdo en cuál de las dos perspectivas estaba pensando cuando abrí la consulta.

Pienso que, si tomamos "rey del terror" como líder del horror en cine o literatura, objetivamente podríamos resolver que se trataría de los fantasmas - no se me ocurren muchos personajes más que hayan llenado tantas películas o cuentos -. Por eso creo que la gente ha votado, sobre todo, pensando más bien en qué le da miedo a ella.

Aun así, esperaba que ganaran los fantasmas. Pienso que en toda persona hay un pequeño espacio reservado para ellos. Los miedos irracionales no son una cuestión cultural, van escritos en nuestra genética; la naturaleza los pone en nuestro cerebro como mecanismo de supervivencia. Y teniendo en cuenta la tendencia humana a proyectar la idea de una vida después de la muerte, los fantasmas parecen más respetables que otros seres mitológicos. En todo caso no han ganado.

Una explicación bastante probable para la indiscutible victoria de "asesinos y perturbados" es la de que se trate del único elemento real de la encuesta. Nunca se supo de nadie a quien matara un espectro, pero dementes sádicos y peligrosos sobran en este mundo. Supongo que la gente les ha votado pensando en que realmente podrían caer algún día en manos de alguno de ellos, cosa que no va a ocurrirles nunca con un monstruo o un demonio.

También me ha sorprendido el discreto resultado logrado por los zombis, con sólo ocho votos. Esperaba que arrasasen basándome en la enorme cantidad de material que se ha producido sobre ellos en los últimos años: decenas de películas, tebeos, videojuegos - todo empezó con Resident Evil - e incluso series de televisión. Aun así no los ha elegido mucha gente; supongo que los zombis gustan pero no asustan - aunque a mí los de 28 días después me dan pavor -.

En este sentido también han sido una sorpresa los vampiros con sus dos ridículos votos. Si tenemos que hablar de una criatura que lleva años monopolizando el cine fantástico son ellos. Ya hay vampiros hasta en los vampiros; nunca pasan de moda - algún día publicaremos una entrada preguntándonos por qué -. No obstante no esperaba tanto de ellos porque reconozco que no asustan demasiado; en realidad, la gente suele tenerles más simpatía que miedo.

En cuanto a los entes y monstruos, me ha dado algo de pena; se trata quizá - junto con los fantasmas - del más clásico exponente de la literatura y el cine de terror. Casas embrujadas y engendros devoradores de hombres o ladrones de niños llevan acompañándonos desde el principio de los tiempos. Me apenó que los hayamos relegado a un segundo plano; yo hubiese querido votar por ellos, pero los fantasmas merecían un apartado propio.

Para terminar lanzaré una última pregunta: ¿es que a nadie le dan miedo los alienígenas? Son esos seres tecnológicamente avanzados que han cruzado la mitad del Universo sólo para destruirnos o someternos a abominables experimentos en sus naves espaciales, ¿recordáis?

6.9.11

Cuanto puedas

(...)

Y tráeme, Memoria, de nuevo esta noche cuanto puedas

de aquel amor mío, cuanto puedas.

Gris,
Constantino Cavafis.

2.9.11

Jeepers Creepers


Este mes voy a hablar de "Jeepers Creepers", una película que para mí ya se ha convertido en un pequeño clásico. En parte porque ya tiene su tiempo: se estrenó en 2001 - han pasado diez años que nos demos cuenta -.

La primera virtud de Jeepers Creepers consistió en dar una vuelta de tuerca a los tópicos de terror y recuperar un viejo mito, el de los monstruos, para plantearlo de un modo bastante original ya que la película incorpora elementos del género de psicópatas y asesinos.

Algo en lo que todo el mundo coincide es que Jeepers Creepers tiene dos mitades de las que la mejor es la primera. Consigue mantener la tensión de forma constante pero sin resultar cansina, haciendo que presientas constantemente que algo va a ocurrir y mostrando escenas verdaderamente angustiosas. En un principio, además, los personajes son bastante creíbles y actúan de forma razonable - lo que hace la situación más terrorífica; una película da más miedo tanto más te creas lo que estás viendo -.

