La vida es elegir entre la soledad y la traición.
25.3.10
[7]
Invierno. Las tinieblas. Hace frío, pasa el tiempo, primavera. La verde pradera, la alta hierba. El trigo ondulante, la morera frondosa. Barro, agua, azules piscinas, cielos cristalinos. Risa, luz radiante, sol templado. Tardes infinitas sobre la blanda tierra. Noches aterciopeladas entre las perfumadas sábanas. Templado, el tiempo pasa, verano. Noches transparentes de viento silencioso. Luna llena, las estrellas. Manga corta, risas, sol abrasador, caliente. Luz cegadora. Horizonte naranja, edificios, bullicio. Aventuras, descubrimientos, pasiones. Amigos inseparables, amores irrenunciables. Sexo, sexo, sexo. Desenfrenado, verdadero, brutal. Carne blanca, ojos verdes, pelo negrísimo. La perfección. Dios entre los árboles, mullidos pinos y un cuerpo al pie del tronco. Cae la tarde, otoño. Empieza la pesadilla. Caen las personas como hojas de las ramas. Silencio absoluto entre el crepitar de la alfombra sobre el asfalto. Coches que se alejan. Voces a lo lejos. Calles anchísimas, vacías. Bellas y oscuras viviendas adosadas, familias dentro de ellas. Recluidas, escondidas. Plantas de negra madera, árboles de nudosa y tenebrosa leña. Los días se hacen cortos, invierno. Llueve, la gente no está. Hace frío, la gente se refugia, y no está. Nieva, hiela. Hiela. El silencio. Hiela... silencio. Fin de año.
2.3.10
El último hombre
Tenía problemas económicos. Desempleo, básicamente. Antes había tenido otros problemas, con los estudios y con su familia. Pero todo eso no importaba. Importaba que no la tenía a ella. Que ya no estaba en su vida. Su voz, su olor... incluso su manera de andar. Todo seguía incandescente como una brasa en su memoria. La tortura. Saber que para ella no existía. ¿Cuántas veces le había recordado? ¿Cuántos segundos, en el tiempo de los últimos diez años, había dedicado ella siquiera a su recuerdo?
No lograba entenderlo. ¿Cómo podía preocuparle eso, estando en paro? El despido le había dolido en un momento, le había mantenido en vilo durante semanas, meses incluso. Pero después la preocupación se estabilizó. Todo se estabilizaba, pero no ella. Su recuerdo. El dolor permanecía siempre vivo en la cabeza, revolviéndose, excavando. La tortura.
Luego ocurrió aquello en el mundo. Las estelas de humo atravesaron el cielo. Estallaron las bombas. Se acabó la comida, el agua... La vegetación se consumía enferma y condenada. Y lo que primero murieron fueron los mares. Sin capacidad para regenerarse, la vida desapareció en una decadencia patética y terrible y sólo un puñado de hombres logró refugiarse en las montañas, donde había aún algo de humedad y oxígeno, para morir allí. Él era uno de ellos.
¿Cómo era posible? ¿Cómo era posible que, en aquellas circunstancias, entre los últimos hombres vivos sobre la Tierra, pensase en ella? Todo había desaparecido: las ciudades, los bosques, las naciones y los pueblos, su familia, sus padres, sus hermanos. No quedaba nada. Nada excepto la brasa en la memoria.
Finalmente la podredumbre trepó por la montaña. La hierba verde se recortaba cada vez más cediendo el paso a un barbecho gris plomizo, muerto. Los escasos matorrales se secaron. Y los hombres de alrededor se suicidaron en una orgía de locura. Él quedó. Sobrevivió unos días más.
Y mientras esperaba la inanición inevitable, mientras le adelgazaba la vida entre los huesos y se moría de hambre, mientras fallecía el último hombre sobre la faz de la Tierra seguía pensando en la última mujer de su memoria.
No lograba entenderlo. ¿Cómo podía preocuparle eso, estando en paro? El despido le había dolido en un momento, le había mantenido en vilo durante semanas, meses incluso. Pero después la preocupación se estabilizó. Todo se estabilizaba, pero no ella. Su recuerdo. El dolor permanecía siempre vivo en la cabeza, revolviéndose, excavando. La tortura.
