delirios: 10.10

28.10.10

Me queda la tierra

Aunque pierda la salud, la existencia y la vida, aunque se vaya la esperanza, el sentido y se borre el camino, no perderé. Qué terrible fortaleza acompaña a los hombres cuando no les queda nada; qué epílogo increíble el que sucede a la muerte. La muerte peor, la que es por dentro.

Pero aunque se me vaya todo, aunque me derroten por entero, aunque me deshagan y me borren, me supriman y me enfermen, aunque me hagan polvo y el polvo vuele, aunque se vaya; nunca perderé, jamás perderé.

Porque me queda la tierra. La tierra que me hizo, que me creó y que me sostiene, la tierra que se ha grabado en mis ojos, que me rodea por todos los días de mi vida. Me quedan mis paisajes, mis cielos abiertos, mi Mancha infinita. Me queda el aire, me quedan los árboles, las encinas eternas, las acacias solitarias, la llanura roja como sangre incendiada de colores. Me queda el acento, el agua terrosa, los arbustos pioneros, las vides incansables. Me quedan los pastos grises y los brotes pacientes, las montañas lejanas como acuarela en el cielo, las nubes blanquísimas y esponjosas, a veces solitarias y otras multitudes.

Porque moriré, porque ya no estaré, y aun así no perderé nunca. No lo conseguirás. Porque sufrí la desgracia y nací como hombre, que es parte del cosmos desafiando a la muerte. Y por eso, cuando muera, seré tierra, y de la tierra pasaré a los árboles, y al agua, y al aire.

Y entonces estaré en el paisaje, en las montañas como tinta, en los frutos fríos de la vid, en el mar que ondulan los trigales, en el acento de las palabras y en la luz de las miradas, en las nubes que van y vienen, en el ladrido de los perros y en el sueño de los gatos, en el parpadeo de un farol entre callejones, en la oscuridad de las noches y el fuego absoluto de los días, en las manchas de la luna y en las hojas susurrantes.

Me quedará tierra, porque seré tierra. Y tú no podrás cambiarlo, porque somos seres humanos y nacimos para desafiarte, aunque no todos sepamos verlo.

La parte mala de convertirse en mito

Uno de los mitos eternos que siempre acompañará a los artistas es el de morir jóvenes, y más concretamente el del suicidio. Una vez leí una frase, no sé de quién era, que decía que un artista por definición es alguien descontento.

Y es verdad, la principal motivación para hacer cualquier cosa artística es luchar contra las frustraciones, cambiar algo que no te gusta, buscar eso que todos tenemos dentro y que algunos nos empeñamos inútilmente en encontrar. Siempre se dice, y es cierto, que las mejores novelas se han escrito como venganza.

Al mismo Kurt Cobain se le achaca haber dicho que sentía "como si la gente quisiera que me muriera para que así se cumpliera la clásica historia del rock". En el caso de los poetas románticos se consideraba casi un requisito y así lo cumplieron el inmortal Bécquer o el ensayista Larra.

Incluso una vez, rayándome con los amigos, alguien sugirió que la leyenda de Héroes del Silencio sería mucho más universal e imborrable si Bunbury hubiese muerto en el apogeo de su éxito. Una obsesión morbosa y casi religiosa de las masas para con sus ídolos.

Hay muchos motivos que llevan a esto. Le da a cualquier historia un tono mucho más épico y trágico. Se suele decir, también, que al suicidarse el artista congela su imagen en su mejor momento: nadie le ha visto convertirse en un viejo achacoso y barrigudo. Quedó joven y así se le recuerda eternamente.

El mito de un artista, sea músico, actor o escritor, se multiplica por mil si hay un suicidio de por medio. Un ejemplo está en David Foster Wallace, por ejemplo. Yo reconozco que nunca hubiese leído un libro suyo de no ser por su triste muerte, ya que, hasta que no empezaron a hablar de él en todos los diarios y televisiones, yo no sabía de su existencia. Y no le mencionaron nunca salvo cuando se suicidó.