Si el filme completo mantuviese la tensión y la atmósfera de los primeros cincuenta minutos estaríamos hablando de algo histórico. Por desgracia no fue así ya que el guión decae bastante hacia la segunda mitad; no obstante, el director, Victor Salva, logró salvar la situación y aunque no toda la película es tan brillante el conjunto es más que recomendable. Tiene, además, un final que a mí al menos me impactó mucho.

Por su parte los actores son competentes aunque no especialmente buenos. Como siempre, gana en versión original. A medida que avanza la película, por otro lado, los personajes se hacen menos creíbles y bastante idiotas - un fallo - y acabas creyendo que merecen lo que les pasa. Decisiones absurdas, las eternas esperas en el momento en el que cualquiera en su sano juicio saldría corriendo con todas sus fuerzas; en fin, los típicos vicios del cine de terror que en esta película se evitan bastante en la primera mitad pero sí se ven en la segunda. La parte buena es que ganas simpatía hacia el villano, The Creeper.

Si os gusta lo angustioso y lo grotesco no dejéis de ver Jeepers Creepers. Disfrutaréis la ambientación y el escenario de carretera en la América profunda. Además es divertida, engancha y entretiene una barbaridad. El hecho de que los actores sean desconocidos ayuda también al miedo.

De Jeepers Creepers existe también una secuela, Jeepers Creepers 2, que no da miedo ninguno pero es bastante divertida. Está realizada a modo de parodia; creo que sabían que iban a forrarse y el director - el mismo que en la original - aprovechó para pasar un buen rato haciendo el tonto. La secuela puede ser interesante, también, por sus claros homenajes a Predator y Jurassic Park - una secuencia casi calcada de esta última - que agradeceréis si os gustan estas películas. No es que sea imprescindible pero sí está bien para una tarde aburrida.

Como curiosidad diré que el título de Jeepers Creepers está basado en un tema de jazz de los años 30 que tiene su importancia dentro del argumento - algo que ayuda a crear mito -. Curiosamente esta canción fue escrita para una película, Going Places, aunque se hizo verdaderamente famosa cuando la versionó Louis Armstrong.

También es curioso ver en Jeepers Creepers a Patricia Belcher, la jefa de Booth en Bones. En la secuela sale Jennifer Carpenter, la hermana de Dexter.

Terminaré diciendo que para 2013 está previsto el estreno de una tercera parte que tendrá el mismo director.

26.7.11

Me voy


Me alejaré unos días del mundanal ruido. Espero leeros a la vuelta. Que vaya todo bien. Hasta pronto.

24.7.11

El ruego

Cada mañana, cada tarde, cada noche el rey se postra en el suelo y se humilla ante Dios: suplica perdón.

Cada día, cada hora, el rey gobierna pero no puede olvidar; espera el momento de inclinarse y rezar para implorar a Dios, suplicar perdón.

Cada momento, cada respiración, cada brizna de aire representa un dolor. Rogando a Dios que muestre su compasión.

Cada mañana, cada tarde, cada noche el rey se postra en el suelo y se humilla ante Dios. Pero Dios no escucha: no encuentra perdón.

21.7.11

Los suicidas

- Los suicidas le quitan la gracia a mi trabajo. - dijo la Muerte al terminar su jornada.

20.7.11

[23]

El perro no para de ladrar. Yo no puedo dormir. Me duele la tripa. Pierdo el tiempo. Oigo ronquidos por la ventana. El teléfono no funciona. No hace calor, tampoco frío. Los recuerdos no me dejan en paz. Muy tarde. Se oye un tren. Coches. El aire quieto. Mañana otro día. Mucho pánico. Y así, y con otras muchas cosas, la vida pasa.

