delirios: 2012

20.12.12

Las tumbas

La cultura descansa en el culto a los muertos; disminuye con la decadencia de las tumbas, o mejor dicho: esa decadencia anuncia que esto se acaba.

Ernst Jünger, 
El problema de Aladino.

11.12.12

Que todo acabara

Yo quería que todo acabara, sí, pero no que fuera tan violento y terrible. Como alguien que no desea seguir viviendo; pero eso no significa que quiera que le estrangulen, que le saquen las tripas o que un camión le atropelle la cabeza.

9.12.12

28.11.12

El águila

Esta mañana apareció un águila muerta en la autovía. Se veía perfectamente desde la estación de servicio. Estaba en la incorporación, así que los coches pasaban no muy rápido junto a ella y trataban de esquivarla. Pero había tráfico, de modo que muchos no lograban evitarla y la atropellaban. Era grande. Sus alas tenían la envergadura de unos brazos abiertos.

No sé cómo acabó ahí. Probablemente estaba herida o enferma de antemano y no encontró otro sitio donde dejarse morir. Quizá ya estaba muerta cuando empezaron a aplastarla. A ratos quedaba entre dos carriles y los vehículos no llegaban a alcanzarla, pero a cada pasaba uno demasiado deprisa y la arrastraba consigo. Luego permanecía en la calzada y volvían a pisotearla una y otra vez.

Saltaban plumas por todas partes, y durante un poco aquello parecía una vaga niebla; como si alguien hubiera reventado decenas de almohadas. Blancas, marrones y grises. Subían cuando las empujaba una ráfaga y luego caían blandamente. Al final el águila desapareció, pulverizada por cientos de ruedas. Sólo quedaban salpicaduras de sangre que nadie veía y jirones de plumón en los rincones de la carretera. Pero por un buen puñado de horas estuvo en el asfalto, con los coches traqueteando al pasarle por encima, rompiéndose y aplanándose y soltando nubes de plumas como un surtidor interminable.

22.11.12

Tenía que morir

Éste es el árbol que ha muerto. No sabemos por qué ha sido; creo que un poco por todo. Siempre había pensado que algo rotundo acabaría con él, que tendría una muerte impactante. Que lo derribaría el viento o que lo partiría un rayo. Nunca creí que se moriría porque sí. Es un árbol que ha aguantado de todo.

Cuando era muy tierno, un retoño apenas, el sol lo quemó un verano entero. Hasta la última de sus hojas tenía heridas negras como tizones. Después vino el invierno: se heló y fue peor. Cuando tenía las flores frescas, hacia los últimos fríos, de repente nevó y nevó tapando la esperanza de la primavera. Estaba todo empapado y mustio, con las hojas de un gris plomizo. Pero el sol lo secó y resucitó.

Así pasó todos sus largos años. Quemándose y helándose, aguantando el viento tan fuerte y tan persistente de aquí que nunca para, que nunca cesa, que siempre sopla. Cuando se agrietaba su corteza luego se rompía y salía una nueva más gruesa, más verde. Echaba más ramas y más flores, daba frutos. Y después otro ataque: sol implacable, frío cortante, insectos, hongos, ventiscas, granizo que quebraba los tallos. Lo cierto es que su aspecto no era muy bueno: cicatrices, ramas partidas, una forma retorcida por la dureza de los años. Pero aun así crecía y crecía; resistiendo y resistiendo.

Pero por fin murió. Porque, supongo, tenía que morirse. No fue nada lo que acabó con él. No el pedrisco, ni los hielos, ni el sol. Ni un incendio, ni un ciclón inesperado, ni una plaga incurable. Sólo la muerte; muerte que fue, además, lenta y visible. Poco a poco cada vez más marchito. Con la corteza más pálida y la copa menos frondosa. Con las ramas débiles y secas, tremulantes en el viento. Así por largos meses, incluso un año.