A veces me imagino que los grandes artistas, cuando han tomado la decisión de suicidarse, piensan en cómo será su leyenda cuando ya no estén. En lo que dirán de ellos en todos los medios, libros que se escribirán y personas que les elevarán a los altares. Quizá más de uno muera dándole vueltas a eso.

Pero lo terrible de esto es que ellos nunca jamás se enterarán de nada. Kurt, por ejemplo, se ha convertido en una leyenda universal que soportará el paso de los siglos, pero él precisamente no tiene ni idea ya que en el momento en que el mito empezó a correr el tiempo se había apagado para él. Sencillamente no está y nadie puede contárselo, ni puede visitar su ficha en Wikipedia, ni leer nada de lo que dicen, escriben o componen sobre él.

En definitiva, una de las más viejas historias; perseguir la fama, no como popularidad de baratillo sino como concepto de eternidad que defendían los griegos y más tarde los hombres del Renacimiento e incluso nosotros mismos. Cambian los medios, de la tradición oral a la imprenta y de ahí a la televisión o internet pero el objetivo es el mismo: no morir nunca.

Pero la triste realidad es que todo eso se queda en el plano de lo metafísico. El plano físico, el único real, termina en el momento en que se apaga el cerebro y los artistas, por mucho que lleguen a la Fama - con mayúscula - se quedan en la tierra y no viven eternamente, sino que mueren y no pueden disfrutar de su propia eternidad.

25.10.10

Gilipollas felices

En esta vida hay tipos que son auténticos gilipollas integrales. Pero hay que diferenciar entre los que simplemente son tontos de nación y los que, encima, están felices de serlo.

Estos últimos son los que me causan aversión. Aquellos que tienen sobrada capacidad para no ser gilipollas y, sin embargo, se empeñan en serlo. Esto es, son conscientes de su personalidad insoportable, saben bien lo que se hacen. Podrían ser simpáticos, agradables o simplemente limitarse a no molestar, pero insisten en dar asco.

Me refiero a un tipo muy concreto de persona con el que a menudo todos lidiamos. Esta clase de gente que elige siempre la peor cara, la peor contestación, las malas formas. A veces me pregunto: ¿no se dan asco a sí mismos? Sólo abren la boca para soltar mierda, ¿se sienten necesarios en el mundo, encuentran algún sentido a su existencia?

El caso es que parece ser que sí. La mayoría de gilipollas integrales y conscientes son, también, de los tipos más felices que conozco. Están contentos y encantados de sí mismos, se sienten superiores, y supongo que esto es así porque una sociedad demasiado cordial les ha ahorrado el par de guantazos que se merecen.

22.10.10

Ciclo

La hierba se come la tierra. La vaca se come la hierba. Yo me como a la vaca. La tierra me come a mí.

Quisiera ser el jaguar de tus montañas

Yo quiero ser jaguar de tus montañas,
arrastrarte a mi propia madriguera,
para poder abrirte las entrañas
y ver si tienes corazón siquiera.

José Santos Chocano.
Robe Iniesta.

12.10.10

Tristes días

Tristes, tristes días que nos ha tocado vivir. Pensamos que todo está mal, hasta que comprendemos que está peor.

Todos los sentimientos en la cabeza... alegría, esperanza, claridad, vigor. De repente todo estalla. Y luego, sólo...

Tristes, tristes noches. En las que descubrimos que somos granos de arena. Que todo nuestro sufrimiento es un cristal de azúcar en una playa inmensa. Que hay un dolor inimaginable mientras tanto, donde menos lo esperamos. Un dolor que nos hace ser ridículos, estúpidos. Un dolor que nos alumbra y nos reduce...

a la nada.

Tristes, qué días tristes. Días tristes que tenemos que vivir. No por el tiempo, sino por ser humanidad. Cosa triste la humanidad.