19.7.11

Consejos absurdos: 20

20.

Que no te agobie la última desgracia; la siguiente ya se está preparando.

18.7.11

El típico caso

Fue el típico caso; el sujeto volvió a casa antes de lo previsto y descubrió a su mujer con otro en la bañera. Había salido a una reunión que le tomaría todo el día pero se canceló de improviso. ¿Para qué avisarla? Prefería darle una sorpresa. ¿No es sorprendente? Todo era tan clásico, tan manido, que podría tratarse del guión de un telefilme barato; pero ocurrió en la vida real.

Las cosas sucedieron como siempre. Era un tipo muy normal, muy tranquilo; profesor de instituto, un intelectual que llevaba siempre el periódico debajo del brazo. La gente lo consideraba educado, formal, incluso un poco apocado; lo que se diría un mierda.

Al principio, según sus propias declaraciones, escuchó ruido en el cuarto de baño. El agua corría y había voces: su mujer cantando. Pero luego le llegó un tono mucho menos familiar:

- ¿Por qué no me comes la polla?

- ¿Quieres que te coma la polla? - risas.

Después un: "cierra los ojos" y muchos "mmm...". Más risas.

El tipo esperó con toda la paciencia del mundo, pero ya no era él - o eso es lo que dicen siempre -. Ante el juez dijo que fue como si le abrieran una herida y echasen limón en ella y que se volvió loco. Yo, personalmente, le creo. No sé cómo pudo aguantar escuchando cómo su mujer se llenaba la boca de otro hasta que se abrió la puerta y vio salir al susodicho con una toalla - su toalla - enrollada en la cintura. Él estaba aguardando en la silla junto a la puerta de la cocina y se levantó; lo demás es historia.

Al parecer lo derribó de un cabezazo, le pateó y finalmente le clavó la rodilla para empezar a golpearle la cara. Le sujetó bien fuerte el cuello, estrangulándolo, mientras le daba puñetazos con tanta rabia que terminó por deshacerle los huesos.

- ¡Hijo de puta! - oyó una vecina - ¡Ahora me la vas a comer tú a mí!

La mujer salió desnuda, aún mojada, y trató de detenerle. Ya no parecía un pusilánime e incluso la empujó lejos de allí.

- ¡Aparta, puta! - y ella se desplomó agitando sus carnes morenas. Derribó una mesa y le cayeron encima todos los trastos, se hizo daño.

Pronto la cara del tipo era sólo mancha roja, la misma que empapaba todo el parqué. Se dijo a sí mismo: "hostias, que me lo he cargado"; pero creo que en ese momento no se lo creyó mucho. La furia le volvió rápido y lo sacó a la calle agarrándolo por el pelo, dejando en el suelo un restregón de sangre. Lo empujó a patadas por las escalerillas del vestíbulo y le gritó:

- ¡Ahora te vuelves así a tu puta casa! - pero él ya no pudo oírlo.

No opuso resistencia ante la policía, ¿qué hubiera hecho usted en mi lugar? Preguntó. Y yo conocí la historia un tiempo después. Es como muchas, como las películas cutres. No sé por qué, sin embargo, me apetecía hablar de ella, contarla y abundar en los detalles escabrosos, repugnantes. Tenía esa necesidad. Tal vez porque no me dejan nunca extenderme en ese tipo de cosas; quieren que cuente los hechos de forma que todo pase muy deprisa porque a la gente sólo le importará el título. Ni siquiera podría decir cómo se llama; normalmente doy unas iniciales que no repetiré hoy porque un puñado de letras no significan nada para nadie.

Tampoco podría contestar si me preguntaran qué sucedió después. Sé que debieron juzgarle porque le encerraron acusado de homicidio y violencia de género. Supongo que su mujer ya no lo es.

En el momento en que se lo llevaban esposado uno de mis compañeros le preguntó si se sentía culpable por lo que había hecho y él contestó: "todavía no lo sé".

