delirios: La casa y la tierra

11.4.10

La casa y la tierra

La gente desapareció. Sencillamente, murieron. No estaban, y la casa se quedó sola. Sola como todas las demás casas abandonadas alrededor. No había nadie, absolutamente.

En principio todo permanecía igual. La luz del sol pasaba allá donde las persianas estaban subidas. Lo alumbraba todo dentro, en las habitaciones. El salón, el baño, la cocina. Los muebles tan modernos, perfectamente colocados, dispuestos con elegante gusto decorador. Pero pronto el sol iluminó una nube de polvo cada vez más grande. Cada vez mayor, el polvo produjo al fin una espesa niebla en la casa, como un vapor que velaba las formas y las volvía difusas.

Luego llegó el invierno. La madera, tostada por el sol a lo largo del verano, cedió ante las primeras ventiscas. Se resquebrajaron puertas, se abrieron ventanas, se rompieron cristales, cayeron tejas. La nieve caló las techumbres, goteó agua. Las humedades pudrieron los terrazos, debilitaron las pinturas y el ladrillo.

Al final del invierno la casa era otra. La primavera secó las aguas que habían encharcado los suelos, pero ya el lugar no era el mismo. El piso quedó tapizado por un limo blanco y espeso, las paredes peladas por completo, roturas aquí y allá en la estructura por culpa de las lluvias y los fríos. Y la primavera hizo brotar la vida.

Verdearon los suelos, las esquinas y los rincones, surgieron el musgo y los líquenes, los hongos invisibles pero numerosos. En algunos recovecos se alzaron con esfuerzo las primeras plantas, malas hierbas como arbolitos diminutos, hojas redondeadas y panzudas agolpadas una junto a otra ayudándose a subir, pugnando por surgir, colonizar, dominar.

Empezaron a entrar los insectos, arañas, hormigas, cucarachas y también ratones, pájaros, gatos solitarios de pisadas silenciosas. Hicieron de la casa su vivienda, la erosionaron, la moldearon, la deformaron. Poco a poco el lugar perdía su humanidad. Y al fin de la primavera, con los fuertes vientos, un gran boquete quedó abierto en el tejado; y en verano los rayos del sol podían entrar para iluminar un punto entre las baldosas, un resquicio de tierra acumulada junto a la maleza.

Pasaron dos años y siguió el proceso. Las lechuzas hicieron su nido en el desván, las comadrejas buscaban comida en el matorral que había sido suelo. La parra nació en las tuberías y reventó las paredes, hundió el pladur, conquistó los tabiques y llegó al techo, a las vigas. Los roedores se multiplicaban en los cimientos, las serpientes siseaban en las cañerías, las setas explotaban sobre la alacena y las arañas ponían huevos bajo ella. Después de ese tiempo el boquete era más grande, iluminaba más un piso que ya no era baldosa sino barro limoso y crepitante, un rodal de tierra alfombrada de hierbas y raíces y en medio una planta diminuta, frágil y enhiesta sin embargo.

Pasaron más años, diez, veinte, cien, y la casa ya no era casa: era tierra. Porque la tierra la había llamado, y la casa había acudido. La había llamado como llamó antes antes a los hombres durante siglos, milenios; hablándoles en susurros, invitándolos a ella y ellos respondiendo siempre, fieles, eternos. Como había llamado a los animales a alimentarla, a abonarla con su carne, con sus tripas; como había llamado a las plantas a regarla, a sembrarla, a inseminarla con sus semillas, con sus raíces, con sus maderas podridas.

La tierra había llamado a la casa y la casa ya era ella, un macizo de vegetación en la llanura, un repleto de enredaderas y de hiedras, de espesa selva toda junta, las uvas gordezuelas llenas de mosto en lo que había sido tapial, el matorral plagado de meloncillos sobre el suelo de la cocina, los muebles cubiertos de musgo como un bosque minúsculo y cuajado de insectos.

Pasaron más años, doscientos, quinientos, y el techo desapareció. La planta que el sol había iluminado, calentado, llenado de existencia durante generaciones había madurado por fin, inmensa, enorme, inabarcable, la encina. Sus ramas como aspas gigantescas habían abierto el techo, lo habían derrumbado en una pugna lentísima y silenciosa, como inmóvil.

Ya no había tejado, sólo el tronco enorme en medio de la maleza, en los muros que habían sido muros y que ahora eran selva, sobre el piso que había sido piso y ahora era hierba, y la techumbre ya la copa híspida y verde, tan verde, gobernando, dominando, resurgiendo, como siempre, victoriosa.

La casa, la tierra.

Marzo de 2010.

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