Luego ocurrió aquello en el mundo. Las estelas de humo atravesaron el cielo. Estallaron las bombas. Se acabó la comida, el agua... La vegetación se consumía enferma y condenada. Y lo que primero murieron fueron los mares. Sin capacidad para regenerarse, la vida desapareció en una decadencia patética y terrible y sólo un puñado de hombres logró refugiarse en las montañas, donde había aún algo de humedad y oxígeno, para morir allí. Él era uno de ellos.
¿Cómo era posible? ¿Cómo era posible que, en aquellas circunstancias, entre los últimos hombres vivos sobre la Tierra, pensase en ella? Todo había desaparecido: las ciudades, los bosques, las naciones y los pueblos, su familia, sus padres, sus hermanos. No quedaba nada. Nada excepto la brasa en la memoria.
Finalmente la podredumbre trepó por la montaña. La hierba verde se recortaba cada vez más cediendo el paso a un barbecho gris plomizo, muerto. Los escasos matorrales se secaron. Y los hombres de alrededor se suicidaron en una orgía de locura. Él quedó. Sobrevivió unos días más.
Y mientras esperaba la inanición inevitable, mientras le adelgazaba la vida entre los huesos y se moría de hambre, mientras fallecía el último hombre sobre la faz de la Tierra seguía pensando en la última mujer de su memoria.
03.10
22.2.10
[delirio 6]
Un poco de compañía por la noche en la pantalla. Ella te habla desde su ventanita, un recuadro de luz pálida en las tinieblas. Un poco de calor de máquina en la habitación oscura. Calor de máquina y la imaginación hace el resto... lo convierte en aliento, latido, respiración, color y pasión de la vida. Ella está aquí contigo. Por esta noche no estás solo. Por esta noche los recuerdos no son recuerdos.
Cuando la pantalla se apaga, la cama, la sombra, el silencio. Ah, te engañó el placebo. Ah, sólo era un espejismo. La pantalla se apaga, y estás solo. La pantalla se apaga y ya vuelves a ti. Antes eras tú y ella una estación de servicio y nunca sería feliz. Y ahora, ¿quién? Ahora tú eres el lugar de paso. Ahora de ti entran y salen. Y Dios se regocija de su humor tan cruel con una sonrisa cumplida en el cielo.
Cuando la pantalla se apaga, la cama, la sombra, el silencio. Ah, te engañó el placebo. Ah, sólo era un espejismo. La pantalla se apaga, y estás solo. La pantalla se apaga y ya vuelves a ti. Antes eras tú y ella una estación de servicio y nunca sería feliz. Y ahora, ¿quién? Ahora tú eres el lugar de paso. Ahora de ti entran y salen. Y Dios se regocija de su humor tan cruel con una sonrisa cumplida en el cielo.
2.2.10
Mensaje
Vive tu vida siempre basculando
involuntariamente entre los mundos separados
del día que pasa mecánicamente
a la noche despierta de la mente consciente.
Miéntete a ti mismo
intentando negar la verdad evidente
evidencia de la soledad suprema
rodeada de compañía inerte.
Dominado por la sensibilidad que permite
asfixiante, hiriente percepción del sufrimiento.
involuntariamente entre los mundos separados
del día que pasa mecánicamente
a la noche despierta de la mente consciente.
Miéntete a ti mismo
intentando negar la verdad evidente
evidencia de la soledad suprema
rodeada de compañía inerte.
Dominado por la sensibilidad que permite
asfixiante, hiriente percepción del sufrimiento.
20.1.10
9.1.10
Arrepentíos y disfrutad
Una vez leí que, cuando los Aliados estaban a punto de entrar en Berlín y dar por derrocado el régimen nazi, numerosos miembros de la clase media lo entendieron como el fin definitivo y decidieron reunirse en sus lugares de trabajo para aprovechar sus últimos días. En una orgía constante fornicaron los unos con los otros y bebieron sin parar, disfrutando de todo aquello que no se atrevieron a hacer hasta que alguna bomba o los posteriores fusilamientos masivos la dio por terminada.