17.7.11

Impulso

- ¡Héctor!

- Hola...

- ¡Cuánto tiempo! Llevaba mucho sin verte...

- Sí... años.

- Bueno, y qué. ¿Qué tal va todo, bien?

- Bien, gracias.

- Pues muy bien...

- Sí.

- Bueno... no quiero parecer antipática, pero... ¿a qué has venido?

- Me he enterado de que te casas.

- Sí... debería haberte avisado, pero llevábamos tanto tiempo sin hablar...

- No me importa, no te preocupes.

- Y... ¿en qué te puedo ayudar?

- No te cases.

- ¿Qué?

- Por eso he venido. No te cases, no puedes casarte.

- ¿Cómo que no me puedo casar? ¿Por qué no iba a poder?

- Porque eres mía.

- ¿Tuya? ¿Qué me estás diciendo?

- Lo que oyes. Eres mía y lo sabes, ¡no puedes casarte!

- ¿Que soy tuya y lo sé? ¿De qué vas?

- ¡No te engañes a ti misma!

- Mira, esto empieza a molestarme. ¿Cómo quieres que me lo tome?

- Quiero que no te cases.

- Pero, ¿tú de qué vas? ¿Vienes hasta aquí después de todo este tiempo para soltarme eso?

- No te enfades, pero sólo quiero...

- ¿Qué, qué quieres?

- A ti.

- No puedes hacer esto, Héctor.

- Por favor, escúchame. Soy el amor de tu vida y lo sabes, tú misma lo dijiste.

- Eso se acabó, Héctor.

- No, me quieres, siempre me quisiste.

- Tú lo has dicho: te quise.

- Serás infeliz toda tu vida si te casas y lo sabes, ¡déjalo todo y vuelve conmigo!

- ¿Quién eres tú para decirme lo que tengo que hacer? ¿Quién eres para saber si seré feliz o no?

- Soy el amor de tu vida.

- No me hagas esto, Héctor. Por favor.

- Tienes que escucharme. Los dos sabemos que es así.

- Olvídalo, por favor. Será lo mejor.

- Pero escúchame, tienes que...

- Adiós, Héctor.

- Pero, espera...

- ...

- ...adiós.

11.7.11

Un anciano

(...)

Y en el desmedro de la aciaga vejez

piensa cuán poco gozó los años

en que poseía fuerza, y palabra, y apostura.

Sabe que ha envejecido mucho; lo siente, lo ve.

Y sin embargo el tiempo en que era joven parece

como ayer. Qué breve espacio, qué breve espacio.

Y cavila cómo lo engañó la Prudencia;

y cómo siempre a ella se confió - ¡qué locura! -

la mentirosa que decía: "mañana. Tienes mucho tiempo".

Recuerda los ímpetus que contenta; y cuánta

alegría sacrificada. Cada ocasión perdida

se burla ahora de su necia prudencia.

(...)

Un anciano,
Constantino Cavafis.

10.7.11

El acabóse

- ¿Qué ha sido eso?

- Nada... unos trastos que se me han caído.

- Pero, me ca... ¿los has roto?

- Pues... sí.

- Pero hombre, ¿y cómo los tiras?

- Bueno, ¡ha sido sin querer!

- Pues mira qué broma.

- Total, si no cuestan cuatro duros.

- Si es que no es eso, sino que vaya una gracia... unos universos nuevecitos, hombre, si apenas tenían catorce mil millones de años.

- Sí, mira, para estrenar estaban.

- Bueno, tú es que lo tiras todo enseguida, ¿no?

- Qué le vamos a hacer. Mira, luego me acerco y le digo que cree un par de ellos nuevos, y así de paso variamos un poco.

- A ver si tú lo convences. ¡Que de unos siglos a esta parte tiene un humor de perros!

- Ya verás como sí, no te preocupes. Si en el fondo le encanta ponerse a crear cosas.

Total... ¡son gratis!

