delirios: 08.10

5.8.10

1.8.10

Inútil

Primero fue el templo, o eso parecía por las excavaciones. Un lugar sagrado, cuatro paredes chatas de piedra tallada brutamente y en medio algunos monolitos. Un sitio de culto por elevado y prominente, por su imponencia y solemnidad. Al menos eso se dijo, y probablemente antes, mucho antes de que existiera la cantería, ya fuera el promontorio lugar de adoración por las generaciones primigenias, un emplazamiento de temor y reverencia por lo frondoso de los bosques y lo azul de las auroras frías.

Pronto se formaron asentamientos en derredor y se añadieron murallas, tabiques, fosos y paredes. Una atalaya blindada de piedra en medio del encinar como Amazonía. Al final fue castillo, después del castillo, fortaleza, templo y cementerio, vertedero. Una imagen religiosa permanecía en una de las viejas y ruinosas estancias después de los incontables saqueos, cuando el edificio había perdido todo el oro y todas las joyas.

- No me gusta cómo hacen ahora los edificios... Los hacen de acero, cemento y cristal.

- ¿Qué tiene de malo?

- Piensa en las pirámides, los egipcios las construyeron pensando en el futuro y ahí están, soportando el paso de los siglos, y seguirán cuando nos hayamos ido. En cambio, a nuestros descendientes, ¿qué les quedará de nosotros? No podrán ver los grandiosos edificios, porque ya no se construye nada con piedra, y el ladrillo no resiste los años. Quizá aguanten los armazones de acero, pero no verán ni una sombra de lo que fue...

- ¿Y qué? Piensa que, si se hicieran en piedra, no podrían ser tan altos...

- Bueno, quizá pudieran inventar otra técnica... pensar un poco en el futuro. En el momento en que no estaremos. No les interesa dejar huella. No quieren ser como los egipcios, como las pirámides, hechas de piedra...

- ¿Y qué más te da? Lo importante, lo mires por donde lo mires, es que se caerán. Da igual que estén hechas de piedra. Que aguanten dos mil años, como si aguantan otros dos mil... No sé qué pasará, ni cuándo pasará, pero tarde o temprano van a desaparecer... ¿Crees que van a seguir aquí cuando se muevan otra vez los continentes, cuando vuelvan a surgir los volcanes y los mares nuevos, cuando caigan otra vez los meteoritos o haya nuevas glaciaciones?

- Pero...

- Nada, déjalo, da igual. Las pirámides van a desaparecer. Todo va a desaparecer. ¿Aguantará mucho? Sí, es seguro. Pero mucho no es siempre.

- Las pirámides...

Pasaron los siglos, diez siglos, y más. ¿Qué queda entonces de la vieja fortaleza, que fue cementerio, basurero, campamento, cuadra y templo antes que todo? Quedaba una gran estructura de piedra inamovible con las techumbres derruidas, con las paredes rajadas, con los cimientos doblados. Pero los hombres, que querían conservar el pasado para alumbrar el futuro, lo arreglaron.

Lo apuntalaron, lo remozaron, lo repararon. Se construyeron contrafuertes, se repusieron tapiales, se sustituyeron losas. Se cimentó de nuevo, se cerraron grietas y boquetes, se aseguraron subterráneos. Los obreros entraban y salían, trabajaban como abejas atareadas.

La restauración se vio completa, y la gente volvió a visitar el templo en su enésima función, la de museo. Todos se enorgullecían de lo conseguido, pero el trabajo era interminable, había que seguir.

Cuando terminaban de estabilizar las torretas se deshacían los pilares, y cuando apalancaban éstos se hundían las catacumbas. Constantemente había que cimentar otra vez las murallas, y si no reponer los tejados, pintar los interiores, eliminar humedades... y cuando un problema se reparaba, uno nuevo aparecía.

Dejadme volver a la casa de mis padres. Dejadme que me derrumbe, que me desplome en un dulce estertor de mis cimientos, que se descompongan mis ladrillos como un enjambre de avispas de roca enfurecida. Dejadme que deje de ser castillo, templo, fortaleza y museo, dejadme que deje de ser monumento para ser de nuevo piedra llana y muerta, naturaleza viva y libre.

Dejad que libere la selva contenida de mis musgos, que me coman las raíces amorosas de los bosques, que me engulla el abrazo irrenunciable de las praderas. Dejad que vuelva a la casa de mis padres, que caiga por el viento y las lluvias lo que levantaron manos de hombres, que se rinda al hielo y a la nieve la ambición altiva de los pueblos.

¿Qué sentido tiene seguir apuntalando el pasado? ¿Qué objetivo hay en asegurar una construcción que va a desmoronarse? Puedes levantar de nuevo las losas gigantescas de granito, tabicar las murallas carcomidas, reparar los pisos de frío y callado mármol, limpiar la podredumbre de la humedad en los tapiales. ¿De qué sirve? Si el edificio va a caerse, si la vieja casa va a descomponerse... No tiene sentido, no tiene sentido...

- Las pirámides caerán...

Y así finalmente cayó la vieja construcción. Cuando los hombres la abandonaron, y la dejaron a merced de la tormenta. Cuando los hombres se alejaron de allí porque esa tierra no era ya rentable y el pasado no les importaba, porque querían olvidarlo. Cuando empezaron a crecerle las hiedras y arbustos, cuando la anidaron de nuevo búhos y lechuzas y cazaron bajo su techo mil millares de gatos de pisada inadvertida.

Cuando los hombres ya no estaban porque la tierra los tragó, cuando fueron a acompañar con sus huesos el silencio de los barros, y sus huesos se hicieron polvo y el polvo verdeó la hierba y ésta los muros altos de la vieja casa.

Cuando no tenía ya importancia lo que un día fue importante, y se dejó de dar sentido a lo absurdo, se tambaleó el antiquísimo edificio y se deshizo en un momento, con estruendo, y las rocas quedaron amontonadas alrededor de la montaña.