Llevaba muerto varias semanas cuando lo acepté. Tenía toda la madera gris, como el cemento. Había perdido todas sus hojas y las ramas estaban cenicientas, mustias. Lo vi así durante días, pasando junto a él, porque quería creer que reverdecería y resucitaría. Pero no lo hizo. Y ahora debo aceptar que ha muerto; que se ha ido para siempre.

Tendré que acostumbrarme. Tendré que aprender a no tener su sombra en verano, ni su abrigo en invierno. A no escuchar a los pájaros cantando en su ramaje ni ver el estallido de las flores en primavera. A vivir con el hueco que deja en mi terreno, con la ausencia insoportable de su copa entre mis siembras. ¿Podré conseguirlo? ¿Podré sustituir su verde y viva presencia? Supongo que no tengo elección, porque tenía que morir y finalmente lo ha hecho.

31.10.12

Es mi vida

Una muerte muy lenta, un desierto de añoranza, un extrañarte eternamente es mi vida.

29.10.12

Such a lonely day

Such a lonely day,
and it's mine.

It's a day that I'm glad I survived.

Lonely Day,
SOAD

12.10.12

Las niñas

De las dos niñas la pequeña apenas estaba aprendiendo a balbucear. La mayor ya sabía hablar perfectamente, pero tenía un miedo terrible a la oscuridad. A la noche en general. No pocas veces despertaba a sus padres de madrugada para pedirles que la dejaran dormir con ella, o para suplicar que fuesen a su cuarto a examinar armarios y ventanas en busca de monstruos. Ogros, duendes, brujas, alienígenas o demonios. Cualquier cosa podía estar debajo de la cama.

A sus padres les había costado sangre y sudor conseguir que se durmiera con la luz apagada. Ya era mayor. Y no convenía que la pequeña se acostumbrase a miedos y fábulas ahora que por fin había dejado su cuna y compartía cuarto con su hermana. Al menos eso decían los psicólogos; también opinaban que la mayor había desatado aquel tipo de inquietudes por alguna clase de celo infantil.

Para conseguir que aceptase la oscuridad, su madre había llegado a una especie de pacto consistente en una exploración de rutina. Había que mirar cada rincón antes de cerrar la puerta y apagar las bombillas.

- ¿Hay algo debajo de la cama? - preguntaba la niña.

- No, no hay nada. - respondía su madre después de agacharse, con un suspiro, y comprobar que ningún trasgo andaba al acecho.

El proceso se repetía con cada rincón de la alcoba. "¿Y el armario? ¿Y los cajones? ¿Y debajo de la mesa? ¿Tras las cortinas? ¿En la ventana? ¿En el tejado de enfrente?". Resultaba agotador, pero el psicólogo opinaba que convenía mantener ese sistema e irlo reduciendo paulatinamente hasta que comprendiese que los monstruos sólo habitaban en su imaginación.

La madre sólo encontraba polvo bajo los muebles y la luz de las farolas al otro lado de la ventana. Suponía que cualquier sombra formada por el brillo de la luna podía parecer un monstruo siniestro ante los ojos de un niño.

- No hay nada, cielo. Lo he mirado bien y requetebién. Duérmete, luz de mi vida. - y le daba un beso en la cabeza.

- Gracias, mamá, buenas noches. - la niña cerraba los ojos y se arrebujaba entre las mantas, con su conejito en los brazos y un gesto de inmenso alivio en la cara.

La madre después cerraba la puerta y se apoyaba un segundo, ya sola en el pasillo, para respirar profundamente. No había alivio en ella; más bien decepción. Cada noche, cuando exploraba el cuarto, hubiera deseado encontrar entre las sombras algún ogro que tomase a las niñas, sin hacer ningún ruido, y se las llevase para siempre muy lejos de allí.

3.10.12

El ser

Ten cuidado si te cruzas con él. Es un ser oscuro y peligroso. Muchos lo han estudiado, pero su naturaleza esquiva ha impedido establecer una visión clara de sus características. Sabemos que es una criatura negra y hostil que dispone de innumerables ojos e incontables y afilados aguijones. Los hay de todos los tamaños.