9.7.11

El grito en las montañas

Ya era de noche, pero aún había luz. El cielo era de un azul intenso, potente, que llenaba los ojos. Contra él se recortaba la silueta negra de las montañas al pie de las cuales se extendía la pradera.

Una voz llegaba desde las primeras lomas, acompañada por el sonido de unos pasos desesperados y un jadeo entrecortado.

- ¡Ya viene, ya viene! - exclamaba - ¡Viene la bestia! ¡La bestia!

Los pasos se hicieron más apresurados y, si en algún momento parecía que la voz era la de un loco, el ruido de unos gruñidos ansiosos demostró que no. Pronto un bramido ensordecedor vino a tapar los gritos; los aldeanos, que estaban acostumbrados al aullido de los lobos y el berrido de los ciervos, sabía que eso no era de este mundo. Un sonido que parecía venir de las mismas profundidades de los acuíferos ocultos de los cuales, con sus pozos, sacaban el agua con que regaban sus tierras.

- ¡Socorro! - seguía llamando la voz - ¡Va a alcanzarme! ¡Me va a atrapar!

El trajín de un trote que cada vez iba más rápido, que era ya galope, impaciente, anhelante, vino a confirmar esta idea. Pero ya se veían las casas más cercanas, sombras cremosas contra el cielo tan azul, las ventanas encendidas como rasgones luminosos en un papel invisible.

- ¡Ayudadme! - suplicaba - ¡Auxilio!

Y si hubo un sonido capaz de tapar aquellos gritos fue sólo el concierto de cerrojos, pasadores y pestillos al cerrarse. Las persianas enrolladas que se bajaban de golpe, las ventanas de madera golpeando en sus troneras, las trabas gruesas atrancando las portadas de los corralones. Luego, el silencio precedido por las luces que se apagaban apresuradamente como velas que hubiese soplado algún dios de las montañas.

- ¡Abridme! - pedía la voz una última vez - ¡Ayudadme, por amor del Cielo!

El último remanente de sol se escondió por fin tras la serranía y aquel azul poderoso se esfumó para dar paso a un negro vacío. Los vecinos no dijeron nada, fingieron no oír que algo se comía a uno de los suyos en mitad de la pradera; pero el sonido de la carne al romperse y la piel rota agitada por el viento - o un aliento monstruoso - era terriblemente descriptiva.

Al día siguiente el río arrastró un agua roja hasta los caseríos de la llanura. Denunciando el origen de los gritos que resonaron, hasta la madrugada, de pico en pico por toda la comarca de Sierra Morena.

7.7.11

6.7.11

El discurso

Madrid, 25. Agencias.

El presidente del Gobierno afirmó hoy que la legalización del asesinato, la violación y la tortura "fortalece la democracia" e "iguala a los españoles en derechos y garantías civiles".

En declaraciones hechas a Radio Nacional de España, el presidente lamentó que "durante tantos años violadores, sádicos y asesinos hayan tenido que desarrollar sus vidas en condiciones de marginalidad" para después celebrar que se haya puesto fin a "una situación de clara discriminación", según sus palabras.

Sobre los colectivos que han mostrado su rechazo a esta medida en las calles, así como los ciudadanos que han expresado su descontento en las redes sociales, el presidente opinó que se trata de "sectores inmovilistas" que, a su juicio, "dicen no a todo". En palabras del mandatario, "los que se oponen a la legalización del asesinato son los mismos que han visto mal durante tantos años las políticas de reinserción de nuestro sistema penitenciario, que hoy se han visto culminadas con esta nueva normativa", la más avanzada de Europa según la valoración del Gobierno.

Al ser consultado sobre las virtudes y bondades de esta nueva legislación, el catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Andalucía ha valorado "que por fin se iguale la situación en las calles con lo escrito en las leyes". Desde el punto de vista de este experto, "la Justicia llevaba años dedicando todo tipo de esfuerzos a la atención y cuidados del criminal: psicólogos, facilidades para el estudio, reinserción laboral y la estancia más cómoda posible en la cárcel". Según la apreciación del profesor, "a nuestro país le sale más barato legalizar directamente los crímenes que tener que gestionar todo eso".