De repente comprendemos, de repente nos llega un hálito de ese dolor. Como si en un segundo, para nuestra pena, pudiéramos conocer todo lo que está pasando en todas las mentes desgraciadas, lo que está ardiendo en los incontables corazones arrasados.

Tristeza... la tristeza que nos derrota. Que nos derrota porque nos hace comprendernos, comprendernos en nuestra estupidez. Porque es de un sufrimiento tan puro que nos deslumbra, que nuestro gravísimo problema se convierte en pequeñez...

Y entonces añoramos ese problema... deseamos tomar ese problema y compartirlo con los nuestros, para que tengan poco de qué preocuparse. Para que no sea real su dolor. Pero es imposible.

Tristes días... en los que envidiamos a los perros, que son sólo ladridos en el aire. Envidiamos a los gatos, que son sólo maullidos...

en la noche.

Tristes, tristes días.

Que pasen ya.

10.10.10

La vida que pudo ser

Hace poco no sé en qué andaba yo pensando, cuando empezó a tomar forma una de mis absurdas reflexiones. Y llegó a mi cabeza una conclusión terrible que se ha definido estos días. En realidad, todos tenemos dos vidas, o quizá incluso tres.

Digo tres porque por un lado está la vida que vivimos, que dura un instante (el instante que estamos viviendo) y por el otro la vida que recordamos, que normalmente no se parece en nada a lo que realmente ocurrió ya que lo mezclamos, lo corrompemos y lo deformamos en nuestra memoria. Otro tema interesante del que alguna vez hablaremos.

Pero cuando digo que tenemos varias vidas estoy pensando especialmente en otro tipo, que es el de la vida que deseamos.
Nuestra vida real la van haciendo nuestras decisiones, sobre todo, los errores que cometemos. Cada error es una puerta que se cierra para siempre y nunca más podremos abrirla. Y una elección insignificante que en su día puede parecer una tontería, en el futuro determinará nuestra existencia.

Con el paso del tiempo, todos nosotros empezamos, ya en frío, a revivir aquellas decisiones, a darnos cuenta, cuando pensamos: "¿por qué es así esto...?". Retrocedemos, atamos cabos, hasta comprender en qué punto exacto metimos la pata o elegimos el carril equivocado.
Acto seguido, nuestra poderosa imaginación de seres humanos hace el resto. Como si guardásemos una estúpida esperanza de arreglar el estropicio nos decimos: "¿y si hubiera hecho...? ¿Y si no hubiera hecho...?". Ese "y si" maldito que no sirve para nada.

A partir de ahí generamos una vida paralela, una auténtica película, imaginando cómo hubiera sido todo si se hubiese consumado ese "y si". ¿Qué hubiera pasado si hubiese aceptado aquel trabajo? ¿Si no me hubiese ido de esa ciudad que me encantaba? ¿Si no hubiese tenido hijos? ¿Si los hubiese tenido? ¿Si esa noche no hubiera ido a esa fiesta, y no hubiese conocido a esa persona? ¿Si no me hubiese cambiado de asignatura, y no hubiese conocido a mis amigos? ¿Si no hubiese contado ese secreto que me costó tan caro? ¿Si estuviese con esa persona a la que dije que no? Y un larguísimo etcétera que abarca tanto como hay seres humanos, cada uno con sus ilimitadas posibilidades, lo que lo hace infinito.

Pero al final, como decía Nietzsche, el "y si" es pura ficción, no existe. Al final sólo hay un camino - la vida no es una telaraña, es lineal -. No existen bifurcaciones de nuestro destino, salvo en nuestra cabeza. Pero es ahí donde las hacemos reales, y muchas veces vivimos más en ellas que en el mundo real. Soñando como unos idiotas lo que pudo ser y no fue, o cómo hubiera sido todo si hubiese salido bien.