No tenemos claro qué motiva sus ataques. Se cree que prefiere abalanzarse sobre presas solitarias, pero poco más puedo decirte. Probablemente te seguirá por caminos apartados hasta que encuentre un lugar apropiado en la noche profunda. Es extremadamente paciente y te rondará en silencio, sin hacerse notar en absoluto, durante el tiempo que sea necesario. No podrás advertir su presencia hasta el momento fatal; algunos dicen que crece a medida que su oportunidad se va acercando, y que sólo entonces percibes la amenaza terrible que te acecha.

Este ser, sin embargo, no te matará. Te rodeará y te estudiará detenidamente y se moverá más y más rápido hasta que decida clavarte su certero aguijón, con una maniobra tan fugaz que apenas podrás sentirlo. Después se escabullirá y desaparecerá en las tinieblas. Al principio no notarás nada, pero comenzarás a sentirte mal y la infección te atenazará la carne y el alma y se volverá una enfermedad. Quedarás totalmente paralizado y será entonces - sólo entonces - cuando te verás indefenso ante las demás criaturas, que acudirán al olor de la carroña y terminarán contigo mientras aún respiras.

Por todo esto, he de insistirte, debes estar alerta y tener cuidado si te cruzas con él.

17.9.12

Dedicarte un sueño

Dedicarte un sueño:
cerrar los ojos
y sentir oscuridad inmensa.

La Sirena Varada,
Héroes del Silencio.

5.6.12

La verdad

Ya de joven me había fijado en que ningún periódico cuenta nunca con fidelidad cómo suceden las cosas, pero en España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la relación que se presupone en una mentira corriente. (...) En realidad vi que la historia se estaba escribiendo no desde el punto de vista de lo que había ocurrido, sino desde el punto de vista de lo que tenía que haber ocurrido. (...) Estas cosas me parecen aterradoras, porque me hacen creer que incluso la idea de verdad objetiva está desapareciendo del mundo. A fin de cuentas, es muy probable que estas mentiras, o en cualquier caso otras equivalentes, pasen a la historia. (...) El objetivo tácito de esa argumentación es un mundo de pesadilla en el que el jefe, o la camarilla gobernante, controla no sólo el futuro sino también el pasado. Si el jefe dice de tal o cual acontecimiento que no ha sucedido, pues no ha sucedido; si dice que dos y dos son cinco, dos y dos serán cinco. Esta perspectiva me asusta mucho más que las bombas, y después de las experiencias de los últimos años no es una conjetura hecha a tontas y a locas.

George Orwell,
Mi Guerra Civil Española.

24.4.12

Maltrato

En el patio hay una mesa redonda y una silla de mimbre junto a una jardinera atestada de agaves y áloes. Otras tantas crasas crecen en un tiesto alto, grueso y amarillo a no menos de cincuenta centímetros del suelo. Las plantas se reproducen prolíficamente hasta casi salirse de su tierra, son secas y se tienden telarañas de un lado a otro de sus hojas.

Solía salir a fumar sentándome en una de las sillas junto a la típica mesa de terraza (con una sola pata sosteniendo un tablero de cristal). Me gusta mirar hacia los agaves y observar el ir y venir de los ajetreados bichitos, que parecen tan ocupados. Riego poco las plantas pero las hojas se ven carnosas y suculentas; sólo una conserva la cicatriz que dejé al cortarla para curarme una herida con su balsámico jugo.

En aquella ocasión daba cansados pasos de un lado a otro del patio, arrastrando el polvo y mirándome los pies. Hacía mucho calor; el sol golpeaba con fuerza el suelo, que relucía brillante. Me molestaban los moscardones que iban y venían. Ya pretendía marcharme de nuevo a mis quehaceres cuando, sin pensarlo un segundo, me volví varios metros hasta donde se encontraban los agaves.

Sin reflexionar lo que iba a hacer clavé el cigarrillo encendido en una de sus hojas hasta que se apagó. Pude ver cómo se abría un agujero y crepitaba la envoltura carnosa y verde; la gelatina del interior burbujeó y se evaporó exhalando un olor ácido. Después quedó una herida abierta de contornos negros, pero el agave permaneció inmóvil.