El Imperio Romano vivió una historia parecida pero si para los nazis el descenso duró unos pocos días de locura, para los viejos latinos supuso una larga agonía que se prolongó por cien años. Durante aquel proceso de descomposición los ciudadanos del Imperio tomaron la misma decisión que los derrotados nazis: entregarse a los excesos más primarios al comprender que su mundo, de forma total e irreversible, se abocaba imperturbable a su fin. ¿Para qué sufrir pudiendo dedicar toda energía al disfrute, si ya no habrá un mañana?
Existían entonces, en los albores de las religiones místicas como el cristianismo o el mitraísmo, personajes que se oponían a tal degradación de los valores y costumbres y llamaban a las masas a mantener la rectitud diciendo: "¡arrepentíos!". Arrepentíos, evidentemente, de la vida que habéis llevado antes de que todo fuese así; arrepentíos para ver si así Dios os perdona por haber sido tan gandules, tan ignorantes, tan egoístas. Los romanos clásicos les miraban y decían: "¿para qué preocuparse? Ya no hay solución, ¿por qué no relajarse y disfrutar?". Así lo hicieron muchos de ellos y, tanto los unos como los otros, fueron exterminados o convertidos en siervos durante las sucesivas invasiones bárbaras que acabaron con el Imperio de Occidente.
Ahora yo, en estos tiempos en que aquella historia espantosa se repite, me pregunto ¿qué elegir? Nuestro mundo se deshace, no existe autoridad ninguna que nos gobierne ni nada que nos proteja y si aún no se ha desplomado todo ya es porque la mayoría no se han dado cuenta. Pero muchos sí. Y cada vez serán más. Y ya a nadie le importa nada, ya no existe norma que nos rija ni principio que nos funde. Los pocos que conservan algún algo de honor y dignidad son, ya, seres marginales. Nuevas realidades emergen al otro lado del mar y sólo están esperando a que nos autodestruyamos, a que la fruta podrida caiga por sí sola para tomarla y comérsela. Hasta entonces, ¿qué hacer?
Yo os invito, amigos míos, a que depravéis. Ya no hay vuelta atrás; todo está perdido. No hay solución. Así pues, ¿por qué sufrir? ¿Por qué seguir trabajando, esforzándose, luchando? Todo saldrá bien a los corrompidos, a los malechores, a los malvados; a ellos nunca les falta de nada. Y vosotros, por mucho que intentéis seguir adelante, caeréis también con ellos. Dios no hará distinciones. Los pecadores y los justos serán juzgados por igual. Así deberíamos beber, comer, reír, folgar. El mundo se desploma. ¡Aprovechemos lo que queda!
El Imperio Romano vivió una historia parecida pero si para los nazis el descenso duró unos pocos días de locura, para los viejos latinos supuso una larga agonía que se prolongó por cien años. Durante aquel proceso de descomposición los ciudadanos del Imperio tomaron la misma decisión que los derrotados nazis: entregarse a los excesos más primarios al comprender que su mundo, de forma total e irreversible, se abocaba imperturbable a su fin. ¿Para qué sufrir pudiendo dedicar toda energía al disfrute, si ya no habrá un mañana?
Existían entonces, en los albores de las religiones místicas como el cristianismo o el mitraísmo, personajes que se oponían a tal degradación de los valores y costumbres y llamaban a las masas a mantener la rectitud diciendo: "¡arrepentíos!". Arrepentíos, evidentemente, de la vida que habéis llevado antes de que todo fuese así; arrepentíos para ver si así Dios os perdona por haber sido tan gandules, tan ignorantes, tan egoístas. Los romanos clásicos les miraban y decían: "¿para qué preocuparse? Ya no hay solución, ¿por qué no relajarse y disfrutar?". Así lo hicieron muchos de ellos y, tanto los unos como los otros, fueron exterminados o convertidos en siervos durante las sucesivas invasiones bárbaras que acabaron con el Imperio de Occidente.