Esa vida paralela y secreta que todos guardan en su mente y que ninguno, nunca, comparte con los demás, es una de las grandes cosas que nos hace infelices. Desde el principio de los tiempos. "¿Y si no hubiese nacido esclavo?", debían pensar en la Antigua Roma. Y hoy: "¿y si no hubiese firmado la hipoteca?". Siempre cavilando lo que pudo ser, dolorosamente.

Creo - no estoy seguro - que también era Nietzsche el que valoró una pintoresca teoría. La de que, tras la muerte, volvemos a vivir nuestra misma vida, pero con conocimiento para cambiar los errores, y así en un bucle inacabable hasta lograr su punto álgido. Ojalá fuera así.

Con la distancia lo ves todo más claro, maduras, sabes las consecuencias que tuvo aquella elección. Y piensas: "si tuviera una máquina del tiempo volvería atrás y haría tal cosa" o: "me gustaría conocerme a mí mismo hace diez años y decirme que no es una buena idea...".

Por desgracia todo eso forma parte de la ciencia-ficción. Al final nos toca una vida para malvivirla, unos recuerdos para enloquecernos y una existencia imaginaria para torturarnos, pensando lo maravilloso que pudo ser y no fue.

8.10.10

Nubes

Este relato forma parte de la iniciativa Convivencia, propuesta por Angel Cabrera y José Senovilla.

Espero que comprendáis el mensaje que he querido transmitir.

Gracias a ambos.


Ese día estaba especialmente cansado. En realidad estaba especialmente triste. Verdaderamente no lo sabía: sólo era un día como aquellos. El pecho se lo oprimía una sensación de asfixia, que no sabía muy bien definir.

Ansiedad, ganas de fumar. Soledad absoluta, enterrada en el fondo en algún lugar.

Se había desayunado con una de aquellas asquerosas noticias: una anciana ha muerto en una residencia, víctima de malos tratos. En la pantalla azul del ordenador. La vibración del ventilador, su compañía.
Luego agarraba la punta del hilo asqueroso, y empezaba a tirar. Una noticia le llevaba a la otra, en su memoria. ¿Por qué siempre le habían funcionado los recuerdos de una forma tan cruel? Un mendigo sufrió un infarto y falleció abandonado, en medio de Madrid. Accidente de tráfico: unos chavales lanzaban piedras a los coches para divertirse. Otra bomba en Afganistán, el pueblo exige más seguridad.

Nubes, lilas, en el horizonte. La llanura inmensa, negra. Parece el mar. En algún rincón arde un contenedor: es la hoguera de la mañana, cuando aún es de noche. Los obreros silenciosos se arrebujan buscando calor. El frío es cortante. Hiere los cristales estremecidos del autobús. Las ventanas duelen.

Otro día insustancial. Una vida larga e insustancial, para decir verdad. Y sigue pensando, pensando... no hice, no logré, no intenté. Pasó, ocurrió, sucedió. La noche me va a tragar. La pesadilla me va a matar.

Otro día de trabajo. No quiero hablar con nadie. Nunca me alegro, nunca me enfado, porque ya conozco estas cosas. No necesito más.

¿De qué sirve? El amor, una ilusión. Espejismos en la soledad. ¿Para qué? Anímate, ¡no puedes obligarme a estar contento! Todo eso son tonterías. ¿No hay derecho a ser realista en esta maldita sociedad?

De vuelta a casa, al atardecer. Todavía hay luz en el cielo, color plomo. Pero ya no está el sol. Los edificios son grises. Las personas son grises. Cuando ve su propia cara en el reflejo de un escaparate piensa: "mañana mismo dejo de trabajar". Pero por desgracia Dios me hizo así.

Sortea los coches, invasión de las aceras. Serpentea como un gusano escurriéndose en el espacio raquítico que ha quedado para los peatones, exiliados. Y casi está sordo por el rugido de los camiones. Malditos elefantes de metal.

Ahora, la marquesina. Encima, nubes, en el cielo. Parece un techo de uralita, una de esas naves industriales blancas en las que trabajé. No se distinguen unas de otras. Simplemente no puede verse el azul, lo poco que de azul queda.