Las asociaciones de víctimas se han mostrado escandalizadas. A las críticas de los familiares de asesinados y las mujeres violadas, el ministro del Interior ha contestado que "llevamos treinta años prestando más atención al asesino que a la víctima, ¿por qué se quejan precisamente ahora?", pregunta a la que él mismo ha respondido que "todo obedece al interés de ciertos sectores políticos y sociales por desprestigiar los logros de este Gobierno".

La oposición, que ha evitado darse por aludida a este respecto, ha calificado la medida como "un avance" pero "insuficiente". "Es preciso", declaró un diputado que prefirió ocultar su nombre, "potenciar las opciones económicas de este nuevo sector con incentivos al hampa como actividad empresarial". En su opinión es "terrible" que el homicidio y el abuso sexual estén "monopolizados" por la mafia, lo cual lo convierte en "una actividad de economía sumergida".

Los criminales, por su parte, se han mostrado efusivos con celebraciones espontáneas en todas las plazas de Madrid, Barcelona y otras ciudades importantes. El secretario general del Sindicato Nacional de Sicarios (SNS) ha dicho que es "un día histórico para los delincuentes" ya que por fin podrán salir "de los rincones más oscuros de la sociedad" para pasear a la luz del día. "Ya éramos prioritarios para el sistema judicial en la práctica", se ha felicitado, "pero resultaba lamentable que la legislación no reflejase esa situación de liderazgo", criticó.

Por su parte, el ministro de Justicia concluyó anunciando una nueva medida estrella para la próxima legislatura que consistirá "en la sustitución de todos los jueces por psicólogos". En un apunte a vuela pluma ha explicado que el juez es "una figura anacrónica" y que, en la práctica, "el psicólogo ya decide quién es culpable y quién inocente de según qué cosas". Supeditó, no obstante, la aplicación de esta medida al resultado de las próximas elecciones.

También evitó contestar a preguntas sobre el posible despido de 70.000 policías, aunque admitió que "con los criminales convertidos en ciudadanos de pleno derecho, habrá que replantear el trabajo de mucha gente".

5.7.11

[21]

Me espera un desierto infinito de dolor y cuando termine el camino no habrá tumba que me pueda sostener.

[20]

Me desperté, puedo asegurar, en algún punto fuera del tiempo y el espacio. Sólo el negro ocupaba el vacío, y mi cabeza llena de nada. Me había perdido tantas veces que no podía asegurar mi dirección o mi posición. ¿Dónde estaba? ¿Cuándo estaba?

Lo primero que recuerdo es verme fuera, en la materia de nuevo. En algún lugar sin hora ni fecha; estaba sentado y fumaba. No había estrellas y sí una luz naranja que iluminaba algunas plantas muertas y un suelo con tierra.

Sólo se escuchaba el zumbido del silencio y un perro que ladraba en algún lugar. Había una tapia, un cielo vacío y paredes sucias con persianas bajadas. ¿Gente durmiendo tras ellas?

Me encontraba mal; mareado de manera tal que no podía ver, levantar la cara y mirar. Me abracé el estómago y me sujeté la frente. Agucé el oído y sentí - reconocí - la voz y los rugidos de la bestia - otra vez -.

Pero en esta ocasión, comprendí, no me hablaba desde las habitaciones y los pasillos profundos; sino desde mi mismo interior. Sus rumores y sus burlas, en la oscuridad, mezclados con los latidos de mi propio corazón.

1.7.11

Dos Hermanas (Janghwa, Hongryeon)

He decidido incluir una nueva sección en la que haré recomendaciones sobre películas que me gustan. Se tratará de una valoración informal de las mismas, no una crítica al uso - no soporto a los críticos - y seguiré criterios personales.