Ahora yo, en estos tiempos en que aquella historia espantosa se repite, me pregunto ¿qué elegir? Nuestro mundo se deshace, no existe autoridad ninguna que nos gobierne ni nada que nos proteja y si aún no se ha desplomado todo ya es porque la mayoría no se han dado cuenta. Pero muchos sí. Y cada vez serán más. Y ya a nadie le importa nada, ya no existe norma que nos rija ni principio que nos funde. Los pocos que conservan algún algo de honor y dignidad son, ya, seres marginales. Nuevas realidades emergen al otro lado del mar y sólo están esperando a que nos autodestruyamos, a que la fruta podrida caiga por sí sola para tomarla y comérsela. Hasta entonces, ¿qué hacer?
Yo os invito, amigos míos, a que depravéis. Ya no hay vuelta atrás; todo está perdido. No hay solución. Así pues, ¿por qué sufrir? ¿Por qué seguir trabajando, esforzándose, luchando? Todo saldrá bien a los corrompidos, a los malechores, a los malvados; a ellos nunca les falta de nada. Y vosotros, por mucho que intentéis seguir adelante, caeréis también con ellos. Dios no hará distinciones. Los pecadores y los justos serán juzgados por igual. Así deberíamos beber, comer, reír, folgar. El mundo se desploma. ¡Aprovechemos lo que queda!
4.1.10
Nunca es nunca
Existen dos expresiones populares muy corrientes que son una gran mentira: "más vale tarde que nunca" y "menos es nada". Esto es de una falsedad terrible, pues muy a menudo "nada" es mucho más que "menos". Y, por supuesto, "nunca" es siempre mejor que "tarde". En esta vida hay ciertos trenes que hay que cojer, y perderlos supone perder para siempre la esperanza de cambiar las cosas. Una vida debe hacerse en el tiempo convenido, el espacio que el destino nos cede para ponerlo todo en orden; si flaqueamos en esa ocasión todo lo venidero será inútil. Me parecen crueles esas iniciativas que sirven para hacer compañía a ancianos solitarios, enseñar a personas maduras y obsoletas lo que de jóvenes no aprendieron, porque se les da la falsa esperanza de que aún hay esperanza. El resultado último es el evidente desengaño como despedida de todo. El que no agarra la compañía a tiempo está solo y solo se queda para todos sus días; el que no tuvo oportunidades ayer no las tendrá mañana. Esa es la única verdad; como respuesta rotunda a las engañosas sentencias del optimisto tenemos lo que dijo Nietzsche: "la esperanza es el peor de los males porque aumenta el dolor de los hombres".
24.12.09
15.11.09
[naturaleza humana]
Confucio decía: "el ser humano es por naturaleza bueno; por tanto, la maldad es esencialmente antinatural". Jean-Jacques Rousseau lo actualizó afirmando: "el ser humano es bueno en esencia, es la sociedad la que le corrompe". Ambos estaban equivocados, pues el hombre, como mamífero, está regido por los instintos de conservación, y como ser pensante, responde a la ética. Esto significa que el ser humano tiende a diferenciar entre el bien y el mal, mientras sus imperativos biológicos lo empujan al egoísmo. Así, éste es tan natural como la necesidad de pisar al prójimo a la primera oportunidad, con tal de lograr la supervivencia de la propia genética. En esencia, el ser humano es por naturaleza malo, y lo verdaderamente contranatural es la bondad.
A la hora de definir nuestro género infame, prefiero recordar a Arthur Schopenhauer cuando decía: "la vista de los hombres excita casi siempre en mí una aversión muy señalada, porque con cortas excepciones, me ofrecen el espectáculo de las deformidades más horrorosas y variadas: fealdad física, expresión moral de bajas pasiones y de ambición despreciable, síntomas de locura y perversidades de todas clases y tamaños; en fin, una corrupción sórdida, fruto y resultado de hábitos degradantes". Nuestra especie es, como su naturaleza perversa, un experimento fallido de la creación.
A la hora de definir nuestro género infame, prefiero recordar a Arthur Schopenhauer cuando decía: "la vista de los hombres excita casi siempre en mí una aversión muy señalada, porque con cortas excepciones, me ofrecen el espectáculo de las deformidades más horrorosas y variadas: fealdad física, expresión moral de bajas pasiones y de ambición despreciable, síntomas de locura y perversidades de todas clases y tamaños; en fin, una corrupción sórdida, fruto y resultado de hábitos degradantes". Nuestra especie es, como su naturaleza perversa, un experimento fallido de la creación.
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