Intenta pensar, recordando. Otro robo en una casa, las hijas del propietario violadas... Extorsión en... Enfrentamientos por... No logra cavilar, el ruido circundante se lo impide.
Unos chavales a su alrededor, como un enjambre. Las muchachas de tangas proclamados, los chavales exhibiendo calzoncillos. Y todos ellos arruinando la tranquilidad de la concurrencia con el bramido de sus móviles: "muévete, muévete"... una voz siniestra rodeada de tambores y el zumbido de un sintetizador.

Me gustaría insultarles, insultarles por dentro, pero pensarán que soy viejo. Y realmente muy viejo por dentro. Y quizá, si me miro en el espejo, también por fuera. Pero no puedo asumirlo. Esta sensación en el pecho me va a ahogar...

La pesadilla sube por la garganta. Empieza a pensar. La puerta se abre, un suspiro de máquina. Con cada escalón, un recuerdo. Y siempre la culpa, la culpa. Soy tan infeliz...

¿Por qué, por qué, por qué? Quise hacer, y no hice. Quise ir, y no fui. Buenos días... el conductor nunca contesta. Empiezo a buscar... otro sitio ocupado, y otro, y otro...

Pude haber sido, pero fracasé... no lo quise intentar. Y lo peor, la soledad, voluntaria, mantenida, protegida. Ya sé lo que son las personas. No me fue bien. No funcionó, no funcionó... no lo probaré otra vez. Me intento sentar... y no. Llego al final, media vuelta, vuelvo a mirar. Nunca te tuve. Nunca me atreví a tenerte. ¿Por qué no lo abandoné todo para estar contigo? ¿Por qué, por qué?

Ahora es tarde.

Esta noche, sí. Por fin. Hoy sí me atreveré. Por fin iré al otro lado... por fin...

De repente una mano a su lado, un chaval. Otro de esos, de los que estaban con las descocadas de tanga en astillero. ¿Quieres vacilarme, patán? Cara cosida de pendientes, exhibición andante de paños menores. Me das asco.

- Siéntese usted.

Viejo, te equivocaste. Y mientras mira el horizonte, la gran llanura, le gusta imaginar que es el mar. El muchacho se levanta, se coloca como puede en el pasillo y le deja sentar.

Te equivocaste... te equivocaste.

Y cuando se recuesta en el asiento que le han cedido, se pone a mirar las nubes que empiezan a descargar la lluvia. El calor disuelve la humedad. Nubes...

Nubes, son las que recogen el aliento y lo llevan lejos, lejos en el cielo.

Nubes, que envían gotas. Y una de ellas se desliza junto a ti, en el cristal. No sabe en qué piensa cuando casi se pone a llorar, sin poderse contener.

Mira la gota que serpentea hasta desaparecer como si fuese Dios intentando bromear. Y quizá, no lo sé, pero esto me hace sonreír.

6.10.10

Luces

A veces, cuando estoy en la carretera, en medio de la oscuridad, veo luces. Luces a lo lejos. A un momento me parece que me deslumbra un coche por detrás. Luego quizá sea una farola que hay junto a la calzada. Y luego otra vez negrura pura, que se me echa encima, que me come, que se traga el coche.

A ratos las luces se acercan, y al final son otros viajeros que circulan por el carril contrario, o me adelantan, o los adelanto.

Otras veces recorro kilómetros, kilómetros y kilómetros sin cruzarme con nada, salvo esas luces irritantes que destellan en el horizonte, a mi espalda, en los espejos, sobre el capó, en todas partes. ¿Estrellas, vehículos, focos, antenas, aviones? Yo qué sé.

La sensación es muy extraña. A ratos tengo miedo porque veo las luces. ¿Y si es un loco de la carretera? ¿Y si es un psicópata que está conduciendo por ahí buscando carne fresca para destripar? ¿Y si son bandidos que me asaltan y me roban el coche, y me dejan tirado, o me matan?