El género usualmente será de terror - acorde con uno de mis estilos literarios predilectos - aunque ocasionalmente recomendaré películas de otro tipo. Publicaré las valoraciones el primer viernes de cada mes. Para inaugurar este apartado voy a hablar de una película llamada "Dos Hermanas" (Janghwa, Hongryeon en su título original).


Dos Hermanas es una película coreana estrenada en 2003. Narra el regreso de dos chicas a la casa de su padre después de una larga ausencia. Lo primero y más importante que tengo que advertir sobre esta película es que no debéis dejar que nadie os cuente nada sobre el argumento.

Dos Hermanas tiene una trama muy complicada que se arma como un puzzle y, en gran medida, parte del atractivo de la película consiste en ir uniendo las piezas. Si alguien os revela algún detalle importante de la trama os han fastidiado, así que cuidado con eso.

Quizá disfrutéis más del filme si estáis acostumbrados a ver anime. He notado que el cine oriental en general comparte muchas características con los dibujos animados japoneses. Son películas muy reflexivas, con larguísimos silencios o tomas de paisaje ambientadas con una leve música. Pueden pasarse minutos enteros enfocando un campo de trigo o un lago en calma, así que si os aburren las esperas tal vez no sea vuestro título preferido.

A mí personalmente me gustó el resultado porque deja mucho espacio a la imaginación. No es casualidad, el director quiere que pienses en la escena anterior, en lo que has ido viendo y que vayas suponiendo cosas para luego sorprenderte.

En cuanto al apartado de terror la película me dejó satisfecho. Se centra más en el horror psicológico y en provocar nuestras propias paranoias mediante sugerencias o momentos de tensión muy bien llevada. No es demasiado pródiga en sustos pero los que hay funcionan bastante - quizá porque no abusa de ellos -.

Sobre los actores yo destacaría en primer lugar a Kim Kap-su en el papel de padre. Logró hacer un personaje con el que te identificas fácilmente y al que llegas a comprender. Pero si hay una actriz que sobresale del resto es la protagonista, la increíble Su-Jung Lim.

Su-Jung Lim hace un papel tremendamente complejo; tiene momentos de histeria, amargura, vacío, miedo, rabia o ira contenida y representa todas esas emociones de forma que te las creas y te lleguen muy hondo. Creo que si Su-Jung Lim fuese occidental estaría mucho más reconocida; de hecho tengo entendido que es bastante famosa en Corea.

Por todo ello Dos Hermanas es una película muy recomendable. Es tanto terror como drama y a mí al menos no me dejó indiferente. No esperéis, en todo caso, encontrar una película de horror asiático al uso. Está claramente relacionada con la explosión del género pero es algo muy diferente - ahí reside su encanto -.

Disfrutaréis mucho más la película si la veis en versión original subtitulada. Os sorprenderá comprobar lo mucho que se parecen el coreano y el japonés a nuestros oídos y además no os privaréis de la fascinante interpretación de Su-Jung Lim.

Como nota final comentaré que existe un remake norteamericano del que he leído muy malas opiniones. Quizá, si alguno de vosotros lo ha visto, pueda decirnos si merece la pena. Espero que mi valoración os resulte útil.

21.6.11

Cactus

Luis levantó la vista del escritorio y se quitó las gafas para frotarse los ojos. Luego fijó la mirada en el cactus que descansaba junto a la mesa, en el alféizar de la ventana. Era bastante alto, de al menos medio metro de estatura. Tenía un tallo muy grueso y de un verde brillante, erizado de espinas amarillas.

Sin pensarlo demasiado extendió el brazo y descargó un puñetazo sobre la planta. La maceta se tambaleó y a punto estuvo de volcarse; después el tronco vibró unos pocos segundos, cada vez más despacio.

Luis fue al baño sujetándose la muñeca. Encendió la luz del espejo y abrió el grifo. Puso debajo la mano y, al abrirla, pudo ver que tenía los nudillos y los dedos atravesados por no menos de cien púas afiladas.

