4.1.11

Esperar

- Esta semana pasada llovió dos veces sobre el Distrito 1. No podemos asegurarlo, pero quizá el nivel freático haya subido algo. Ahora hace demasiado calor, pero dentro de dos meses las temperaturas se suavizarán un poco y podremos salir a comprobarlo.

Estas fueron las palabras del ingeniero. Con este pequeño discurso nos dio la esperanza. Una esperanza mínima, por otro lado. Lo que yo llamaría, por describirlo de algún modo, una esperanza desganada. Sabíamos que seguramente no habría nada, que tal vez no serviría. Pero, ¿por qué no? Era una buena excusa para mantenerse vivo los dos meses siguientes. Un pequeño objetivo, algo que tener en la cabeza, un quehacer. Empezamos a mentalizarnos y a prepararnos.

Luego vino la travesía. Salimos todos, porque en el Distrito 10 ya no quedaba agua salvo la justa para llenar las cantimploras. La mayoría de los nuestros habían muerto en el refugio, y sobra decir que buena parte del resto murió durante el viaje. Tampoco teníamos gasolina desde el año pasado, así que hubo que caminar muchas horas bajo el sol, tapados como íbamos con las lonas reflectantes. Por la noche hacía demasiado frío y nos teníamos que detener.

Finalmente llegamos al refugio del Distrito 1. No sé cuántos quedábamos, pero desde luego ningún niño y por supuesto tampoco ancianos. Éramos muy pocos, apenas un puñado. Teníamos tan poca fe en encontrar supervivientes que ni siquiera llevábamos armas. Pesaban mucho y era poco probable que tuviéramos que utilizarlas. Aun así, yo tenía cierto resquemor, un nerviosismo cuando llegamos al lugar. El ingeniero, que falleció antes de que partiéramos, dijo que las pobres lluvias podían haber dejado algo de líquido atrapado en el suelo. ¿Quién sabe si alguna otra expedición no vendría con idéntica esperanza?

No había motivo, pues el refugio estaba completamente vacío. La arena había tapado en buena medida todas las entradas, y alrededor sólo se veía la llanura naranja bajo el cielo, también naranja, y esa especie de niebla de polvo empujado por el viento. Ni una sola nube, como de costumbre.

Trabajamos duro para apartar toda la tierra que cegaba puertas y ventanas y luego utilizamos el martillo para poder entrar. El capitán lo hizo primero. Dentro no había nada, sólo suciedad, paredes negras y mucha oscuridad. Todo estaba gris, derruido. Trastos tirados por el suelo. Parecía que habían muerto sin demasiados trámites, ni siquiera se habían molestado en intentar marcharse. Algunos de ellos aún estaban sentados en las sillas, recostados en los sillones o acurrucados junto a los portillos, mirando. Estaban hechos de la misma arena que lodaba todo, pero completamente negros. Como si fuesen de carbón.

- No hay nada de humedad en sus cuerpos. Por eso están así.

Las palabras del médico nos hicieron resoplar. Resoplamos para adentro, porque ninguno teníamos ganas de hablar ni de pensar. Pero lo cierto es que aquel sitio estaba tan seco como todo el maldito mundo. Sin más preámbulos, el capitán entró a la habitación del pozo. Al no faltar la energía solar pudo hacer que el motor funcionase, no sin insistir, dado el mucho polvo que obstruía sus engranajes. 

Activó la sonda de prospección, que empezó a descender orificio abajo haciendo un ruido escandaloso, temblando y rebotando. El sonido cada vez se alejaba más y en el cuarto sólo quedaba la polea electrónica vibrando como una avispa moribunda. Esperamos con un nudo en el pecho hasta que finalmente llegó al final. Casi pareció llegarnos un clonc lejano, pero creo que fue nuestra imaginación.

El capitán se acercó al ordenador, frotó con el brazo la sucia pantalla y, suspirando, nos miró y dijo:

- Nada, ni una gota. Ha rebotado con el fondo. Está seco.

No merecía la pena hacerla volver. Apagamos el motor y salimos fuera, sin nada que hacer. Nos repartimos por la entrada, sentándonos aquí y allá, apoyando las cabezas cansadamente en los muros del refugio y dejándonos mecer por el viento fresco que agitaba los vapores del desierto. Teníamos las bocas secas.

Nadie dijo nada, y no hacía falta decirlo. Habíamos revisado el entorno y no quedaba una gota de agua en las garrafas del almacén, ni una lata de comida en la despensa. Tampoco había humedad en el pozo, ni un mero relente que pudiésemos lamer desesperados. Yo no culpaba al ingeniero, ni creo que nadie lo hiciera. Él nunca nos dijo que habría agua, sólo que podría haberla. Y no la había, mala suerte.

Nos miramos unos a otros, mujeres, hombres, todos jóvenes porque los más débiles estaban muertos. Nuestras cantimploras estaban vacías también, se habían terminado durante el viaje; pero me parece que aún alguien estaba intentando apurar unas gotas, metiendo la lengua en la boquilla cuando yo empecé a escribir estas palabras.

Siempre pensé que cuando llegase este momento tendría algo importante que pensar, o que decir, o que albergaría grandes dudas. Ahora no sé si seremos los últimos, es posible, pero la verdad es que no me importa en absoluto. El tiempo en que esperaba grandes hechos pasó. No hay grandes cosas, sólo gente en esta misma situación en cualquier parte.

Diría que más de uno estuvo tentado de lanzar un "¿qué hacemos?" o un "¿y ahora qué?", pero después de pensarlo mejor la pregunta murió como un suspiro. El capitán fue el único que habló, también fue el último que salió del refugio. Supongo que se sentía obligado a mirarlo y remirarlo, a asegurarse de que no quedaba nada útil allí dentro.

Se sentó en el vano de la puerta, en el poyete de piedra que servía de escalón. Hundió los pies en la arena y apoyó los codos en las rodillas, resopló y empezó a mirar en torno suyo y sudando como un cerdo. Jadeó bastantes veces, buscando fuerza para hablar, forzado como estaba a decir algo para que la cosa no terminase sin una despedida.

- Pues ahora... a esperar.

Y es lo último que dijo. Lo último que dijo nadie. Porque no hemos vuelto a hablar y no creo que nadie quiera despegar los labios.

Esperar, sólo esperar. Esperar que todo pase, que termine por fin esta locura. Esperar la muerte.

2 comentarios:

  1. Qué desesperanzador... Por un momento pensé que iba a terminar con unas cuantas gotas de agua que empezaban a caer del cielo, pero creo que en ese caso habría dudado mucho de que lo hubieras escrito tú... XD

    En serio, me gustan las atmósferas que creas en tus relatos :-D Besos!!!

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  2. Me alegro que te guste. :) Qué final más angustioso, pero creo que lo prefiero a una bomba nuclear o algo así.

    Besotes.

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