La locura... Porque a otro rato tengo miedo porque las luces no están. ¿Y si estoy solo? ¿Solo? ¿Completamente solo en esta inmensa oscuridad? ¿En las hectáreas y hectáreas de carretera entre el siguiente pueblo y yo bajo el cielo? ¡No lo estarás diciendo en serio!

Luego estoy tranquilo, aunque no llego a relajarme, respiro al menos. Estoy solo. No hay nadie, nada. Sólo la noche, el albor y el horizonte rojizo. Soledad... impresiona, pero, ¿qué seguridad más grande que la de saberse solo en cientos de millas a la redonda? Si no hay nadie, nadie puede hacerme daño...

...y de repente, el futuro, seguro que en un rato aparecen las luces. ¡Ahí están! ¿Qué son, qué son? Maldita sea, no lo sé, pero seguro que nada bueno. Están detrás de mí, ahora delante... seguro que tarde o temprano nos cruzamos. Seguro que es un loco que me saca de la carretera. ¿Quién en su sano juicio conduce por ahí a las cuatro de la mañana un día como hoy?

Malditas luces... Sigo pensando en ellas, cuando aparco y quito las llaves. Y todavía no sé qué me da más miedo. ¿No verlas o que estén ahí?

Qué me da más miedo. ¿Haberlas perdido o irlas a encontrar? Indecisas luces...

Tristeza

Estas manos... ¿son éstas mis manos?

No sé dónde estoy. Sólo hay una puerta junto a mí. Abierta. ¿La he cruzado ya... o la voy a cruzar? ¿Está a mi espalda? ¿O está frente a mí?

Veo mucha luz. Todo es luz. Blanca. No hay nada más. Pero la luz no me gusta. No me causa tranquilidad. Porque no puedo ver qué alumbra. No puedo ver nada salvo mis manos... ¿son mis manos?

Empiezo a vislumbrar. Los ojos tienen que acostumbrarse a la oscuridad pero también a la luz. Y del mismo modo, poco a poco van enfocándose mis pensamientos. Toman forma. Recuerdo.

Ahora apareces tú... ¿eres tú? Sólo veo tu carne, blanca. Veo tus caderas, anchas. Tus piernas, tus brazos...

...tengo miedo. Si me pregunto: ¿te tendré? Si me planteo: ¿me tendrás? Tengo miedo... esa luz. Esa luz, ¿es el futuro? ¿O es el pasado? Si es el pasado... no estás. Eso ya lo sé. Si es el futuro... tampoco estás. ¿Serás mía? ¿Seré tuyo? Te necesito, te necesité, te necesitaré. Que no sea el futuro... que sea el pasado.

...estoy triste. Pero no puedo dejarlo pasar. No puedo dejar pasar este momento de tristeza perfecta. Tan pura, tan intensa, tan real. Tengo que aprovecharlo, tengo que aprovecharlo... ¿pero para qué?

Tristeza. Tan viva. Geométrica. Tan natural. Siento cómo me apago... ¿me querrás?
Nadie me querrá si lloro. Nadie me quiere cuando lloro. Ahora... ¿puedo llorar? Abrázame... necesito caer. Tengo que caer. Abrázame.

Es todo tan puro, tan blanco. Estoy preocupado, caminando al borde de la seguridad. La línea del abismo. Lo que hay bajo mis pies... ¿está? ¿Es?

Te alejas. Te escapas. Creo que te perdí... como un pedazo de papel. Como una pluma que quiero coger, y se me escapa... entre los dedos.

¿Fue así? Si fue así, si te perdí, entonces quiero que la puerta esté atrás. Quiero haberla cruzado ya.

Pero ahora no sé dónde estoy... ¿sin ti? Si es sin ti... por favor, que la puerta quede atrás. Que haya quedado atrás. Y no saber... ¿quién soy?

