delirios: 03.10

25.3.10

¿Qué es la vida?

La vida es elegir entre la soledad y la traición.

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Invierno. Las tinieblas. Hace frío, pasa el tiempo, primavera. La verde pradera, la alta hierba. El trigo ondulante, la morera frondosa. Barro, agua, azules piscinas, cielos cristalinos. Risa, luz radiante, sol templado. Tardes infinitas sobre la blanda tierra. Noches aterciopeladas entre las perfumadas sábanas. Templado, el tiempo pasa, verano. Noches transparentes de viento silencioso. Luna llena, las estrellas. Manga corta, risas, sol abrasador, caliente. Luz cegadora. Horizonte naranja, edificios, bullicio. Aventuras, descubrimientos, pasiones. Amigos inseparables, amores irrenunciables. Sexo, sexo, sexo. Desenfrenado, verdadero, brutal. Carne blanca, ojos verdes, pelo negrísimo. La perfección. Dios entre los árboles, mullidos pinos y un cuerpo al pie del tronco. Cae la tarde, otoño. Empieza la pesadilla. Caen las personas como hojas de las ramas. Silencio absoluto entre el crepitar de la alfombra sobre el asfalto. Coches que se alejan. Voces a lo lejos. Calles anchísimas, vacías. Bellas y oscuras viviendas adosadas, familias dentro de ellas. Recluidas, escondidas. Plantas de negra madera, árboles de nudosa y tenebrosa leña. Los días se hacen cortos, invierno. Llueve, la gente no está. Hace frío, la gente se refugia, y no está. Nieva, hiela. Hiela. El silencio. Hiela... silencio. Fin de año.

2.3.10

El último hombre

Tenía problemas económicos. Desempleo, básicamente. Antes había tenido otros problemas, con los estudios y con su familia. Pero todo eso no importaba. Importaba que no la tenía a ella. Que ya no estaba en su vida. Su voz, su olor... incluso su manera de andar. Todo seguía incandescente como una brasa en su memoria. La tortura. Saber que para ella no existía. ¿Cuántas veces le había recordado? ¿Cuántos segundos, en el tiempo de los últimos diez años, había dedicado ella siquiera a su recuerdo?

No lograba entenderlo. ¿Cómo podía preocuparle eso, estando en paro? El despido le había dolido en un momento, le había mantenido en vilo durante semanas, meses incluso. Pero después la preocupación se estabilizó. Todo se estabilizaba, pero no ella. Su recuerdo. El dolor permanecía siempre vivo en la cabeza, revolviéndose, excavando. La tortura.

Luego ocurrió aquello en el mundo. Las estelas de humo atravesaron el cielo. Estallaron las bombas. Se acabó la comida, el agua... La vegetación se consumía enferma y condenada. Y lo que primero murieron fueron los mares. Sin capacidad para regenerarse, la vida desapareció en una decadencia patética y terrible y sólo un puñado de hombres logró refugiarse en las montañas, donde había aún algo de humedad y oxígeno, para morir allí. Él era uno de ellos.

¿Cómo era posible? ¿Cómo era posible que, en aquellas circunstancias, entre los últimos hombres vivos sobre la Tierra, pensase en ella? Todo había desaparecido: las ciudades, los bosques, las naciones y los pueblos, su familia, sus padres, sus hermanos. No quedaba nada. Nada excepto la brasa en la memoria.

Finalmente la podredumbre trepó por la montaña. La hierba verde se recortaba cada vez más cediendo el paso a un barbecho gris plomizo, muerto. Los escasos matorrales se secaron. Y los hombres de alrededor se suicidaron en una orgía de locura. Él quedó. Sobrevivió unos días más.

Y mientras esperaba la inanición inevitable, mientras le adelgazaba la vida entre los huesos y se moría de hambre, mientras fallecía el último hombre sobre la faz de la Tierra seguía pensando en la última mujer de su memoria.

03.10