No sé qué me motivó a cometer aquel acto de genuino maltrato para el que no tenía predisposición previa, pero una inquietud morbosa me tonificó el cuerpo. No pude evitar una sonrisa plácida cuando retomé mis ocupaciones, envuelto en una inexplicable y misteriosa calma.

18.4.12

Ende, el profeta

Nuestro sistema económico probablemente se derrumbará en los próximos quince años. También existe el problema del calentamiento global que aumenta año tras año, cada motor de gasolina genera más calor y no debe emitirse más; si la temperatura aumenta en promedio anual dos grados, los casquetes polares se deshielan y el nivel del mar sube dos metros, a este paso Florida quedará sumergida en poco tiempo. El cambio de las condiciones terrestres provocará un diluvio del que sobrevivirán pocas personas que tendrán que comenzar desde cero.


Michael Ende,
en una entrevista de 1983.

11.4.12

El señor juez

El señor juez, tras examinar los datos, resolvió que el suicidio había sido por causas objetivas.

9.4.12

Ahora da igual

Esta noche fui por última vez al puerto. Por fin he comprendido que no vendrán más transbordadores. Recuerdo el último que vi partir - el último al que pude subirme -. Estaba tan cerca, tan cerca de mí que casi habría podido tocarlo. Subirme, marcharme de aquí. Para siempre, con facilidades y sin problemas. Entonces me pareció algo complicado, difícil. Pensé que la partida me causaría mucho sufrimiento y sentí miedo. Creí que podría hacerlo más adelante, que tendría tiempo de prepararme mientras llegaban otros transbordadores.

Luego comencé a impacientarme, a ponerme nervioso. Los transbordadores no venían. Yo seguía pensando, haciendo cavilaciones, mentalizándome de que debía irme hasta que tomé la decisión firmemente y luego la ansiedad por la partida se hizo más fuerte. Pero ellos no venían. Yo especulaba para tranquilizarme y me planteaba las rutas más probables que seguirían, qué posibles problemas surgirían en el viaje. Así quería convencerme de que no había por qué preocuparse y me calmaba. Por un tiempo.

Esta noche comprendí que estaba equivocado. Hacía tiempo que acudía al puerto constantemente y miraba las pistas desde lejos intentando percibir movimiento. Alzaba la vista a las estrellas y casi suplicaba que apareciese una luz y empezase a escucharse un motor lejano, pero nada se oía. Hoy decidí asumir que no vendrán nunca. Que debí haber tomado aquel último transbordador aunque me pareciera tan difícil; que quizá no lo fuera tanto. Pero, ¿cómo podía saber mi yo de antes, inocente, que no habría más alternativas? ¿Cómo podía concebir una posibilidad tan dolorosa?

Ahora ya da igual, pero cuando miré por última vez al cielo se me escaparon las lágrimas de rabia que no derramé entonces. Lloré porque no me podré marchar nunca. Porque ya es tarde. Porque me quedaré aquí para siempre, sin esperanza.

9.3.12

25

Avanza la noche, se aleja la luna. La vigilia termina, se acerca la aurora. Pronto comenzaré el último viaje. Una carretera en la llanura y, de repente, ninguna parte.

7.3.12

Van a entrar

Tenía que haberme ido cuando pude hacerlo. ¿Por qué pienso en esto ahora? Siempre dicen: "no lo pienses más". Pero lo haces tarde o temprano. "No sirve de nada atormentarse por lo que tenías que haber hecho". Lo hecho hecho está y no tiene solución. No te tortures. Pero te torturas.

Los escuché cuando saltaron la puerta de la verja. Yo ya sabía que vendrían, lo sabía desde hacía mucho. Sabía que ocurriría. Podía haberme marchado entonces. Debería haberme marchado. O, al menos, haberme armado en consecuencia. Después de todo no sabía a dónde ir. Lo mínimo hubiera sido defenderse, ser precavido. Pero no.