La boca que habla, ¿es mi boca?

El pecho que late, ¿es mi pecho?

Si no soy... no existiré. Y si no existo, no podré recordarte. No anhelaré tu presencia. No ansiaré poseerte. No sufriré el no tenerte.

Sin ti... no ser.

Y el aliento que anhela, ¿es mi aliento?

La puerta, la luz... sólo yo, mis manos. ¿Dónde estoy? No lo sé...

Pero si es sin ti... si es solo yo sin ti...

Si es sin ti... por favor. Por favor, que la puerta quede atrás.

Que la haya cruzado ya.

3.10.10

Job, 7:7

Acuérdate de que mi vida es un soplo,
mis ojos no volverán a ver más la felicidad.


Job, 7:7

1.10.10

Espejismos en Twitter

Una vez le preguntaron a Nacho Vegas en una entrevista: "¿su vida es tan intensa como parece por sus canciones?". Él, muy sensato, fue sincero y contestó que no.

Lo que vino a decir Nacho Vegas es que él tomaba un momento muy intenso de su vida y lo convertía en canción. Tú escuchas un tema en cinco minutos y otro y otro, y te puede parecer que su existencia es una verdadera aventura, pero evidentemente no te habla en sus letras de todos sus días absurdos y aburridos de persona normal, no te cuenta los ratos que pasa comprando en Mercadona o fregando los platos, o viendo alguna gilipollez en la tele.

Simplemente el artista, seleccionando los momentos adecuados, consigue crear ese aura mística e increíble que le rodea. Así se forjan las leyendas de todos los mitos de la música, la literatura o cualquier otra cultura.

Algo parecido pasa en Twitter, pero elevado a la enésima potencia. Twitter te permite contar algo en 140 caracteres, una y otra vez, y a través de esos mensajitos es como gente que no te conoce de nada se forma una idea sobre ti.

He observado que los filósofos de bareto son una plaga en Twitter. A los que tenía en mi cronología ya no los sigo. Gente que intenta hacer reflexiones ingeniosas, bohemias, románticas o misteriosas. Gente que pretende crear en torno a sí un aura como de artista.

Pero obviando a esos cantamañanas, entre el resto ocurre algo semejante y muy triste. Mucha gente se esfuerza constantemente por resultar ocurrente, o por dárselas de interesante, o por mitificar sus supuestas historias de amor, o sus estados de ánimo.
Cuando están tristes se las arreglan para que parezca que el abismo les traga, cuando echan de menos a alguien poco menos que aparentan ser Marco Antonio y Cleopatra.

A través de las pequeñas gotas de sí mismos que les permite Twitter, van construyendo una imagen propia que a ojos de cualquiera les convierte en personas con vidas muy intensas. Y como nadie les conoce, ni en realidad saben de qué va su vida, esa intensidad parece real. Pero no lo es.

En realidad son, como todos somos, personas lo suficientemente solas como para pasar mucho rato sin más compañía que la del ordenador. ¿No es ese el mundo que hemos heredado? Todos tenemos vidas mediocres, vidas de mierda en las que nunca pasa nada interesante. Nunca se produce ese hecho formidable de las películas, nadie encuentra lo que se supone que busca incansablemente.

Esta gente que a través de Twitter hace todo lo posible por parecer sugerente, por ser alguien que cualquiera desearía en su vida, consigue que nadie vea que en el mundo real son personas en las que nadie - absolutamente nadie - se fija, personas que pasan desapercibidas, en la calle, en el metro, sin que nadie las vea. Como la mayoría aplastante de la humanidad.

Ciertamente es triste, una mezcla de hipocresía, debilidad, soledad insoportable y necesidad dolorosa de calor humano. En el fondo les comprendo, y posiblemente porque sospecho que alguna vez quizá yo haya intentado pasar un espejismo de falsa intensidad en mi timeline, y no es así.

Soy una persona normal, todos lo somos. Por desgracia.