Antes de arrancarse la primera espina se quedó allí varios minutos viendo correr el agua. El líquido caía limpio en su piel y luego llenaba el lavabo, rojo de sangre, hasta desaparecer por el sumidero.

The Case of Mars

19.6.11

Algo real

Recorrió el pasillo muy deprisa. No quería decírselo a sí mismo, pero le había inquietado algún sonido en alguna parte de la casa. Seguramente era sólo la cortina del patio agitada por el viento pero, qué gracioso, este tipo de cosas a veces le asustaban. Ni siquiera lo pensaba seriamente, nadie podía sentir verdadero miedo de un ruidito.

Hizo sus necesidades y tras tirar de la cadena abrió la puerta del baño. Entonces estaba allí. Era una figura espectral y alargada. Vestida con una suerte de túnica convertida en harapo no tenía extremidades. Sólo un rostro sobre lo que debía ser el tronco: una cara deforme. Dos ojos afilados y huecos, iluminados por una luz roja, estaban rodeados por tres, cuatro, cinco pares de bocas repletas de dientes como cuchillas. Situadas a lo largo y ancho de la abominable visión parecían sonreírle todas inmóviles, silenciosas, abiertas.

Lo peor fue decidir qué hacer. Podía sentir cómo su piel se ponía blanca y se le vaciaba todo el cuerpo de puro pavor. De repente le acosaba una necesidad imperiosa de volver a la taza, pero estaba aquello delante de él, en la puerta. ¿Cómo ignorarlo? Y sin embargo el ser le miraba sin hacer ningún tipo de movimiento. Aparentemente no se movería.

Entonces, tras vencer el pánico inmediato, resolvió que lo mejor era salir de allí. Se alejaría discretamente a lo largo del pasillo hasta alcanzar la puerta; acto seguido bajaría las escaleras pegando voces para despertar a todo el vecindario. ¡Había un monstruo en su apartamento!

Cumpliendo el primer paso de su plan logró escurrirse entre el umbral de la puerta y el cuerpo de la criatura hasta ganar el corredor. Para hacerlo tuvo que encogerse mucho y pasar su cara muy cercana a la del monstruo; gracias a esto comprobó que su aliento olía como la misma muerte. Como si exhalase los efluvios de miles de cuerpos putrefactos.
Después empezó a caminar muy despacio, tratando de no hacer ruido, queriendo no llamar su atención. Pero el ser le seguía con la mirada. No obstante, no hizo la aparición ademán alguno de moverse ni hacia él ni en ninguna otra dirección.

Ya iba a tocar el pomo de la puerta - libertadora puerta a la escalera - cuando sintió una especie de terremoto que recorría el suelo como un relámpago: desde el baño hasta donde él estaba. Entonces le sacudió un golpe de viento y comprobó que era el que había levantado la criatura al moverse como un rayo. Las incontables bocas se abrieron y de ellas surgieron cien lenguas también llenas de dientes afilados. Los ojos vacíos refulgían con fuego infernal.

Los vecinos se despertaron sobresaltados por los gritos. Cuando la policía llegó al lugar sólo encontró un cuerpo deshecho y los restos de las vísceras esparcidos por todas partes. Nadie podía explicarse lo sucedido: era un chico muy normal. Y no había nada: ni huellas ni rastros de ningún tipo. Tampoco se había removido el mobiliario ni se habían sustraído objetos de valor. Lo único que parecía denunciar el móvil del crimen era una presencia maligna que impregnaba todo el edificio.

La sombra demoniaca permaneció en el inmueble durante unos días, perturbando el sueño de todos los vecinos. Luego, sin previo aviso, desapareció de allí. En realidad se trasladó a otro lugar. A una casa, para ser precisos, muy cercana a donde tú vives. En otra ocasión te diré las señas del lugar exacto.