Tardaron un poco en acceder al interior de la casa. Yo los veía desde arriba, les escuchaba por las noches. Tenía miedo pero prefería no pensar en ello, como si simplemente fuesen a marcharse. Como si fueran a olvidarse de mí. Sabía que no se arreglaría solo pero no hice nada. Entonces huir ya era difícil, pero no imposible; podía haberlo intentado en un momento de silencio, escurrirme con sigilo. Pero, ¿y si me descubrían? ¿Y si se daban cuenta? ¿Y si no corría tanto como ellos y al final me atrapaban?

Debió ser por eso que me limité a seguir como si nada ocurriera hasta que un buen día - ni siquiera recuerdo la fecha - reventaron la puerta y entraron. Como pude me escondí en el sótano, en lo más profundo al final de las galerías. Ahora no tengo luz, estoy en la oscuridad total. Tampoco tengo armas.

Si hubiera... esas palabras no salen de mi cabeza. Al menos podría tener un fusil en las manos, una pala, un cuchillo, algo. Pero no tengo nada. Y obvio que escapar, en estos momentos, ya que es imposible. Tuve una última oportunidad, cierto: tardaron en dar con la puerta del sótano. Podía haber intentado escabullirme; pero para huir desde aquí tendría que haber atravesado la casa y en la casa están ellos, ¿cómo iba a arriesgarme?

Ahora ya no importan ni los riesgos ni las oportunidades. No las hay. Y ni siquiera pienso en el peligro porque lo seguro no es peligroso: es seguro. Ya encontraron la galería del sótano. No les costó romper la escondida puerta de madera. Con la que me separa de ellos tendrán más problemas: es de hierro. Pero tarde o temprano lo conseguirán. Escuché un martillo durante horas y un siseo que bien podría ser el de un taladro. Van a entrar.

No sirve de nada pensar en lo que se podría haber hecho. Lo hecho hecho está. Pero sin embargo me torturo, no dejo de darle vueltas. Es lo único que puedo hacer en un rincón de la oscuridad mientras oigo los golpes, mientras siento bajo la puerta sus sombras y espero que entren a por mí.

4.3.12

Sexismo lingüístico

(...)

Llama la atención el que sean tantas las personas que creen que los significados de las palabras se deciden en asambleas de notables, y que se negocian y se promulgan como las leyes. Parecen pensar que el sistema lingüístico es una especie de código civil o de la circulación: cada norma tiene su fecha; cada ley se revisa, se negocia o se enmienda en determinada ocasión, sea la elección del indicativo o del subjuntivo, la posición del adjetivo, la concordancia de tiempos o la acepción cuarta de este verbo o aquel sustantivo.


29.2.12

Como siempre

Durante años todo había ido bien. La gente vivía cómoda refugiada en sus sofás protectores, cálidos. Cada noche caldeaban sus hogares con el brillo trémulo de la televisión; nunca les faltaba algún contenido grotesco, alguna escena humillante, los calzoncillos sucios de cualquier criatura repulsiva que les hiciera reír, que les arrancase una sonrisa plácida.

Las ciudades crecían en silenciosos latidos, engullendo el campo para llevar allí más arterias, más capilares, más vías de comunicación y urbanizaciones y zonas de ocio, vidas sentimentales sanas, entornos adecuados donde pudiéramos crecer como personas y enriquecer el plano emocional.

Cada mañana una multitud golpeaba el asfalto cuando salía del subsuelo para dirigirse a idénticas ocupaciones en idénticos lugares donde serían alienados, pero en su felicidad no les importaba porque la televisión amante les aguardaba en casa.

Todo estaba en su lugar. El fútbol en pantallas y estadios, las gallináceas dementes en sus vomitivos platós, los monstruos de hormigón en las playas antes vírgenes, teleféricos y estaciones en las montañas, series industriales sacadas como churros de sus factorías.

Los niños jugaban día y noche. Para ellos siempre había un "vale, te compro la maquinita y te callas". Y me dejas en paz ver la tele, salir, olvidarme. Si los videojuegos no bastaban daba igual, porque los aparcábamos en los polígonos donde no estorbaban, donde el ruido de su mundo no llegaba, donde quedaban al cuidado de un grupo de botellas. Cada cosa en su lugar.

Teníamos de todo. El sofá, el sagrado altar de las familias, estaba siempre repleto. El mando a distancia tenía pilas y nunca faltaba un plato de comida para nuestros estómagos ni una ración de estupidez para nuestros cerebros. Había otras cosas en el mundo, pero no nos interesaban porque eran aburridas.

El cochazo en la puerta daba cuenta de nuestro bienestar y entre el millón de pisitos de la playa uno era nuestro. Las pantallas panorámicas, enormes, planas y negras eran óleos a nuestro triunfo, nuestro particular museo de reyes. No había padre que no pudiera presumir de su nuevo televisor o su auto más grande que el del vecino, igual que no había crío que no llenase internet con sus fotos tomadas en los baños y exhibiese su borrachera, la más comatosa en lo que iba de curso.

Pero de repente algo ocurrió. No supimos bien qué era. Llegó y se fue sin sentir. Como una muerte, recorrió las casas. Los garajes llenos de coches. Los bloques de pisos en las playas antes vírgenes. Las casas llenas de pantallas y consolas. Los baños con fotografías infantiles. Las ciudades atestadas de anuncios y carteles. Los hospitales repletos de psicólogos. Todo.

Los televisores se apagaron. Su luz tremulante abrió paso al frío invierno. El coche ya no rugía, sino que su vacilante motor parecía reírse de nosotros. Se desocupaban las imperiales urbanizaciones y sus ventanas se llenaban de carteles como insultos. Todo era una burla inmensa. La ciudad era ahora gris y hueca y ya nadie sonreía al trabajar por la mañana aunque supiera que la basura seguiría allí cuando volviera, tal vez porque la pantalla no era lo bastante plana o lo bastante grande.

Entonces despertaron. Salieron a las calles. Los padres dueños de grandes coches. Los niños ya jóvenes tras el vapor de sus borracheras. Todos en masa. Y lucharon. Y gritaron. Y exigieron.

Porque les habían fallado los Gobiernos a los que jamás se molestaron en elegir. Porque les había estafado la política en la que jamás se preocuparon por participar. Porque las cosas que jamás les habían interesado - porque eran feas, y aburridas, y grises - ahora no les gustaban. Porque toda esa gente a la que en su momento no hicieron caso parecía que tenía razón. Porque mientras ellos estaban en su sofá, protector y cómodo, el mundo se había venido abajo.

Y ahora querían que se lo levantaran. Que lo reconstruyeran. Que alguien saliese de cualquier parte y lo arreglara todo mientras ellos volvían a sus sofás para que todo fuera como antes. Porque se lo merecían. Aunque nunca hubiesen movido un dedo. Aunque nunca se hubiesen implicado. Eran ciudadanos.

No descansarían, no pararían de luchar hasta que todo fuese como siempre, como debía ser, hasta que pudiesen volver a sus hogares y a la calidez de sus sofás y ser otra vez felices. Y ver de nuevo el espectáculo enfermizo de los platós, y las series industriales, y tomarse fotos en el baño y beber hasta reventar y hacer todas aquellas cosas y que esta vez fuese para siempre. Que nadie les robara su mundo nunca más.

27.2.12

Poco a poco

Me muero poco a poco
como todos
aunque creo que
un poco más deprisa.

25.2.12

La luna

Frenando la noche
con su brillo cada vez mayor
la luna de verano.

Tsukioka Yoshitoshi.

12.1.12

Sin remedio

La grande y tristísima peripecia del hombre es darse cuenta que es acabadero. Ya que lo primero que descubrió con su inteligencia no fue la rueda, la llama o el vestido, sino su fin sin remedio. El animal ignora lo que es y lo que va a ser. El humano lo sabe y por eso su vida es un puñado de agonías...

Francisco García Pavón.